Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 23: CONSPIRACIÓN

Zeta despertó exaltado por culpa de una pesadilla. Tenía el cuerpo y la frente empapados en sudor. El corazón le palpitaba a mil por hora y la respiración se entrecortaba por el miedo.

—¿Te encuentras bien chavalín? —preguntó Lioder preocupado por el grito que dio Zeta al despertar.

—Sí... —contestó Zeta aún exaltado incorporándose con rapidez de la cama—. He tenido una pesadilla horrible, sólo espero que no sea una premonición.

—¿Qué has visto? —preguntó Frewin.

—No sé, ha sido muy extraño. Primero vi a Riux que, de lejos, me enseñaba sus manos. Tenía extraños cortes. Intentaba correr hacia él, pero nunca llegaba, hasta que su imagen se desvaneció transformándose en humo. Luego mis pies comenzaron a hundirse en la tierra, absorbiéndome lentamente, luchaba por salir. La tierra me estaba tragando y cuando llegó a cubrirme la cara, me desperté…

—Cuanto más cerca estés de las Llanuras de Mikas, tus miedos más te acecharán. No sé si se trata de un sentimiento premonitorio, pero será mejor que andemos con cautela —aconsejó Frewin mientras se acercaba cojeando hasta ponerse a su vera.

—¿Cómo que andemos? —Observó Zeta—. Tú te quedarás aquí, no estás en condiciones para seguir el camino.

—Pero…

—No hay peros… No me podría perdonar si a ti también te pasara algo por mi culpa, además, Axel vendrá conmigo.

—No me fío de él —aportó Lioder a la discusión.

—Ni yo… —añadió Frewin.

—Yo tampoco —confirmó Zeta—, pero ahora mismo es el único que me puede guiar en el camino. No os preocupéis, iré con cuidado —sonrió Zeta para quitar un poco de preocupación—. ¿Por cierto, dónde está?

—Creo que afuera, no lo he comprobado, pero cuando desperté ya no estaba —contestó Lioder.

Zeta se sacudió la ropa y salió de las entrañas de la gruta. No veía a Axel por ningún sitio. La tormenta ya había cesado, dejando entrar la luz de la mañana en la gruta, haciendo brillar las estalactitas y las piedras rojas incrustadas en la pared abovedada de la cueva. Con la mano puesta en la frente, haciendo de visera para poder ver mejor, vio a Axel en la lejanía, sentado de espaldas con las piernas cruzadas y las manos apoyadas en estas. Zeta, extrañado, se acercó con cautela intentando que Axel no se percatara de su presencia. Cuando se acercó lo suficiente, le oía mascullar, como si estuviera hablando con alguien, pero hablaba tan bajito que por mucho que quisiera captar lo que decía no le llegaba a entender.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Zeta justo a la espalda de Axel.

—¡Me has asustado! —se sobresaltó—. ¿Qué tal has descansado?, ¿tu gata está mejor?

—He preguntado que qué haces… —insistió Zeta—. ¿Con quién hablas?

—¿Hablar? —Axel carcajeó—. ¡Con nadie! Solamente meditaba. ¿Sabes? Me gusta meditar, podrías probarlo.

—Voy a por mi bolsa y seguiremos el camino — Zeta no quiso hacer más hincapié en el asunto.

—Te noto serio, ¿pasa algo? —preguntó Axel

—Nada, será que me acabo de despertar —Zeta intentó disimular su desconfianza, antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la gruta.

De vuelta a donde estaban Frewin y Lioder, la gata insistía en querer acompañarle, a lo que Zeta respondió de forma negativa y, por supuesto, no iba a cambiar de opinión. Se despidió de ella con una suave caricia entre sus orejitas. Lioder no pudo evitar abrazar al muchacho, diciéndole en el oído que Frewin estaría bien atendida y pidiéndole por favor que tuviera muchísimo cuidado.

Al salir, Axel ya le esperaba en la entrada de la gruta. Señaló con un dedo la dirección que debían tomar, invitando a Zeta a posicionarse delante de él, a lo que el heredero contestó que prefería que él fuera delante, con una simpática sonrisa para no dejar entrever que no se fiaba de él.

El camino era cuesta arriba. Tras aquellas montañas, repletas de vegetación, encontrarían las amplias llanuras con lagos y riachuelos serpenteando todo el terreno. Sin embargo, cuanto más alto subían la niebla era más espesa. Zeta no conseguía ver qué había más adelante, ni tampoco el camino que dejaba atrás, solo un suave reflejo de Axel andando delante de él, que cada vez llevaba un paso más ligero.

—Axel, ¡no corras tanto o te perderé de vista! —suplicaba Zeta con la respiración agitada del cansancio.

No tuvo contestación por su parte. Apenas conseguía verle entre la niebla.

—¡Axel! —gritaba Zeta—. ¿Axel?

Definitivamente, le había perdido.



En las Llanuras de Mikas, Azor vestía una larga túnica de color negro con bordados rojos, en su cabeza llevaba la corona del soberano, que dieciocho años atrás portaba su hermano en su nombramiento, el mismo día que se comprometió con la mujer que él amaba. La piel clara de la cara de Azor tenía una mancha que ocupaba más de medio rostro y brillaba, como purpurina, de colores oscuros, entre negros y azules, causada por el conjuro de sangre que llevó acabo sobre la piedra Cósmica, para que sólo él pudiera portarla haciéndose el único propietario de ella. Dicho conjuro fue de un nivel mágico tan elevado, que rebotó sobre su rostro haciendo aparecer aquella mancha.

Estaba sentado en su imponente trono de fuego azul. El espaldar era una llama, cuyo pico más alto rozaba el techo. Los brazos y el asiento parecían lava en constante movimiento. El resplandor que expulsaba iluminaba toda la sala con su halo azul. El trono del soberano fue construido por él mismo, a costa de la magia de la Piedra Cósmica, la cual no guardaba en ningún lugar oculto, sino que la llevaba siempre consigo en lo alto de su cetro: una vara de casi dos metros, en cuya parte superior descansaba la piedra con forma de dodecaedro que en sus inicios era de un brillante color blanco, pero desde su posesión a manos del traidor, paso a ser de un color negro intenso causado también por el conjuro de sangre que recayó sobre Namásium, haciéndose él con todo el poder de la magia.




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