Las lunas, estáticas, tapaban la luz del sol haciendo que el eclipse fuera interminable.
Los días pasaban mientras los cultivos se marchitaban, los animales morían y los Áureos y los Maroalis, congregados en el palacio, comenzaban a notar la situación tan precaria en sus estómagos. Pronto todos desfallecerían.
Zeta e Imara estaban tumbados sobre la cama que, una vez, fue de sus padres. El techo transparente dejaba ver el cielo estrellado de Namásium. Imara reposaba sobre el pecho de Zeta después de saciar su sed de amor.
—¿Recuerdas la última vez que estuvimos mirando las estrellas? —preguntó Zeta melancólico.
—Jamás la podría olvidar.
Zeta se incorporó de la cama, sostuvo la cara de Imara entre sus manos y tras un tiempo fijando sus ojos dispares en los de ella, le reveló la decisión que había tomado; pues el traidor había muerto, pero otra amenaza se cernía sobre Namásium y si él no hacía nada, todo desaparecería. Por la mejilla de Imara resbalaban lágrimas incontrolables, pero entendía que así debía de ser.
—El destino está escrito —Zeta terminó la frase con un suave y pasional beso en sus labios—. Volverás a Tresva.
Las Guardianas de Luz, Frewin en especial, escuchaban la decisión de Zeta antes de partir. Estaban dispuestas a intervenir, aunque las leyes Cósmicas no les permitieran interferir en el curso del destino, pero Zeta impuso su firme decisión, pues no permitiría que nadie más corriera peligro. Se dirigió a Melbek, Surak, Toss y les nombró, junto a Syza la Maroalis, los responsables de que Namásium prosperara bajo la igualdad. Ya no habría soberanos, y sólo la magia de sus propios dones, arraigada en sus venas, sería lo único que existiría. No quería crear una nueva Piedra Cósmica para volver a repetir el mismo error.
La magia absorbida de la piedra emanaba por todo su cuerpo, desapareciendo frente a todos. Ahora, frente a él, tenía el enorme portón de entrada del Templo de las Estrellas. Con un gesto de su mano, la pesada puerta se abrió como si fuera una pluma.
—¡Salid de vuestro escondite ratas!
Leves risas que provenían del sótano llamaron su atención. Bajó las estrechas escaleras, encontrándose una sala de rituales con una mesa en el centro. La imagen de Riux, tumbado sobre ella y entregando su alma por salvarle, le instó a sentirse más seguro de que estaba tomando la decisión correcta. Se acercó y bajo ella palpó la daga ceremonial con la que llevaban a cabo sus rituales, para absorber las almas de los pobres Áureos desesperados.
—Bienvenido viejo amigo —Axel apareció tras su espalda, bloqueando la única salida—, pronto me disponía a hacerte una visita, pero veo que no aguantabas las ganas de volver a verme.
Las tres Sacerdotisas, Hidra en medio, aparecieron detrás de Axel.
—Hola Zenón, ¿vienes a pedir nuestro favor?— carcajeaba una de ellas.
—Vengo a terminar con esto, de una vez por todas.
—¿Sí? Y qué pretendes, ¿devolver la soberanía al verdadero heredero? —contestó Hidra con una mano apoyada en el hombro de Axel.
—Él es el heredero de un traidor.
El odio se reflejaba en los ojos de Axel, dispuesto a terminar con él. La magia prohibida emanaba por todo su cuerpo con un fulgor oscuro. Las poderosas Sacerdotisas comenzaron a entonar un cantito en idioma arcano. Axel sonreía victorioso, pues cuanto más cantaban ellas, más poderoso se sentía él. Zeta permanecía tranquilo, aquello le parecía una actuación de teatro, y no pudo evitar reírse de la situación.
—No sabes lo que haces inútil, voy a terminar contigo —dijo Axel al ver que se mofaba de ellos.
Zeta sacó de su espalda la daga de cristal que había sustraído de la mesa, y se la enseñó de forma amenazante con el filo cortante mirando hacia su enemigo. Ahora era Axel quien reía, pues si pretendía matarle con la daga estaba muy equivocado, ya que pertenecía a las Sacerdotisas y ahora estas eran sus súbditas.
—Con esta daga no pienso acabar sólo contigo, también con tu grupo de arpías.
La punta que amenazaba en dirección a Axel, ahora la apoyó sobre su pecho.
—¡Qué haces inútil! —reaccionó Axel ante aquella inesperada situación.
Zeta sonrió y, mirando a los ojos de Axel, sentenció.
—Cuando destruí la Pierda Cósmica, tu padre se deshizo en mil pedazos al igual que ella, pero sólo destruí su recipiente. La magia que albergaba y que es la que le da el poder a tu ejército de arpías, reside sobre mí. Si devuelvo la magia al universo esas tres se desharán en polvo, pues son mortales y no verdaderas Guardianas de Luz. Y tú… no serás nada.
Axel dudó por un momento y sus manos empezaron a temblar de forma descontrolada. Con un rápido movimiento, Hidra pretendió arrebatarle la daga, pero Zeta sacudió una mano haciendo que se estampara contra la pared. Dedicó una última sonrisa de despedida a Axel y se clavó la daga en el corazón.
Las Sacerdotisas se convirtieron en polvo, tal y como Zeta había prometido. Axel sintió como el poder, que ellas le habían concedido, abandonaba sus venas; arrodillado frente a un moribundo Zeta, observó como de su herida no salía sangre, si no chorreones de luz líquida que lentamente inundaban todo su cuerpo, era magia. Una vez cubierto por completo, una explosión hizo retumbar todo el planeta. Zeta ya no estaba, su cuerpo también se había ido.