Tras la muerte de Azor, los Oscuros que custodiaban el castillo y que, hasta ese momento, vivían cómodamente bajo su mandato, huyeron abandonando sus puestos por miedo a las represalias que caerían sobre ellos.
Zeta había sido acomodado, por las Guardianas, sobre un lecho mágico que parecía una nube. Aún seguía inconsciente, las pulsaciones de su corazón comenzaban a decaer, entrando en un profundo sueño con el que acabaría muriendo. Imara lloraba desconsolada justo a su derecha, mientras le hablaba al oído suplicando que sacara fuerza para seguir adelante. Si Zeta moría, para Imara la vida ya no tendría ningún sentido. Frewin sabía muy bien que sus hermanas tenían razón, pues no existía magia que pudiera cambiar el destino, lo único que podían hacer era esperar.
La gata se acercó a las Guardianas, que un poco apartadas, observaban la situación del heredero. Aún seguían sin reconocerla, hasta que ella se confesó. El hechizo que la convirtió en felino no se deshizo cuando la piedra fue destruida. La pequeña esperanza de volver a su estado original floreció, sin embargo la efectiva pócima de Sagor, bien sabía ella, difícilmente podría ser revertida. Ahora eso no era lo que más le preocupaba, pues ya se había acostumbrado a ser un gato, llegando a agradarle las habilidades adquiridas como felino. Zeta no despertaba y su respiración se entrecortaba, sólo les quedaba pedir al Cosmos que el destino fuera benevolente con él.
Sobre las colinas que se atisbaban en el horizonte, decenas de Áureos llegaban, congregándose en las puertas del palacio, pues las marcas de su muñecas habían desaparecido y con ellas Azor; a pesar de que seguían sin poder hacer uso de la magia, sintieron la libertad que les había sido arrebatada, viviendo entre el miedo y la miseria bajo su mandato.
Axel huía de las Llanuras de Mikas con los tres Oscuros que consiguieron sobrevivir al enfrentamiento. Ahora era su líder y, para ellos, el verdadero heredero.
—¿Dónde vamos ahora, mi soberano? —preguntó uno de ellos exhausto, intentando coger el paso de Axel.
—Al único sitio donde podremos cambiar esta situación. No dejaré que ese inútil se salga con la suya. No sé cómo pudo acabar con mi padre, pero me pienso vengar.
El Oscuro no entendió sus planes, pero tampoco quiso preguntar más, hasta que tras un viaje, de algo más de un día, llegaron a la arboleda donde se ocultaba el Templo de las Estrellas.
—Esperad aquí fuera, debo negociar —sin más explicación, Axel entró.
El templo volvió a convertirse en la ruina que era antes de que la sacerdotisa despertara. Tras la destrucción de la piedra, su magia también había desaparecido convirtiéndola en aquel ser maldito de piel azulada y dientes puntiagudos, que deban escalofríos. La petición de Axel para recuperar lo que Zeta le había robado tenía una difícil solución, pero no imposible. A cambio, él les daría a las sacerdotisas el lugar que hacía siglos anhelaban, ser las únicas y verdaderas Guardianas de Luz.
Invitó a entrar a los Oscuros que le esperaban fuera, sin imaginarse lo que les esperaba. Sin saber a qué se exponían, acataron las órdenes de Hidra, bajo la mirada de Axel. De rodillas se pusieron ante ella, que sostenía sobre sus manos, el libro de caligrafía dorada que una vez Riux utilizó para despertarla. Entonó el cántico de una de sus páginas, el cual repitió varias veces y cada vez con más intensidad, mientras los Oscuros la miraban nerviosos. Axel les prometió que no sentirían dolor.
Las artes oscuras y secretos que guardaba el libro hicieron que se iluminara, reflejándose en los ojos codiciosos de Axel, que ya veía más cerca poder alcanzar sus intenciones. Las rodillas de los Oscuros quedaron ancladas al suelo, convirtiéndose en piedra. El pánico inundaba sus sentidos. Inmóviles, miraban a Axel suplicando por su vida, mientras él los animaba a que se sintieran orgullosos, pues estaban entregando su vida por el bien del soberano.
El cuerpo de dos de ellos se petrificaba lentamente, de abajo a arriba, mientras a la par, dos de las estatuas de la sala, comenzaban a derrumbarse desquebrajándose la piedra, despertando otras dos sacerdotisas. El tercero entró en pánico al ver a sus compañeros y comenzó a gritar desesperado. Hidra le rodeó posicionándose a su espalda y, con la daga ceremonial, cortó de un tajo limpio el cuello del Oscuro, acabando con su griterío. En un frasco recogió un poco de la sangre que brotaba caliente de las venas, antes de que el Oscuro cayera muerto.
—Bébetelo… —ordenó la sacerdotisa, antes de entonar el extraño cántico.
Axel vaciló, pero era la única manera de recuperar su poder. De un trago se bebió la sangre, que asomaba por la comisura de sus labios. Sintió que su cabeza iba a explotar, haciéndole soltar el frasco y caer de rodillas. Tras un fuerte grito, que retumbó con eco por todo el templo, en su frente se iluminó el símbolo de la estrella de ocho puntas quemando su piel, que al apagarse, se convirtió en una cicatriz. Por sus venas volvía a sentir la magia, pero esta vez, mucho más intensa. Sus manos refulgían de color rojo y con un ligero movimiento de ellas devolvió el imponente, bello y joven aspecto a Hidra y a sus dos hermanas, que acababan de despertar del profundo sueño en el que, hacía siglos, estaban sumergidas. Había firmado con su vida el contrato que le hacía poseedor de la magia prohibida.
A varios kilómetros, en el palacio, Zeta despertó sobresaltado; su corazón latía de nuevo fuerte y apresurado. Imara le abrazó y le miró agradecida de volver a tenerlo vivo y sano entre sus brazos. Su aspecto era diferente, la parte izquierda de su rostro y pelo seguían siendo el Zeta de siempre, con el ojo y el pelo negro; en la parte derecha, un mechón ancho de pelo blanco cruzaba su oscura cabellera y el ojo con la cicatriz, a consecuencia del fuego en el Bosque de las Almas, se había tornado de un color azul tan claro, que parecía blanco.