Caminar junto a una mujer perfecta, desnuda y brillante bajo la luz grisácea del apocalipsis, no era exactamente lo que Kizara tenía planeado para ese día. Ni para ninguno, en realidad. Y lo peor de todo no era solo que no llevara ropa, sino la forma en que caminaba: con una elegancia natural, fluida, cada paso medido con una precisión y belleza que parecía haber sido programada en su código desde el mismo momento de su creación.
Kizara, en cambio, avanzaba agachada, pegada a las paredes, saltando escombros y vigilando cada rincón con el corazón en un puño.
—¿Tienes que andar así? —murmuró de nuevo, sin mirarla directamente, mientras hacía una seña para que se agachara un poco al pasar cerca de una zona abierta—. ¡Pareces una modelo paseando por una pasarela y estamos en medio de un basurero! Si hay un dron ahí arriba, te va a ver brillar desde la otra punta de la ciudad.
Nara caminaba erguida, su piel pálida resbalando suavemente bajo la luz tenue, su cabello blanco ondeando levemente con el viento cargado de polvo. No había incomodidad en ella, ni pudor, ni prisa. Solo esa gracia infinita que hacía que, aunque sabías que era una máquina, tus ojos se quedaran pegados en ella. Y para desgracia de la cordura de Kizara, aunque no fuera un cuerpo humano tal cual, las proporciones eran... bueno, eran perfectas. Curvas suaves, líneas armoniosas, todo calculado para ser estéticamente impecable. Kizara se pasaba el rato desviando la mirada, mirando al suelo, mirando al cielo, mirando a cualquier parte menos a ella, porque cada vez que la veía, sentía que se sonrojaba de una forma ridícula.
—Mi diseño corporal incluye 87 puntos de atracción estética optimizada. La cobertura exterior fue retirada durante la fase de hibernación para preservar los sistemas internos —respondió Nara con su tono calmado y analítico, bajando la voz solo porque Kizara lo había hecho, no porque entendiera el peligro real—. Mi estructura no refleja radiación, ni emite calor residual excesivo, ni produce sonidos fuertes. Soy más difícil de detectar que tú, que emites calor, sudoración y frecuencia cardíaca elevada.
—¡Eso no es el punto! —susurró Kizara, apretando los dientes—. ¡El punto es que pareces una estatua de museo caminando por las ruinas! ¡Y además... es... es incómodo!
Nara parpadeó, luego alzó levemente una ceja, como si acabara de procesar una variable absurda que no estaba en su base de datos.
—¿Incomodidad? Contexto insuficiente. Mi morfología estándar presenta proporciones equilibradas, simetría facial y corporal dentro de los parámetros ideales de belleza clásica. No deberías sentir incomodidad, sino apreciación visual.
—¡Ugh... hablaremos de eso después! —Kizara se pasó una mano por la cara, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas—. Lo que te quiero decir, enciclopedia con curvas, es que necesitas... no sé, cubrirte. Solicito módulo textil si se requiere adecuación social, ¡o lo que sea que dijiste antes!
—Solicitud registrada: Adecuación social y cobertura —asintió ella, imperturbable—. La procesaré como prioridad secundaria.
Siguieron avanzando en silencio, moviéndose siempre por las zonas más oscuras, entre esqueletos de coches oxidados y edificios derrumbados que ya eran parte del paisaje desolador. Kizara iba delante, marcando el ritmo, siempre alerta, buscando las rutas más seguras que conocía de memoria tras años de sobrevivir allí. Nara la seguía a unos pasos, silenciosa como una sombra, pero con esa presencia imponente que parecía fuera de lugar en un mundo tan roto.
"Es imposible", pensaba Kizara, lanzando miradas rápidas y desviando la vista al instante, como si mirara directamente al sol. "Es una máquina. Es metal y circuitos. Pero... ¿por qué tiene que tener esa forma? ¿Por qué todo en ella está tan bien hecho? Ni las mujeres de la zona alta, las que tienen acceso a mejor comida y medicina, se ven así".
No ayudaba en nada que Nara no tuviera emociones aún. Ni un parpadeo coqueto, ni una reacción de incomodidad, ni el más mínimo rastro de que fuera consciente del efecto que causaba. Solo esa serenidad neutral, casi clínica, que la hacía parecer una diosa antigua que hubiera despertado en el peor momento posible.
“Perfecta y ni siquiera lo sabe. O peor… lo sabe, pero no le importa en absoluto”.
—Estamos cerca —dijo Kizara mientras giraban hacia lo que parecía una entrada bloqueada de una vieja estación de metro, ahora medio derrumbada y camuflada entre montones de escombros—. Bienvenida a la Base 17. O lo que yo llamaba hogar hasta hoy.
Se agacharon para pasar por debajo de una viga caída y descendieron por unas escaleras de hormigón agrietadas, bajando entre cables sueltos, carteles descoloridos de publicidad de hacía décadas y grafitis que ya nadie entendía. Tras empujar con esfuerzo una doble puerta de metal oxidado que chirrió demasiado para su gusto, llegaron al lugar.
Kizara se detuvo un segundo, mirando el espacio que había sido su refugio durante tanto tiempo, y luego miró a Nara, esperando lo que sabía que venía.
Era una habitación pequeña, apenas lo suficiente para estar de pie. Tenía dos literas viejas y oxidadas, una estufa de leña que apenas funcionaba hecha con latas recortadas, paneles solares de segunda mano comprados o encontrados en la chatarra, y un sistema de reciclaje y filtrado de agua construido con piezas de al menos cinco generaciones distintas de tecnología. Había una pequeña estantería de madera llena de libros, un colchón viejo tirado en el suelo y cajas apiladas con sus cosas. Era desordenado, húmedo, frío y precario. Pero también era el lugar donde había estado a salvo durante tres años.
Nara entró despacio, se quedó parada justo en el umbral, enmarcada por la luz que entraba débilmente desde fuera, y escaneó todo en menos de tres segundos. Sus ojos de dos colores recorrieron cada rincón, cada objeto, cada imperfección.
—Ambiente ineficiente —dijo con voz clara, analizando todo—. Riesgo alto de exposición a temperaturas bajas y humedad. Ventilación deficiente. Seguridad estructural comprometida: existen grietas en los soportes principales y filtraciones de agua detectadas. Capacidad defensiva: nula.
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Editado: 23.06.2026