Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 20: LIODER

Axel, Zeta y Frewin, aún convaleciente del golpe que sufrió, habían dejado atrás la arboleda y el templo que aún se veía muy alto desde la distancia, cuando la tormenta comenzó a descargar con fuerza. Frente a ellos pequeñas montañas, repletas de vegetación, les separaba de las Llanuras de Mikas. Necesitaban un lugar donde guarecerse de la lluvia y Zeta optó por meterse en una gruta que se encontraba a los pies de las montañas. En cambio, Axel le porfió prefiriendo seguir el camino para llegar lo antes posible, pero el heredero hizo caso omiso.

La gruta era muy profunda, dando la sensación de que llegaba al otro extremo de la montaña, de los altos techos colgaban estalactitas puntiagudas de piedra caliza que, a juzgar por el tamaño que tenían, debían de haberse formado hace miles de años. Zeta acomodó a Frewin a un lado, para que pudiera descansar y recuperarse de sus heridas, y se adentró un poco más en la gruta para explorar y cerciorarse de que no hubiera peligro. De la palma de su mano salía una pequeña esfera de luz blanca que había invocado para alumbrar el camino. Su luz se reflejaba en las paredes de la gruta, donde pequeños trozos de algún mineral rojo reflectaban el brillo convirtiéndose en una especie de gruta de las maravillas, que Zeta observaba absorto. Axel empezaba a mezclar el odio que sentía por Zeta con la impaciencia por llegar y entregarlo, para así ganarse, de una vez por todas, el favor y la atención que nunca tuvo de su padre.

Zeta no dejaba de pensar en Riux, buscando un porqué a lo que había sucedido. “¿Debería haber escuchado lo que me quiso decir antes de abandonarlo allí? ¿Fue un enemigo todo este tiempo? ¿Por qué me atacó de esa manera?” Esas preguntas sin respuesta rondaban su cabeza; lo que sí tenía seguro es que ahora se sentía desprotegido sin el guerrero a su lado.

El sonido de unos pasos y una luz que se dejaba ver en lo más profundo de la gruta, se dirigía hacia ellos distrayéndole de sus pensamientos.

—¿Quién anda ahí? —vociferó Axel agarrando de forma instintiva a Zeta por la camisa, acto que le incomodó mucho.

Un hombre se dejaba ver. Este llevaba una túnica azul oscura con estrellas blancas, rojas y amarillas bordadas. Tenía el pelo muy largo y fino de color blanco, y una barba que hacía pensar que tenía muchos años, pero su piel era fina y tersa como la de un joven. A cada paso que daba acercándose a ellos, se dejaba apoyar de una vara plateada más alta que su portador, y cuyo extremo acababa en forma zigzagueante. Los ojos azul claro de aquel hombre se posaron en los ojos negros y desafiantes de Axel.

—Tu cara me resulta familiar, ¿nos conocemos? —preguntó sin hacer mucho caso a la presencia de Zeta.

—Pues lo dudo mucho, jamás he estado por aquí —contestó Axel

—Disculpe nuestra intromisión —se excusó Zeta, llamando la atención del hombre —. Nos dirigimos a Las Llanuras de Mikas, pero la tormenta no nos deja avanzar y decidí que nos resguardáramos en esta cueva. No pensé que alguien viviera aquí, le pido disculpas.

—No te preocupes chavalín, perdonar si os he asustado, no estoy acostumbrado a las visitas. Mi nombre es Lioder, pasad por favor —Invitó a sus inesperados visitantes.

Zeta cogió a Frewin en brazos, ya que aún le costaba trabajo andar por sí sola. La invitación del hombre y su forma de hablar le llamó mucho la atención, quedándosele mirando con asombro.

—¿Qué te ocurre chavalín? Te has quedado mirándome como si hubieras visto un fantasma —preguntó a Zeta, mientras los guiaba a la zona más amplia de la gruta.

—Nada, es que… La expresión de chavalín me ha recordado a un amigo mío.

La gruta se abría en una amplia sala, le recordaba mucho a la casa de Sagor o quizás no se pareciera en nada, simplemente que aquella expresión con la que se dirigió a él le puso nostálgico.

El hombre les ofreció asiento y algo de comida para los tres, la cual devoraban con la mirada, realmente tenían mucha hambre.

—¿Y cómo se llama ese amigo tuyo? —preguntó a Zeta mientras le servía algo de beber.

—Sagor —contestó entre bocados de comida que le sabían a gloria.

A Lioder se le cayó la jarra de las manos cuando escuchó aquel nombre. El golpe la rompió en varios pedazos, esparciendo el líquido por todo el suelo. Axel seguía impasible comiendo, pero Zeta preocupado por su reacción ayudó al hombre que, con esfuerzo, recogía los trozos rotos de la jarra.

—¿Se encuentra bien? —se preocupó Zeta.

El hombre aún en shock le agarró la mano.

—Sí, disculparme, es que tenía un hermano del que no he vuelto a saber hace décadas, también se llamaba Sagor.

—¡Quizás sea él! —sugirió Zeta.

—Imposible… No lo creo…

—Pues se dan cierto parecido —sonrió—. Si lo es, le puedo asegurar que se encuentra bien.

Lioder devolvió la sonrisa a Zeta. Le pareció un muchacho muy bondadoso.

—Vosotros también tenéis cierto parecido, ¿sois hermanos? —preguntó el hombre incorporándose a la mesa.

Zeta y Axel se miraron.

—No, solo somos amigos —contestó Axel terminando de devorar su plato de comida.

—Me resultas familiar… —dejó caer de nuevo Lioder mirando a Axel.

—Será que tengo una cara muy común.




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