Namásium La magia está en las estrellas

CAPÍTULO 28: EL ENCUENTRO

La esperanza de los Áureos, que afuera luchaban por resistir a los ataques de los Oscuros, ya era inexistente. Bajo la nube negra descargaba una tormenta eléctrica que hacía retumbar el cielo constantemente con cada trueno. Melbek seguía resistiendo a los ataques que su contrario le propinaba, respondiendo con golpes y llaves que de nada le servían; aun así no desistiría hasta su final. Surak veía inmóvil como su compañera resistía sin poder ayudarla, mientras los Oscuros se divertían viendo la tremenda paliza que le estaba dando. Los pocos habitantes que quedaban en las llanuras llegaban para rodear el escenario de combate. Se aproximaban a paso lento y en sus ojos se reflejaba la luminosa llama verde que demostraba que estaban bajo un hechizo de posesión.

Zeta encontró con facilidad el camino hasta la sala del trono. Movido por su premonición, consiguió salir de los profundos y húmedos pasadizos, llegando a una amplia sala con unas escaleras cristalinas, que bien sabía, que le llevarían frente a Azor. Las puertas estaban abiertas y ni si quiera el imponente trono llameante llamó su atención. En lo primero que posó la vista fue en el cuerpo congelado y traslúcido de Imara, justo en el centro de la sala. De espaldas en el mirador, Azor seguía disfrutando de su victoria con el espectáculo que había abajo. La presencia de Zeta no enturbió lo más mínimo a Azor, cuando lo sintió a su espalda le hizo saber que ya se había percatado de su llegada, sin necesidad de mirar. Se dio la vuelta y con paso firme se posicionó frente a él, con Imara congelada en medio de los dos. Zeta quedó impresionado cuando vio que la mitad de la cara del soberano era negra y emitía pequeños destellos, igual que la piedra que reposaba flotante sobre su cetro, la cual supo en el instante que se trataba de la Piedra Cósmica, ya que percibía la energía y la fuerza mágica que guardaba en su interior, llenando toda la sala.

—¿Por qué estúpida razón iba yo a dejarlos libres? —sonrió Azor mientras miraba los ojos desesperados de Zeta, suplicándole que parara.

—Me querías a mí y aquí estoy, déjalos ir.

Azor se carcajeaba de forma insultante.

—Estúpido, te quiero muerto, pero antes sufrirás. Tú y todo el que ha osado integrarse en tu causa pagará el precio —amenazante, Azor acariciaba la cara congelada de Imara.

Con el cetro golpeó el suelo y este comenzó a temblar. La cárcel donde Imara estaba presa se desvaneció, de arriba a abajo, en forma de diminutos diamantes que se precipitaban contra el suelo. La muchacha cayó. Sus piernas no fueron capaces de aguantar el peso de su cuerpo, cuando la oscuridad en la que estuvo inmersa desaparecía de forma progresiva dejando sus ojos cegados por la luz, saliendo del conjuro; su vista turbia intentaba enfocar la figura frente a ella. Sabía que era Zeta, ya que se percató de las lejanas voces que, hacía unos instantes, oía sumida en la oscuridad. Dirigió su pesado brazo dirección a él, pues no había nada que deseara más que correr para aferrarse en sus brazos, al descubrir que seguía con vida. Zeta no pudo evitar que dolorosas lágrimas, de pena y rabia por verla así, brotaran de sus ojos. Se acercó a ella con rapidez, pero antes de que sus brazos pudieran rodearla, quedó completamente inmovilizado. Azor detuvo sus intenciones dejándole sólo de espectador. Se acercó a Imara, posando una mano en su cabeza. Con fuerza tiró de su larga melena pelirroja y la levantó hasta poner su cara frente a la de Zeta, dejando a ambos, mirándose de frente a los ojos.

—Antes de matarte, mataré a tu corazón —amenazó a Zeta.

—¡Suéltala maldito! —gritó impotente y lleno de rabia—. ¡Sé todo lo que te pasó y ya me tienes a mí, ella no tiene culpa de nada!

—Claro que no tiene culpa de nada —contestó Azor a su súplica sin soltar a Imara que colgaba, sin fuerza, del pelo y tenía sus ojos azules clavados en los de Zeta— ¡La culpa la tienes tú!, ¿quién le dio ese estúpido anillo que la delató?, ¿quién abandonó a su amigo sin antes escuchar sus súplicas?, ¿quién metió en esto al viejo, para que te enseñara la magia?, dime ¿quién pequeño desgraciado?

Los ojos de Zeta ardían de rabia, mientras la imagen de Riux, muriendo por ayudarle, se instaló de nuevo en su mente. Apretaba los dientes con fuerza, deseando abalanzarse sobre él para terminar con todo.

—¡Maldito seas!, ¡si le haces daño te mataré! —contestó sin poder evitar sentirse culpable de todo lo que había ocurrido.

—¿Me matarás? Respuesta incorrecta…

El fulgor negro que salía de la mano con la que agarraba a Imara, rodeó la cabeza de su víctima. Zeta vio como los ojos de Imara se tornaron blancos y comenzaba a convulsionar.

—¡Para por favor! ¡La matarás!

Azor, distraído con el disfrute que le provocaba el dolor y la impotencia de Zeta, no se percató de la silenciosa y sigilosa llegada de la gata negra; cogiéndole por sorpresa el brutal ataque de Frewin, dejándole la cara malherida con profundos y ensangrentados arañazos. Azor se llevó, de forma instintiva, las manos a las heridas que le provocaron un ardiente dolor, lo que hizo que soltara bruscamente a Imara y su cetro a la vez, cayendo los dos al suelo, dejando a Zeta libre de la inmovilización. Sin pensar demasiado y preso de su rabia, Zeta corrió para alcanzar el cetro antes de que Azor reaccionara. Lo levantó lo más alto que pudo y con fuerza lo estampó contra el suelo. La Piedra Cósmica se rajó por la mitad; a la vez, la zona negra de la cara de Azor comenzó a quebrarse al mismo tiempo que la piedra. Zeta repitió, volviendo a estampar el cetro contra el suelo. La Piedra Cósmica se deshizo en millones de trozos que flotaban y se volatilizaban dejando escapar una luz, blanca y cegadora de su interior, envolviendo a Zeta. Entre gritos de Agonía, Azor se agarraba la cara antes de volatilizarse por completo, desapareciendo con la piedra. El inmenso dolor hizo que soltara un alarido que llegó a los oídos de los Oscuros y los Áureos que quedaban fuera, haciendo que parara la pelea en el acto. Todos fijaron la vista en el mirador, donde hacía unos minutos Azor observaba triunfante la ventaja que llevaba asegurando su victoria.




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