La motocicleta de antigravedad se deslizaba silenciosamente entre los esqueletos de concreto de la antigua ciudad, moviéndose como una sombra fluida a través de calles que el tiempo había olvidado. No había rugido de motor, ni humo contaminante, ni el sonido áspero de ruedas chocando contra el asfalto roto. Solo existía aquel zumbido suave, casi imperceptible, una vibración eléctrica que apenas alteraba el polvo acumulado durante décadas, mientras atravesaban las ruinas a una velocidad que habría sido impensable para cualquier superviviente que viajara a pie.
Durante buena parte del trayecto, Kizara permaneció con la mirada fija en el horizonte, sus ojos escaneando instintivamente cada esquina, cada estructura caída, cada sombra que pudiera ocultar algún peligro. Era un hábito grabado en su cerebro desde niña: nunca bajar la guardia.
Nara, por su parte, no miraba solo por seguridad; miraba con una curiosidad profunda, analizando. Sus ojos bicolores recorrían los edificios destrozados, las carreteras partidas como pieles agrietadas, los vehículos oxidados convertidos en cáscaras vacías, los restos de una civilización que en su época había sido brillante, llena de luz y vida, y que ahora no era más que un monumento gigante a la desolación. Para ella, cada ruina era una contradicción con los datos perfectos que guardaba en su memoria.
Hasta que finalmente, entre la bruma grisácea que siempre cubría el cielo roto, aparecieron.
Dos enormes rascacielos, que antaño debieron haber rozado las nubes, ahora caídos uno sobre el otro como dos gigantes abatidos en una batalla antigua, sus estructuras de acero retorcidas y expuestas como costillas rotas. Debajo de aquella masa de concreto y metal aplastado, se alzaba la estructura circular y maciza de lo que había sido un gran estadio deportivo, un lugar diseñado para miles de personas, ahora enterrado parcialmente bajo el peso de la ciudad caída.
Parte de las gradas sobresalían, aplastadas y deformadas. La cubierta, inmensa y curva, había colapsado hacía décadas, dejando ver el interior vacío y oscuro. Enormes bloques de piedra y escombros cerraban casi por completo las entradas principales, convirtiéndolo a simple vista en otro montón de ruinas sin importancia, un cadáver más de la vieja civilización que nadie se molestaba en mirar.
Pero Kizara conocía el secreto que guardaba.
Redujo la velocidad suavemente, y varios cientos de metros antes de llegar siquiera a los primeros muros del complejo, detuvo la motocicleta en el hueco oscuro que dejaba un antiguo estacionamiento subterráneo, ahora medio derrumbado y oculto entre sombras y montañas de basura antigua. La máquina flotante se estabilizó, quedando suspendida en el aire, perfecta y silenciosa.
Nara miró a su alrededor, procesando la ubicación y las coordenadas en su sistema.
—Hemos llegado a las coordenadas registradas en tu memoria —anunció con su voz clara y serena—. Sin embargo, los escáneres indican que el punto de acceso real, el lugar donde se concentra la actividad humana, se encuentra aún a setecientos cuarenta y tres metros hacia el interior de esa estructura colapsada.
—Correcto —respondió Kizara, apagando el sistema de navegación y bajando con agilidad del asiento.
—Entonces —insistió la androide, ladeando levemente la cabeza, visiblemente confundida por la interrupción—, ¿por qué nos detenemos aquí? La eficiencia del trayecto se verá reducida si completamos el camino a pie.
Kizara le dio unas palmaditas suaves y afectuosas al costado de la máquina flotante, admirando por un segundo la belleza de aquella tecnología perdida.
—Porque no pienso entrar montada en esto.
Nara parpadeó, buscando en su base de datos la lógica detrás de aquella decisión.
—¿Existe alguna avería que no haya detectado? ¿Algún fallo en el sistema de propulsión o en la batería?
—Nada de eso. La máquina está perfecta.
—¿Existe riesgo de detección por parte de los sensores de Aethel en esta zona? ¿Nuestra firma energética es visible desde la Torre?
—Tampoco. Aquí estamos demasiado lejos y demasiado enterrados para que ellos sepan que existimos.
Nara guardó silencio un instante, procesando las variables y encontrando incoherencias en la lógica de la joven.
—Entonces —concluyó con total naturalidad—, esta unidad de transporte continúa siendo la opción más eficiente, rápida, segura y cómoda para llegar a nuestro destino. Caminar sería un gasto innecesario de energía biológica para ti y una pérdida de tiempo. No entiendo la razón de tu decisión.
Kizara soltó una pequeña risa, cargada de amargura y experiencia, mientras comenzaba a desabrochar los cierres magnéticos que mantenían las cajas y bultos sujetos a los costados de la moto.
—Ese es exactamente el problema, Nara. Que es demasiado eficiente. Demasiado perfecta. Demasiado valiosa.
Comenzó a retirar carga, separando solo unas pocas cajas pequeñas, las más compactas, las que podían caber en una mochila o ser llevadas en la mano sin dificultad. Dejó atrás la gran mayoría de los suministros, herramientas y materiales que habían seleccionado con tanto cuidado.
Nara observaba cada movimiento con creciente perplejidad.
—Nuestra carga total útil se ha reducido en un noventa y dos por ciento —informó con tono objetivo, como si estuviera leyendo un balance de daños—. La capacidad de intercambio comercial ha disminuido drásticamente. El valor de nuestra mercancía ha caído casi a la décima parte.
—Lo sé —respondió Kizara con tranquilidad, ajustando las correas de una mochila grande sobre sus hombros.
—La rentabilidad de este viaje es ahora mínima.
—También lo sé.
La androide dio un paso hacia ella, sus ojos brillando con intensidad, necesitando comprender aquel comportamiento ilógico.
—Entonces no comprendo. Has trabajado para conseguir estos recursos, hemos transportado todo este peso hasta aquí, y ahora lo abandonas voluntariamente a las afueras, expuesto al clima o a posibles saqueadores. ¿Cuál es el propósito de esta acción?
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Editado: 23.06.2026