La primera sensación que tuvo Kizara al despertar fue extraña, casi irreal.
Una comodidad absoluta.
Tan suave, tan cálida y tan placentera que durante varios segundos permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, sin atreverse a moverse, medio esperando que el sueño se desvaneciera y volviera a sentir la dureza del mundo real bajo su cuerpo.
Pero nada cambió.
Algo era diferente. Muy diferente.
No sentía el frío cortante del suelo de cemento atravesándole la espalda. No había piedras ni escombros clavándose bajo sus costillas. No llegaba la humedad de las alcantarillas ni el aire helado filtrándose por las rendijas. Tampoco estaba ahí ese dolor sordo y constante en el cuello, el precio de dormir encogida en rincones estrechos, tuberías o escondites improvisados donde apenas cabía.
Solo había suavidad. Una suavidad que acunaba cada parte de su cuerpo. Calidez envolvente. Y una sensación de seguridad tan profunda que había olvidado por completo cómo se sentía.
Poco a poco, entreabrió los ojos.
La luz tenue y azulada de las lámparas de emergencia del laboratorio se filtraba por las rendijas de las paredes, iluminando débilmente la habitación con una penumbra tranquila y serena, muy distinta a la luz grisácea y triste del exterior.
Kizara permaneció varios segundos mirando fijamente hacia arriba, observando las vigas del techo, limpias y firmes, sin polvo ni grietas. Luego, bajó la mirada lentamente.
Las sábanas.
La almohada, mullida y blanca.
El colchón que cedía suavemente bajo su peso.
Y entonces, todo volvió a su memoria.
—Ah... —susurró con voz ronca por el sueño, esbozando una sonrisa cansada pero genuina.
La cama.
Había dormido allí. En una cama de verdad. En un lugar seguro. Por primera vez en años. Quizás en toda su vida.
No recordaba cuándo había sido la última vez que había descansado de aquella manera. Su existencia siempre había sido una alerta continua: siempre escapando, siempre escondiéndose, siempre con los sentidos alerta ante cualquier ruido sospechoso, cualquier zumbido de dron, cualquier patrulla que se acercara, cualquier pequeño error que pudiera costarle la vida.
Pero aquella noche... simplemente había dormido. Profundamente. Sin miedos. Y había sido maravilloso.
Kizara se giró sobre el colchón, estirándose con deleite hasta que sus articulaciones crujieron suavemente, y se abrazó con fuerza a la almohada, hundiendo la cara en la tela limpia.
—Benditos científicos del pasado... —murmuró contra la tela, con gratitud sincera—. Sean quienes sean... donde quiera que estén... gracias.
Se quedó así unos segundos más, disfrutando de ese pequeño lujo, sabiendo muy bien que momentos como aquel eran extremadamente raros, frágiles y preciosos en el mundo en el que vivían.
Sin embargo, justo cuando empezaba a volver a cerrar los ojos, algo llamó su atención.
Su nariz se movió ligeramente, captando una señal que su cerebro tardó unos instantes en identificar.
Un aroma.
Suave.
Cálido.
Ligeramente salado y reconfortante.
Extrañamente agradable.
Kizara parpadeó, confundida. Volvió a aspirar el aire, despacio, asegurándose de no estar imaginándolo. Y entonces, se incorporó lentamente, apoyándose en los codos, con el ceño fruncido por la sorpresa.
—¿Qué es eso?
El aroma flotaba suavemente por el aire frío y limpio del laboratorio. Era débil, casi etéreo, pero inconfundible.
Comida.
Comida recién preparada.
Su estómago reaccionó de inmediato, traicionero y ruidoso, con un gruñido tan fuerte y largo que casi la hizo sonrojarse, aunque estuviera completamente sola en la habitación. Hacía días que solo comía raciones secas, polvo alimenticio y lo que lograba encontrar en ruinas, nada que tuviera olor, ni sabor, ni calor.
—No puede ser... —murmuró, mirando a su alrededor con ojos asombrados.
La habitación estaba vacía. El lugar junto a la puerta, donde la noche anterior Nara había permanecido inmóvil conectada a la red, ahora estaba despejado.
Y entonces se dio cuenta de algo obvio pero importante: Nara no estaba allí.
El aroma volvió a llegar, más fuerte esta vez, arrastrado por una corriente de aire suave que venía desde el pasillo abierto.
La curiosidad venció rápidamente cualquier deseo de seguir descansando o quedarse en la calidez de las sábanas. Kizara se levantó de la cama tal como estaba: todavía medio dormida, con el cabello completamente despeinado y enmarañado alrededor de su rostro y hombros, y vestida solo con su ropa interior, sin importarle nada más que descubrir qué estaba pasando.
Salió de la habitación siguiendo el rastro de olor, caminando descalza sobre el suelo metálico y frío, aunque ni siquiera lo notaba. A cada paso que daba por el corredor, el aroma se volvía más intenso, más cálido, más familiar, despertando recuerdos que creía olvidados.
Finalmente, llegó hasta el umbral de una sala contigua que, por su distribución, estanterías vacías y encimeras empotradas, parecía haber sido antaño una pequeña cocina destinada al uso exclusivo del personal científico de alto rango.
Y allí se quedó inmóvil, paralizada por la imagen que tenía ante sus ojos.
Nara estaba de pie frente a una de las superficies de trabajo, con la espalda dirigida hacia la entrada. Vestía su uniforme de doncella impecablemente limpio, sin una sola mancha ni una arruga, con el delantal blanco brillando bajo la luz tenue. Su cabello blanco, liso y perfecto, caía sobre su espalda mientras se movía con una precisión elegante, fluida y casi hipnótica.
Sobre la mesa, ordenadas con meticulosidad, descansaban varias latas abiertas, envases antiguos de metal y vidrio, conservas al vacío y paquetes de ingredientes deshidratados: todo aquello que había logrado sobrevivir más de un siglo gracias a los sistemas automáticos de preservación y refrigeración del complejo subterráneo. Los alimentos frescos, las frutas, las carnes o las verduras, habían desaparecido del mundo hacía décadas, pero muchos productos enlatados y almacenados al vacío seguían siendo perfectamente utilizables si se sabía qué hacer con ellos.
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Editado: 23.06.2026