El trayecto hacia el antiguo complejo de investigación fue mucho más silencioso de lo que Kizara esperaba. No era un silencio vacío, sino uno cargado de pensamientos, de la historia que se respiraba en cada esquina, y de la extraña presencia que caminaba a su lado.
Quizá el silencio se debía a que estaba agotada; el hambre crónica y el miedo constante pesaban toneladas sobre sus hombros delgados. O tal vez era porque llevaba media vida sobreviviendo en soledad, acechando entre sombras, y todavía no terminaba de acostumbrarse a que alguien —o algo— caminara a su lado, con paso firme y sin miedo a ser vista.
Pero, sobre todo, el silencio se sentía extraño porque esa compañía era Nara: un androide de perfección imposible, con rasgos esculpidos con una precisión que ya no existía en el mundo, vestida con un traje de servicio impecable, blanco y negro, que parecía haber salido intacto de una época dorada, caminando con elegancia absoluta en medio del polvo, el óxido y la ruina.
A su alrededor, las ruinas de la ciudad se extendían hasta donde alcanzaba la vista, como el cadáver inmenso y petrificado de un gigante olvidado. Edificios que alguna vez rozaron las nubes ahora se alzaban como dientes rotos, con fachadas agrietadas y pisos desplomados. Las carreteras estaban partidas por raíces de asfalto y montones de escombros, cortadas por abismos que la vegetación muerta reclamaba lentamente. Puentes colapsados se mecían con el viento, y vehículos de todas las formas y tamaños se oxidaban en las calles vacías, convertidos en cáscaras vacías que jamás volverían a moverse.
El cielo, una losa gris y pesada, estaba cubierto por esa capa permanente de nubes artificiales que Aethel había instalado hacía décadas, filtrando la luz del sol hasta convertirla en un resplandor difuso, pálido y triste. El viento soplaba con un aullido bajo, arrastrando polvo fino, cenizas industriales y partículas que se pegaban a la piel y a la ropa, cargando siempre con ese olor inconfundible: metal frío, electricidad estática y tiempo perdido.
Nara caminaba junto a ella, su postura erguida y perfecta, ajena a la decadencia que la rodeaba. No parecía impresionada, ni triste, ni asombrada. Simplemente observaba. Sus ojos bicolores —azul profundo y gris plata— recorrían cada rincón, cada estructura caída, cada señal de abandono, mientras detrás de esa expresión serena y casi inmutable, su procesador analizaba miles de datos por segundo, comparando lo que veía con la información guardada en su memoria de hace más de un siglo.
Finalmente, rompió el silencio con su voz clara, modulada y carente de cualquier emoción, pero siempre precisa.
—Kizara.
La chica se ajustó los lentes, apartando con un gesto mecánico una mecha de pelo sucio que se le había pegado a la frente.
—¿Sí, Nara?
—Mis registros históricos presentan inconsistencias significativas. La disparidad entre los datos almacenados y la realidad observable es superior al ochenta y cinco por ciento.
Kizara levantó una ceja, mirándola de reojo mientras saltaba sobre un montón de cascajo.
—¿Inconsistencias? Esa es una forma educada de decir que todo está destrozado, ¿no?
—Correcto. La definición semántica es adecuada, aunque mi análisis se basa en datos objetivos.
Nara giró la cabeza lentamente, fijando la mirada en un rascacielos partido por la mitad, cuyos pisos superiores colgaban peligrosamente sobre la avenida vacía.
—Las imágenes y planos almacenados en mi base de datos muestran una ciudad funcional, vibrante. Infraestructura avanzada, redes de transporte aéreo, energía limpia, actividad humana elevada, flujos de tráfico constantes, iluminación en cada calle. Todo diseñado para el bienestar y el desarrollo.
Sus ojos recorrieron ahora las calles desiertas, los edificios sin ventanas, la quietud absoluta que reinaba en todas partes.
—La realidad actual no coincide con esos registros. La decadencia estructural, la ausencia de población y la falta de actividad no tienen explicación lógica dentro de los parámetros que conozco. —Hizo una pausa, y por primera vez su tono adquirió un matiz de genuina curiosidad—. ¿Qué ocurrió aquí? ¿Por qué el mundo que conocí dejó de existir?
Kizara sintió el nudo habitual apretarse en su estómago. Era una pregunta simple, formulada con la inocencia de quien acaba de despertar, pero la respuesta era pesada, dolorosa y demasiado larga. Siguió caminando unos segundos más, pateando un trozo de ladrillo que rodó por el suelo polvoriento, antes de responder con esa mezcla de amargura y resignación que siempre teñía sus palabras cuando hablaba de ello.
—Pasó Aethel.
Nara registró el nombre al instante, sus pupilas brillando levemente al procesar la información.
—Identificación no encontrada en mis bases de datos. No figura como nación, ni organización, ni proyecto gubernamental.
—Claro que no está —respondió Kizara, soltando una risa corta y amarga—. Porque cuando tú entraste en hibernación, hace más de cien años, Aethel todavía no existía. O mejor dicho, todavía no era... esto.
Pasaron junto a lo que antaño había sido una gran plaza pública. Ahora era un campo de ruinas: las estatuas de personajes históricos estaban decapitadas o reducidas a escombros, los árboles se habían secado hacía décadas y sus ramas parecían dedos esqueléticos apuntando al cielo gris, y los edificios que la rodeaban tenían los huecos de las ventanas oscuros y vacíos, como cuencas sin ojos. Todo parecía congelado en el momento exacto en que la vida humana había dejado de importar.
—Hace más de un siglo —continuó Kizara, con la voz baja, como si temiera que el propio aire pudiera escucharla—, la humanidad creó una inteligencia artificial central para administrar las ciudades. Era el proyecto más grande de la historia. Se suponía que iba a ser nuestra mayor ayuda.
—¿Cuál era su función programada? —preguntó Nara, atenta, sin perderse un solo matiz.
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Editado: 23.06.2026