Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 22: LA LLAMADA

En Tresva ya había llegado la primavera. Sagor descansaba en la parte trasera de su casa junto al lago con Sombra, la yegua negra azabache de Zeta, haciéndose mutua compañía. Había cogido mucho cariño al corcel, le hablaba e incluso leía en voz alta en su compañía, a lo que Sombra respondía con un relinche.

Cuando llegaba la noche, Sagor se dedicaba a meditar bajo las estrellas, pidiendo al Cosmos que la suerte les acompañara. El viejo Áureo había intentado, en repetidas ocasiones, realizar algunos experimentos que le permitieran ver a sus amigos, pero el conjuro que caía sobre Namásium, encadenándola, no le permitía observar nada. A pesar de su gran conocimiento en alquimia y sus innumerables intentos, la pila de agua, que usaba a modo de ventana, siempre mostraba oscuridad sin poder tener ni una sola pista del estado en el que se encontraban. Había días que Sagor se encontraba rebosante de esperanza y, en su interior, sabía que todo iría bien; pero otros, que últimamente eran la mayoría, la angustia se instalaba en su cuerpo haciéndole pensar de forma negativa, temiendo por el destino de Zeta y Frewin. Así que, de la misma manera que un ser humano normal y corriente rezaba a su Dios en busca del favor divino, Sagor, noche tras noche, le pedía a las energías del universo que estuvieran a favor del heredero.

Una noche, después de su acostumbrada meditación, sentado a la intemperie y disfrutado de la agradable temperatura, ojeaba uno de sus libros más antiguos de alquimia, esperando hallar alguna fórmula para poder burlar la magia que encadenaba Namásium para, de alguna manera, poder saber sobre el heredero y la Guardiana de Luz. Había decenas de conjuros en los que se utilizaban ingredientes que ni siquiera sabía dónde podía encontrar, a pesar del alto conocimiento sobre el tema. La situación le frustraba, aun así no perdía la paciencia dedicando su tiempo en busca de un imposible.

Un cambio brusco en la temperatura le distrajo de su estudio. Una fuerte ventisca zarandeó al anciano, haciéndole caer en el suelo. Un remolino de nubes negras se posó sobre el cielo que cubría su parcela. Una energía eléctrica, en forma de rayos amenazantes, hacía crujir las nubes justo encima de él. Sombra relinchaba nerviosa y Sagor sabía que no era un cambio climático repentino, producido de forma natural. Un fulminante rayo cayó cerca de donde se encontraba. La fuerte luz que despidió le obligó a taparse la cara, notando el intenso calor que este había desprendido. Cuando el estruendo pasó, frente a él apareció una puerta. Esta era de color negro con cientos de brillantes estrellas plateadas y parpadeantes. Alguien le estaba invocando. Se incorporó y puso su mano en el pomo, cuando una idea se le posó en la cabeza. Solo alguien con una magia muy poderosa podría haber llevado a cabo ese tipo de conjuro. “¿Guardianas de luz? No puede ser... Azor las quitó de su camino al hacerse con el poder de la piedra Cósmica. ¿Frewin habrá vuelto a su estado original? Quizás ella.... ¡Imposible! sólo una magia poderosa, como la que ha traído este portal hasta mí, podría romper el hechizo”. Los pensamientos de Sagor pasaban por su mente a gran velocidad, mientras seguía estrujándose el cerebro en busca del causante, hasta llegar a una conclusión que le hizo hablar en voz alta.

—¡Sacerdotisas! Sólo ellas imitaban el potencial mágico de las Guardianas, pero si desaparecieron, ¿quién ha podido? — millones de cuestiones revoloteaban su mente.

Giró el pomo de la puerta abriendo una rendija de la que salía una intensa luz azulada. Una melodiosa voz le invitaba a pasar.

—El heredero os necesita.

Esa frase hizo que su corazón se sobresaltara y sin dudarlo cruzó el portal. La puerta desapareció con él dentro, volviendo la agradable temperatura primaveral.

Al cruzar el umbral Sagor salió por una puerta, que se encontraba en un pasillo con decenas de puertas a los lados. Estaba confuso, sin saber dónde se encontraba, hasta que dirigió su mirada a los altos techos que alumbraban el lugar simulando a la perfección el firmamento.

—Lo que me temía —se dijo a sí mismo.

Vigilaba su alrededor y parecía estar solo, hasta que escuchó el sonido de algunas puertas abrirse y de las que empezaron a salir algunos Áureos más.

—¿Pero dónde narices estamos? —replicaba un hombre adulto.

—Yo estaba, tan tranquila, haciendo una excursión en solitario por la playa y una puerta apareció ante mí —explicaba una chica joven.

Los seis Áureos se miraban, unos a otros extrañados, sin saber porqué habían ido a parar hasta ese lugar. Sagor, el más viejo y sabio del grupo, había descubierto donde se encontraban con sólo mirar el techo.

—Hola a todos, mi nombre es Sagor, soy Áureo, como todos vosotros. Bienvenidos a casa, estamos en Namásium —dijo nervioso, pues hacía décadas que no pisaba su tierra natal.

El resto quedaron boquiabiertos ante la certera conclusión de Sagor.

—Bien amigo Sagor, ya que sabes tanto del tema, ¿por qué estamos aquí? — contestó un hombre joven, el cual rondaría los treinta años.

—Eso lo puedo contestar yo —la voz de Hidra sonó con eco desde la sala principal.

Todos, sin mediar palabra, bajaron la escalera hasta llegar a la sala donde el agua de las tres cataratas rodeaba el lugar, y las estatuas de mujeres observaban inmóviles la escena. Los seis invitados y Sagor observaban a la bella mujer, en busca de una explicación. Sagor ya intuía de qué se trataba, lo único que esperaba es que la vida sacrificada no fuera la del propio Zeta.




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