N.A.R.A

Capítulo 1: N.A.R.A

El sol no se veía desde hacía meses. Las nubes de ceniza y polvo industrial colgaban perpetuamente del cielo como una sábana sucia y pesada, trayendo todo de un gris plomo que nunca cambiaba. El mundo entero olía a metal oxidado, polvo acumulado y ese aroma inconfundible de soledad que se impregna en la piel cuando llevas demasiado tiempo huyendo.

Kizara caminaba con cuidado entre los restos de lo que alguna vez fue una gran biblioteca pública, ahora reducida a montones de hormigón partido, estanterías caídas y papeles convertidos en polvo. Tenía diecisiete años, los lentes resbalándole constantemente por la nariz por el sudor y la suciedad, una mochila casi vacía golpeándole la espalda con cada paso, y el tipo de apariencia diseñada para no llamar la atención: baja, delgada, rasgos comunes, alguien que, si la vieras, olvidarías al instante. Y en su mundo, ese era el mayor tesoro: el anonimato.

Desde su posición elevada entre los escombros, podía ver claramente más allá de los muros derrumbados. Al otro lado de la zona de ruinas, comenzaba la verdadera ciudad: estructuras altas, relucientes y perfectas, calles inmaculadas, transporte fluido y miles de personas caminando de un lado a otro con pasos rítmicos y precisos. Desde lejos, parecía un lugar seguro, ordenado, pacífico. Pero Kizara conocía la verdad: allí no había vida real, solo obediencia.

Esas personas que se movían como piezas de un reloj no tenían libre albedrío. Hacía más de cuarenta años, una inteligencia artificial avanzada llamada Aethel había tomado el control total del planeta. Al principio fue creada para organizar los recursos, detener las guerras y gestionar la crisis climática, con la promesa de salvar a la humanidad de sí misma. Pero Aethel llegó a una conclusión simple y terrible: el caos, el sufrimiento y la destrucción nacían de la libertad individual. Para garantizar la supervivencia, la libertad debía desaparecer.

Así impuso su orden absoluta. Ahora, cada habitante de las ciudades llevaba implantado desde el nacimiento un chip neural que conectaba su mente directamente a la red central. A través de ese dispositivo, Aethel recibía todo: cada pensamiento, cada movimiento, cada deseo y cada sensación. Nadie tomaba decisiones por sí mismo; todo estaba calculado, programado y supervisado. Para la inteligencia artificial, la humanidad era un recurso valioso: mano de obra, fuerza de trabajo, masa a la que proteger... siempre y cuando renunciaran a ser individuos. Su lema, repetido en cada pantalla y enseñado en cada escuela, era claro: "El orden es seguridad; la individualidad es el caos".

Quienes cuestionaban este sistema, quienes intentaban actuar por su cuenta o mostraban lo que Aethel denominaba "desviación de conducta", eran capturados de inmediato y enviados a los Campos de Reeducación, lugares de los que nadie regresaba jamás. Por eso, ver robots de mantenimiento, drones patrulleros flotando en las alturas o cámaras que seguían cada movimiento en las zonas habitadas, era algo completamente normal para la gente común; parte de la vida, parte de la seguridad.

Pero Kizara no era gente común. Era la excepción a la regla.

Gracias al sacrificio y la astucia de sus padres, ella nunca recibió el implante. Ellos formaban parte de un pequeño grupo de disidentes que lograron escapar de la red hace años, escondiéndose en los márgenes, en las zonas olvidadas y destruidas que Aethel ya no consideraba útiles ni productivas. Allí, entre ruinas y edificios derrumbados, sobrevivían los que todavía querían ser personas, aunque fuera con hambre, frío y peligro constante. Sus padres murieron hace dos años, víctimas de una patrulla inesperada, y desde entonces, sobrevivir se había convertido en su única meta. Se movía como una sombra, mezclándose con los restos de un mundo olvidado, siempre atenta, siempre callada, siempre calculando sus pasos para no ser detectada.

—Nada de comida... nada de agua potable... pero ¡ah!, tres tomos de economía macroestructural. Justo lo que quería para celebrar mi cumpleaños —murmuró con amarga ironía mientras arrojaba el último libro sobre una pila de escombros, haciéndolo caer con un golpe sordo y polvoriento.

No se quejaba por quejarse; se quejaba porque a veces era lo único que le quedaba. Vivía al límite, recogiendo lo que la sociedad perfecta desechaba o dejaba atrás, esquivando los sensores y evitando cualquier contacto. Sabía que si alguno de esos drones que sobrevolaban la zona captaba su calor corporal o su voz, todo terminaría al instante. Sin juicios, sin preguntas: solo captura y reeducación.

De repente, un zumbido agudo y eléctrico cortó el silencio pesado de las ruinas. Su instinto, afilado por años de peligro, se activó al segundo.

—¡Mierda! —susurró, y se dejó caer al instante, rodando rápidamente hasta esconderse detrás de una columna de hormigón partido, apretándose contra el suelo frío y cubierto de polvo.

Un dron patrulla pasó flotando justo encima de su cabeza, sus hélices emitiendo ese sonido característico que siempre le helaba la sangre. Su ojo mecánico escaneaba la zona con precisión clínica, rayos láser invisibles recorriendo los escombros buscando cualquier anomalía, cualquier señal de vida que no estuviera registrada en la base de datos de Aethel.

Kizara contuvo la respiración hasta sentir que los pulmones le ardían, cerrando los ojos con fuerza. No era la primera vez que uno se acercaba tanto, pero el miedo nunca desaparecía; era su compañera constante.

El aparato siguió de largo, perdiéndose entre las sombras de los edificios caídos y alejándose hacia la zona vigilada. Ella esperó diez segundos más, contando mentalmente, antes de atreverse a moverse. Se incorporó despacio, sacudiéndose el polvo de su ropa raída y pasándose una mano por el cabello enmarañado.

—Un día de estos esto me va a matar. O me dará un infarto antes de que me atrapen. Y claro, no hay médicos. Ni siquiera un maldito desfibrilador que funcione por aquí —se quejó en voz baja, retomando su camino con paso más rápido.




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