N.A.R.A

Capítulo 6 – Ecos en el Núcleo

El bullicio del mercado seguía presente al otro lado de las paredes, un zumbido constante y lejano que parecía pertenecer a otro mundo, pero dentro de la pequeña tienda del Viejo, la calma había regresado. Los curiosos que se habían asomado tras el incidente en la entrada se habían marchado, los clientes habituales habían vuelto a sus tratos y el sonido de cajas moviéndose y herramientas chocando suavemente volvía a llenar el espacio, mezclado con el olor a polvo, metal viejo y tela guardada.

En un rincón, junto a una pared llena de estanterías cargadas de objetos inidentificables, Nara permanecía sentada en una silla de madera sencilla, inmóvil como una estatua tallada en marfil y porcelana. Tenía los ojos cerrados, las manos descansando con delicadeza una sobre la otra en su regazo, y ni siquiera el leve movimiento de su pecho delataba que estuviera "viva". No respiraba. No parpadeaba. Simplemente... estaba allí, en silencio, sumergida en ese estado que ella llamaba reposo.

Iris, la joven ayudante del anciano, no dejaba de mirarla de reojo, con una mezcla de asombro y curiosidad infinita. Se acercó un poco más, bajó la voz hasta convertirla en un susurro, como si temiera despertarla, aunque supiera que eso no funcionaba así.

—¿Está dormida? —preguntó, sin apartar la vista de aquel rostro perfecto y sereno.

Kizara, que estaba revisando unas cuerdas resistentes que acababa de recibir, levantó la mirada y siguió la dirección de sus ojos. Una sombra de ternura y confusión cruzó su expresión.

—Algo parecido —respondió en voz baja—. Descansa, o eso dice ella. Para mí, sigue pareciendo una muñeca demasiado perfecta.

—Se llama modo de reposo —aclaró el Viejo desde detrás del mostrador, donde ordenaba las cuentas del intercambio con dedos ágiles a pesar de su edad—. Algunas de las máquinas más avanzadas que se construyeron antes del fin del mundo tenían esa función. Apagaban los sistemas no esenciales para ahorrar energía y mantener el procesador central activo solo para monitorear su propio estado. Es una forma de esperar, de permanecer intactas mientras el mundo seguía arruinándose a su alrededor.

Kizara asintió lentamente, pero no pudo evitar sentir un escalofrío al imaginar a Nara allí, quieta y sola, esperando durante cientos de años hasta que ella la encontrara. Seguía costándole creer que aquello que parecía tan humano, que hablaba, que cocinaba y que la protegía, fuera en realidad una creación de metal y circuitos. Y mucho menos podía entender por qué, de todas las máquinas que habían existido, ella había encontrado justo a esa.

Se acercó al mostrador, apoyó las manos sobre la madera desgastada y miró fijamente al anciano.

—Viejo...

—Dime, niña —respondió él, sin levantar la vista de sus anotaciones.

—Tú has visto muchas cosas en tu vida. Has comerciado con todo tipo de gente, has visto tecnología de antes y de ahora... —hizo una pausa, eligiendo bien sus palabras—. ¿Conoces esta clase de androide? ¿Sabes quién la fabricó, o para qué?

El anciano dejó caer la caja de madera que tenía en la mano sobre el mostrador. El golpe seco resonó en la habitación. Levantó la cabeza y la miró con esa sabiduría profunda que parecía salir de las sombras mismas.

—No —dijo, con una rotundidad absoluta.

Kizara frunció el ceño.

—Entonces... ¿no hay nada? ¿Nadie sabe nada?

—No dije eso —la interrumpió él, bajando la voz y echando un vistazo hacia la figura inmóvil en la esquina—. Dije que no la conozco. Pero conozco los rumores. Los cuentos que se contaban cuando yo apenas era un muchacho, cuando todavía quedaba algo de electricidad en las calles y la gente hablaba de lo que se había perdido.

Se acomodó mejor en su silla, apoyando los codos en el mostrador, y sus ojos brillaron con el recuerdo de tiempos pasados.

—Cuando yo era joven, todavía se veían algunas máquinas avanzadas funcionando. Muy pocas, escondidas, cuidadas como tesoros. Había asistentes médicos, unidades de seguridad con armaduras imponentes, robots enormes para las fábricas... cosas que servían para un fin específico. —Su mirada se desvió nuevamente hacia Nara, analizando cada detalle de su silueta desde la distancia—. Pero nada, absolutamente nada, se parecía a lo que tú tienes ahí.

Hizo una pausa larga, dejando que sus palabras calaran en la joven.

—Lo que está ahí sentada... no parece una herramienta. No parece construida para trabajar, ni para vigilar, ni para curar. Su diseño, su forma, la calidad de sus materiales... todo indica que pertenece a otra categoría. Algo que ni siquiera los ricos de las altas torres podían permitirse. Algo que era más que una máquina.

Kizara tragó saliva, sintiendo que el corazón le latía con fuerza. La duda que siempre la había atormentado, la pregunta de ¿qué es realmente Nara?, volvía a crecer dentro de ella.

—¿Crees que hay alguna forma de saberlo? —preguntó con voz casi temblorosa—. ¿De saber quién la construyó, dónde, o por qué?

El anciano se quedó pensativo, pasando una mano arrugada por su barba canosa.

—Difícil —murmuró finalmente.

—¿Imposible? —insistió ella.

Una sonrisa astuta y llena de desafío apareció bajo sus canas.

—Difícil... no imposible.

Iris, que había estado escuchando todo en silencio desde un rincón, levantó la cabeza de golpe, con los ojos brillando de emoción y curiosidad.

—¡Entonces podemos intentarlo! —exclamó, con esa energía inagotable de la juventud.

El Viejo soltó una pequeña risa, negando con la cabeza.

—Sabía que dirías eso. Nunca puedes dejar las cosas como están, ¿verdad?

La muchacha ya estaba en movimiento, corriendo hacia la parte más profunda de la tienda, donde se acumulaban montañas de cajas, restos de aparatos y piezas de todo tipo que parecían basura inútil.

—¿Qué busca? —preguntó Kizara, confundida, viéndola desaparecer entre los escombros apilados.

—Basura —respondió el anciano con calma.




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