Desapareció bajo tierra y la última imagen que tuvo fue la de Riux exhalando su último aliento, mientras le miraba con los ojos ensangrentados, desplomándose al suelo sin vida. Creyó que su fin sería quedar sepultado bajo la montaña, sin embargo, cayó en picado varios metros de altura hasta llegar, de un golpe, a un suelo pedregoso, haciéndolo retumbar. Su magia le protegió de la caída sin apenas sentirla. La bruma espesa que le rodeaba, le daba la sensación de estar en el interior de una pesadilla. Miró a su alrededor y se percató que, en aquel lugar, solo había disponible un camino que le llevaba a adentrarse en las profundidades de un agujero negro. En el resto del lugar y a su espalda sólo existía el oscuro vacío. Era su única opción.
Traspasó decidido el agujero sin saber si encontraría algo o acabaría muerto formando parte de aquel vacío. Sin problemas, llegó al otro lado con un simple paso. El agujero negro sólo era una ilusión que desapareció a su espalda sin poder regresar atrás. Hacia adelante, el caminó pedregoso seguía abriéndose a su paso, con paredes tan altas que era imposible ver el final de la muralla. Todo estaba cubierto de un cielo negro, por el que transitaban de forma continua cientos de estrellas fugaces. Esperanzado, por encontrar alguna salida, comenzó a caminar durante un largo rato. Nada del paisaje cambiaba, siempre era el mismo camino y las mismas paredes, parecía infinito. El suelo tembló y sin esperarlo, dos caminos más se abrieron a ambos lados, encontrándose en el centro de una encrucijada, desorientado y atrapado. El temor ya formaba parte de él, haciendo desaparecer la poca esperanza que le quedaba para salir de allí.
Zeta comenzó a oír como, por las paredes de uno de los cuatro caminos idénticos, retumbaba la voz de Imara pidiendo auxilio y llamándole desesperadamente. “Imara…” La alerta le obligó a correr adentrándose en el camino. “Está aquí atrapada igual que yo”
—¡Imara! —vociferaba Zeta, repetidas veces, esperando encontrarse con ella.
Cuanto más rápido corría, con más intensidad escuchaba la llamada de Auxilio. “Debe de estar cerca…” Bajó la velocidad de la carrera de forma brusca e igual de brusco bajó la intensidad de los gritos de Imara, volviendo a dar la sensación de que estaba de nuevo muy lejos. Se paró en mitad del camino cuando se dio cuenta de que la llamada no era real. Seguidamente volvieron a salir de la nada dos caminos, bifurcándose de nuevo en cuatro, quedando Zeta en medio de la encrucijada.
La cabeza le iba a estallar, sentía angustia, miedo, rabia… Aún seguía escuchando las súplicas de Imara, pero jamás llegaría a ningún lado. Decidió seguir por el camino de su espalda, el mismo por el que había venido. Anduvo un largo rato y la voz de Imara seguía atormentándole. De repente, la monotonía del paisaje comenzó a cambiar, las paredes de piedra eran cada vez más anchas, hasta abrirse por completo para encontrarse en mitad de un bosque. Frente a él, aún lejano, divisó la casa árbol de Sagor. A paso ligero se acercó a ella, sospechando de que se trataba de una ilusión, al igual que la voz de Imara. Cada vez estaba más cerca, ya pisaba la hierba del claro del bosque donde estaba la casa. Llegó dispuesto a entrar, pero cuando estuvo a punto de empujar la puerta, un rayo plateado proveniente del cielo, fulminó la casa haciéndola estallar en llamas negras que en pocos segundos hicieron, que de la casa, solo quedaran humeantes cenizas. Zeta sintió una intensa punzada en el corazón. Aquella escena le hizo intuir que Sagor estaba en peligro, pero en su fuero interno sabía que habían acabado con su vida. Arrodillado en el suelo, cubría su cara con las manos. Un llanto inconsolable le poseyó, sintiéndose un auténtico inútil. No podía proteger a nadie, es más, acabarían muriendo por su culpa.
De nuevo, un temblor volvió a abrir dos caminos nuevos a ambos lados. Las cenizas de la casa árbol se habían volatilizado en un vapor grisáceo que se perdía. Volvía a estar en la encrucijada de cuatro caminos. Decidió que no se movería de allí. No había escapatoria. Tumbado bocarriba miraba las estrellas fugaces del laberinto. Las lágrimas salían de sus ojos de forma incontrolada. Su expresión había cambiado, estaba ido, trastornado, consumido por la culpabilidad.
Una voz familiar le sacó del trance. Miró a su derecha y era Frewin. Zeta se incorporó a toda velocidad.
—¡Zeta, por fin te encuentro! —le hablaba la gata en la distancia.
—¡Frewin!, ¿cómo me has encontrado? —un hilo de esperanza brilló en los ojos húmedos de Zeta.
—¡Vamos, por aquí! —corrió Frewin adentrándose en el camino.
—¡Espera!
—No hay tiempo que perder, ¡he encontrado una salida!
Zeta corría a toda velocidad intentando alcanzar a la gata.
—¡Vamos Zeta, más rápido!
—¡Espérame! —veía como la gata le sacaba mucha distancia.
—¡Por aquí! —le insistía.
—No puedo más, ¡espera!
Zeta dejó de controlar sus piernas, por la velocidad que intentaba alcanzar, cayendo, sin remedio, de cara contra el suelo. La cicatriz que le causaron las llamas, en el Bosque de las Almas, mostraba un fino hilo de sangre por el golpe. Alertado se la cubrió con las manos. Frewin desapareció por aquel camino infinito. Un grito de rabia salió de lo más profundo de su ser, rebotando con eco entre las paredes. Tenía la mente desquiciada por completo, estaban jugando con él. Había perdido la orientación y el sentido del tiempo. No sabía si estaba allí desde hace cinco minutos o mil años.