Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 24: LA TRAMPA

Tras tomarse un ungüento que tan amable le sirvió Lioder, Frewin se encontraba mucho mejor. El torso ya casi no le dolía, aunque todavía cojeaba de su pata derecha trasera. Decidieron salir de la gruta para tomar un poco el aire. Se acomodaron cerca de la entrada desde la que aún podían ver a Zeta marchar, hasta desaparecer en el horizonte. Mantuvieron una larga conversación. Lioder, nostálgico al recordar a Sagor, contaba a la gata algunos recuerdos de su niñez y adolescencia. Frewin decidió sincerarse con él, ya que era un Áureo en el que se podía confiar, al igual que en Sagor, pues en sus corazones no existía la maldad. La gata le contó su verdadera identidad; que era una Guardiana de Luz y como su hermano aceptó ayudarla, llevando a cabo un hechizo irreversible transformándola en una gata negra, para pasar desapercibida y poder cuidar de Zeta. Sintió que, en aquel momento, no tomó la mejor decisión para protegerle, pues no podía acompañar al heredero, justo cuando más falta le hacía, y la culpa la tenía precisamente su aspecto.

En el cielo, sobre sus cabezas, una espiral negra comenzó a aparecer formándose de la nada, sacándoles de su agradable conversación. Frewin empezó a ponerse nerviosa, aquello no era algo normal, provocándole la sensación de que se cernía un mal augurio.

—Se aproxima gente —avisó Lioder cuando se percató de un grupo que se acercaba—. Mis viejos ojos no me dejan ver bien.

—Veo siete, tanto hombres como mujeres —Frewin afinó su vista gatuna.

La gata estiró todo su cuerpo, para ganar un poco de altura, cuando reconoció indiscutiblemente la figura de Sagor. Quedó extrañada sin saber cómo podía haber llegado hasta Namásium, pero a la vez estaba muy feliz de volver a ver a su viejo amigo. Lioder, en cambio, se puso muy nervioso. No podía creer la afirmación de Frewin, después de décadas se reencontraría con su hermano y su corazón rebosaba de alegría. Hacía muchos años que había perdido la esperanza de volverle a ver.

Los seis Áureos que acompañaban a Sagor, conversaban divertidos. Cuando se percataron de la presencia de Lioder y Frewin, saludaron cordialmente hasta que se dieron cuenta de que Sagor y la gata se conocían. Feliz de volver a verse, Frewin inconsciente comenzó a ronronear por las caricias que Sagor le hacía en la cabeza.

—¿Le conoces? —preguntó Frewin a Sagor contenta de ser testigo del reencuentro.

Se fijó con más atención en el hombre que la acompañaba, pues al llegar no le dio demasiada importancia a su presencia.

—¿Hermano?, ¡no lo puedo creer! —Sagor abrazó con fuerza a su hermano pequeño y, sin remedio, las lágrimas brotaban de sus ojos tras el reencuentro.

—Aún no lo creo, ¿cómo has conseguido llegar hasta aquí? —Frewin pedía explicaciones a la vez que rozaba la cabeza y el lomo de forma cariñosa con la pierna de Sagor.

—Todo indica que alguien pidió el favor de la sacerdotisa —contestó Toss, el más joven de los Áureos.

—Riux…—no dudó la gata—. ¿Cuántas eran?

—Sólo había una —contestó Sagor.

—¿Ocurre algo? —preguntó Melbek alertada por la reacción.

Frewin explicó que las sacerdotisas, hace varios siglos, eran Áureas que consiguieron ser muy poderosas. A tiempo, Las Guardianas de luz quisieron enfrentarse para acabar con ellas arrebatándoles la magia. Para ellas hubiera sido pan comido, pero cuando fueron a ello no dejaron ningún rastro. La intención de las sacerdotisas era hacerse con el máximo poder mágico, a costa de rituales y de la vida de otros, utilizando lo que se conocía como magia prohibida. Si hubieran conseguido el nivel que deseaban, junto con la piedra, podrían haber llegado a conquistar el planeta, enfrentándose a las Guardianas de Luz en una guerra, de forma directa, como iguales. Por suerte, sólo había una. Quizás, el despertar de la sacerdotisa, era el motivo de la mancha negra que apareció en el cielo.

Tras la explicación todos se percataron de que la gata se trataba de una de las Guardianas, por su manera de hablar. Ellos también la informaron de lo poco que sabían, explicando de qué planetas provenían y la forma inesperada que tuvieron de viajar a Namásium, dispuestos a luchar por su planeta natal.

Mientras los Áureos y Frewin hablaban, Lioder y Sagor se adentraron en la gruta ajenos a la conversación que mantenía el grupo. El hermano menor le ofreció entrar a descansar un poco y tomar una buena taza caliente de infusión con hierbas autóctonas, como cuando eran niños, a lo que Sagor no puso ninguna pega, aceptado la invitación. Aunque no disponían de mucho tiempo, se merecían un rato juntos, después de tantos años.

Una vez que los hermanos se adentraron en la gruta, la pequeña espiral negra aumentó su tamaño, de forma repentina, cubriendo el cielo y sumergiendo en oscuridad toda la zona. Todo ocurrió a tal velocidad que a nadie le dio tiempo a reaccionar. Un rayo negro cayó sobre la gruta de manera fulminante. La onda expansiva de la explosión hizo volar por los aires a todos. El suelo tembló con fuerza y la espesa humareda les tapaba la visión, quedando aturdidos, apenas podían respirar. Cuando el humo comenzó a disiparse vieron lo que acababa de ocurrir, la gruta se había derrumbado convirtiéndose en enormes peñascos que sepultaban todo.

—¡Sagor, Lioder! —gritó Frewin temerosa, acercándose a los escombros donde antes estaba la entrada.

El resto quedaron en shock. No podían creer lo que acababa de ocurrir. Cuando reaccionaron, corrieron hasta el montón de escombros que hacía unos segundos era la gruta. Parte de la montaña se había desprendido sobre ella. Sagor y Lioder, después de décadas sin verse, habían encontrado su final, morir juntos. El destino así estaba escrito. Frewin no podía controlar los impotentes e intensos maullidos de lamento. Acababa de perder a su mejor amigo. Cuando salió de la conmoción, en quien primero pensó fue en Zeta. “Está en peligro, jamás debí dejarle solo”




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