Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 25: LAS LLANURAS DE MIKAS

Surak, Tacren, Hanna, Zonkai, Toss y Melbek seguían en shock tras el desprendimiento de la montaña que sepultó la gruta de Lioder, con él y su hermano dentro. Frewin se lamentaba por lo ocurrido maldiciendo a Azor. Ahora su única preocupación era encontrar a Zeta antes de que fuera demasiado tarde.

—Tengo que buscar a Zeta —dijo Frewin al grupo de Áureos, mientras tomaba rumbo montaña arriba sin esperar a nadie.

—Nosotros vamos contigo —añadió Surak

—Ya habéis visto lo que ha pasado. No puedo prometeros protección, nunca sabremos en qué esquina se encuentra el peligro —Frewin alertó al grupo, pues la decisión era de ellos.

—Creo que podré defenderme si es necesario —contestó Hanna a la vez que todo su cuerpo se cubría de llamas, mostrando su don para la piroquinesis.

—Quizás yo también pueda hacer algo —se implicó Tacren, adoptando la forma de un enorme animal con garras y dientes afilados que sobresalían de unas fauces capaz de tragarse a un hombre entero.

—Vuestros dones son maravillosos —halagó Frewin—, pero no subestiméis el poder de Azor y, mucho menos, el de la Piedra Cósmica, no sabemos cuál será su próximo ataque.

Frewin y los cinco Áureos comenzaron a ascender por la montaña, dejando atrás la pila de escombros que, a cada rato, miraba la gata entristecida por el destino de los hermanos. El cielo seguía cubierto de oscuridad por la marca del cielo que presagiaba el comienzo de la batalla. Zonkai visualizó el borde de la colina y, haciendo uso de su don, se separó del resto llegando en pocos segundos a lo más alto. Observó su alrededor, y de la misma manera volvió junto al grupo.

—Ahí arriba ha pasado algo extraño…

—¿Algo extraño qué es?, ¡explícate! —preguntó Melbek.

—Una espesa niebla blanca cubre todo, a excepción de una zona un poco más lejana, un círculo perfecto y despejado entre toda la espesura… No sé, no he llegado a verlo bien —explicó Zonkai.

—¿Puedes transportarte hasta allí conmigo? —preguntó Frewin—. Me gustaría verlo.

Zonkai cogió a la gata en brazos, visualizó la zona donde quería aparecerse y, en un abrir y cerrar de ojos, volvió a estar en el lugar. Se encontraron rodeados de la niebla que apenas les dejaba ver lo que había más allá. Frewin, en el acto, se percató que aquello era una trampa. Traspasaron la línea que diferenciaba la niebla del círculo despejado y ahí estaba, el cuerpo desplomado y sin vida de Riux. Frewin empezó a sentir un nerviosismo extremo cuando vio al guerrero sin vida. No sabía qué había pasado, pero temía que Zeta hubiera tenido la misma suerte.

—Mira…—llamó Zonkai la atención de la gata que miraba impotente el cuerpo de Riux.

En una pequeña zona de tierra, la arena dibujaba la forma de una espiral; la misma que apareció en el cielo y destruyó la gruta. La gata lo inspeccionó mientras sus temores se hacían realidad. Entre la niebla se escuchaba al resto del grupo que ya llegaban donde estaban ellos.

—¿Estáis aquí? No vemos nada con esta niebla…—preguntaba Toss.

—¡Zonkai! —gritaba Tacren —. Para la próxima llévame contigo, así me ahorro parte del paseo, ¡menuda cuesta! —bromeaba justo antes de ver la escena y el cadáver de un hombre en el suelo.

—Debo llegar cuanto antes a las Llanuras —dijo Frewin mirando al grupo muy nerviosa—. ¡Tengo que encontrar a Zeta, como sea!

—Pues vayámonos ya, antes de que nos ataquen a nosotros…—contestó Surak mirando desconfiado en todas direcciones, por si había algún enemigo cerca.

—No podemos dejar el cuerpo de Riux aquí tirado —observó Frewin entristecida por el destino del guerrero.

—¿Lo enterramos? —propuso Tacren.

—Nos llevaría mucho tiempo —dijo Surak.

—Mejor lo incineramos, ¿te parece bien Frewin? —respondió Hanna muy seria.

La gata asintió a la propuesta de la Áurea. Acto seguido, las manos de Hanna se vieron envueltas en fuego. Con mucho respeto por el difunto, apoyó sus manos sobre Riux cubriéndolo con sus llamas.

—Ahora estará con sus seres queridos —Dijo Hanna apenada.

—Fue él quien pidió el favor de la sacerdotisa, mucho me temo que su energía le pertenece a ella —aclaró Frewin reflexiva.

Los demás la miraron sorprendidos por la dureza de sus palabras.

Sin perder más tiempo, continuaron la caminata dejando atrás el cuerpo del guerrero consumiéndose en las llamas. Se adentraron de nuevo en la niebla, mientras Toss, en la cabeza del grupo, la apartaba con su magia dejando un ancho camino visible, hasta llegar a lo más alto de la montaña, donde la espesura de la niebla desaparecía. La noche había llegado.

Desde aquella altura se veía las Llanuras de Mikas. Una amplia llanura color verde con decenas de lagos y riachuelos serpenteantes, en el centro un desmesurado lago en el que reposaba el palacio. Toda aquella agua reflejaba el cielo nocturno con sus enormes y brillantes estrellas. Decenas de nebulosas surcaban el cielo. El paisaje era maravilloso, dejando al grupo atónito por lo que sus ojos observaban. Coincidiendo todos en un único pensamiento, su planeta era hermoso y merecía la pena luchar por él.

—Ahí abajo se encuentra nuestro destino —dijo Melbek.

—Pues no le hagamos esperar más —Toss prosiguió el camino bajando con cautela la inclinada cuesta, mientras el resto seguían sus pasos.




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