Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 21: RITUAL

En el templo, Riux seguía en el suelo expectante a los movimientos de la sacerdotisa que levantó sus brazos hasta ponerlos en cruz. Sus manos estaban envueltas en un fulgor oscuro. Mantenía los ojos cerrados. Un viento huracanado sacudió el templo. El lugar dejó de parecer abandonado: el suelo lacado perdió la capa de polvo, dejándose ver su color negro perlado original que reflejaba la luz; los pilares que llegaban hasta los altos techos, que simulaba el firmamento, junto al resto de esculturas de mujeres se revelaron ante Riux de un mármol blanco e impecable, perdiendo por completo la vejez de la piedra; las llamas de decenas de cirios iluminaron la sala; al fondo, tres pequeñas cascadas de agua, que brotaban de una pared, se activaron con la magia de la sacerdotisa cayendo sobre un canal que se ramificaba y recorría toda la sala, pues el agua mueve las energías que son la verdadera y única magia para aquellos capaz de atraparla en su interior para proyectarla, de nuevo, a la inmensidad del universo.

Cuando el viento que sacudió el templo cesó, el aspecto de la sacerdotisa cambió. Su larga y castaña melena ondulada caía sobre sus hombros, la piel azulada ya había recuperado su color canela original, sus ojos seguían siendo de un rojo intenso que atrapaban y sus dientes ya no eran puntiagudos, sino de un reluciente blanco que se dejaban ver bajo sus labios rojos carmesí.

La sacerdotisa respiró profundo y espiró lentamente.

—Es magnífico volver a la vida —miró a Riux que permanecía asombrado ante ella—. ¿Cuál es tu nombre?

—Riux —contestó bastante nervioso.

—Muy bien Riux, mi nombre es Hidra, ¿cuánta capacidad mágica posees? —preguntó de nuevo.

—Yo… No…

—Vamos guerrero, ¿ya no quieres mi favor? —sonrió la sacerdotisa de forma seductora, hablando en el oído del guerrero.

—Yo no puedo hacer magia, bueno ni yo, ni el resto de Áureos de todo Namásium, a excepción del soberano y sus secuaces —contestó Riux mostrando las marcas de sus muñecas a la sacerdotisa.

—Vaya, vaya. Sí que han ocurrido acontecimientos en mi ausencia —dijo mientras examinaba las muñecas de Riux, pasando suavemente un dedo por ellas.

—Ahora contéstame tú —se levantó Riux del suelo superando en bastante altura a la sacerdotisa.

—Dime gran guerrero, ¿qué duda quieres que te resuelva? —preguntó coqueta mientras se paseaba alrededor de Riux, pasando su mano por los brazos musculados.

—Dijiste que me venderías tu ayuda, ¿cuál es el precio? —preguntó serio.

—Tienes un corazón fuerte guerrero, y aunque no puedas hacer magia, la llevas arraigada en tu interior, en cada poro de tu piel, en cada gota de sangre que corre por tus mágicas venas —contestaba la sacerdotisa de forma seductora—. Si cumplo tu deseo, el reloj de arena que marca tu tiempo de vida bajará de forma inexorable y cuando el último grano caiga, señalando tu final, la energía de tu cuerpo me pertenecerá.

Riux abrió los ojos de par en par.

—Pagaré con mi sangre…

—No cariño, pagarás con tu alma —susurró la sacerdotisa, sellando la frase con un suave beso en los labios de Riux—. Dejaré unos minutos para que pienses. Si decides que no, ahí está la puerta, eres libre de marcharte. Si decides que sí, te daré lo que me pidas.

La sacerdotisa se dirigió a una de las cascadas y pasó su mano jugueteando con el agua, mientras le dejaba un poco de intimidad para que tomara una decisión.

Fue inevitable que el miedo se apoderara de la mente de Riux por un instante. Recordó el momento en la casa de aquella anciana, cuando el frasco de veneno rozó sus labios, para dar punto y final a su agonía. Seguidamente recordó su hogar, su isla y su gente; la manera tan injusta en la que desaparecieron, la masacre que sufrieron y la culpabilidad de no haber estado con ellos. Recordó a Zeta y cómo estuvo a punto de robarle la vida, por culpa de la voz que le poseía. El miedo se esfumó y la seguridad le invadió. Tenía muy claro lo que quería. Ayudando al heredero vengaría, de algún modo, a su clan y quitaría de su corazón la pesadumbre de la decepción que había causado hasta ahora. Marchar de allí para seguir con vida no le compensaría, pues estaría vivo, pero su corazón seguiría muerto.

—¡Hidra! —Gritó Riux llamando la atención de la sacerdotisa—. Ya he tomado mi decisión.

— ¿Y bien? —se acercaba la sacerdotisa con calma.

—Pagaré el precio por tu ayuda.

—Sígueme.

Hidra se puso a un lado de la escalera. Parecía que subiría para llevarle a alguna de las salas selladas de arriba, sin embargo, puso las manos abiertas en el suelo, donde se iluminó un extraño símbolo del color del fuego. El suelo comenzó a temblar y justo a su lado apareció una escalera que descendía a una zona oculta del templo. La sacerdotisa bajó la escalera. Riux seguía sus pasos. Llegaron a un gran salón iluminado por cientos de velas, que se encendieron con un gesto de ella. Las paredes, el suelo y el techo eran de color negro, pero a cada paso que daba Hidra por la sala comenzó a iluminarse todo un sistema de galaxias con miles de estrellas, llenas de vida y movimiento, que daban la sensación de estar atravesando la inmensidad del universo. En el centro de la sala presidía una mesa redonda, con el símbolo de Namásium tallado en un brillante color plata. La sacerdotisa invitó a Riux a tumbarse sobre ella.




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