El patio del orfanato era un hervidero de vida. El suelo de tierra apisonada estaba rodeado de bancos de madera desgastada, macetas con flores que alguien se había esmerado en cuidar y cuerdas donde colgaba ropa recién lavada que se mecía suavemente con la brisa. Se escuchaban risas, gritos, carreras y el sonido de pelotas golpeando contra las paredes de la iglesia antigua. Era un caos maravilloso, de esos que solo existen donde hay muchos niños creciendo juntos, lejos del mundo cruel que había más allá de los árboles y las rocas que los protegían.
En cuanto Kizara cruzó el portón de entrada, cargada con los bultos que habían traído, fue como si hubiera explotado una pequeña bomba de alegría. Media docena de pequeños se le echaron encima de inmediato, colgándose de sus brazos, agarrándose de su chaqueta, tirando de sus pantalones, todos hablando a la vez, llenos de emoción y curiosidad.
—¡Kizara volvió! ¡Kizara volvió! —gritaban saltando.
—¡Trajo cosas, se nota por los paquetes! —señaló uno de los más pequeños con los ojos muy abiertos.
—¡Cuéntanos, cuéntanos! ¿Dónde estabas esta vez? ¿Estuviste muy lejos?
—¿Viste drones de vigilancia? ¿Te persiguieron? —preguntó otro, con tono de héroe de película.
—¿Encontraste otra moto voladora? ¡La última vez nos contaste que ibas muy rápido!
—¿Te dispararon? ¿Tuviste que pelear?
—¡Es verdad lo que dicen por ahí! ¿Luchaste contra un robot gigante en las ruinas viejas?
—¡Kizara, Kizara, ¿me trajiste algo? ¡A mí, a mí!
—¡Yo pregunté primero! ¡Tienes que responderme a mí primero!
Kizara soltó una carcajada, una de esas risas que venían desde el estómago, libres y relajadas, esas que casi nunca soltaba cuando estaban solas en las ruinas o en los mercados. Trató de liberarse suavemente de todos los abrazos y manitas que la rodeaban, levantando las manos en señal de rendición.
—¡Ey, ey, ey! ¡Un momento, calmaos todos! —exclamó entre risas—. ¡Una pregunta a la vez, por favor! Si habláis todos juntos no entiendo nada, ¿cómo voy a responder así?
—¡No! —gritaron todos al unísono.
—¡Que sí! —insistió ella.
—¡Que no! —repitieron ellos riéndose.
—¡Que sí, o no cuento nada! —amenazó ella fingiendo enfadarse.
—¡Pues que sí entonces! —aceptó uno de los mayores, haciéndose el jefe del grupo.
—¡Padre Julián! —gritó entonces Kizara mirando hacia la puerta de la iglesia—. ¡Ven a ayudarme, que estos no quieren obedecer nada de nada!
Desde el umbral de la puerta de madera gruesa, el sacerdote los observaba con una sonrisa amplia y tierna, apoyado en su bastón de madera gastada. Sus ojos brillaban con alegría al verla allí, sana y salva.
—Pues será porque tú tampoco obedecías cuando tenías su edad, Kizara —respondió él con voz cálida y profunda, provocando una nueva oleada de risas entre los niños que señalaban a la joven como diciendo "¡ves, ves!".
El anciano caminó despacio hacia ellas, sorteando a los pequeños que corrían de un lado a otro, y cuando llegó hasta Kizara, le puso una mano afectuosa en el hombro, mirándola con orgullo y cariño.
—Me alegra muchísimo verte de nuevo, hija. Cada vez que te vas, siempre me pregunto si volverás a cruzar ese portón. Y verte aquí, bien, me llena el corazón.
Kizara sonrió con ternura, bajando un poco la mirada, como una niña pequeña frente a su maestro.
—Y a mí me alegra verlo a usted, Padre. Nunca podría irme demasiado lejos sin volver. Este sigue siendo mi lugar.
Fue entonces, mientras hablaban, cuando el sacerdote detuvo su mirada y sus ojos se abrieron un poco más, fijándose en la figura que permanecía unos pasos detrás de Kizara, quieta, elegante y serena, sin moverse ni un milímetro, observando todo con una calma que casi parecía sobrenatural.
Era alta, mucho más que el promedio de las mujeres. Su vestimenta, negra con detalles blancos, era pulcra, limpia y muy distinta a cualquier ropa que se viera por allí. Su cabello, largo hasta la cintura, era de un blanco puro, como la nieve, y caía suavemente sobre sus hombros y espalda. Pero lo que más llamó la atención del anciano, y lo que lo hizo quedarse mirando fijamente, fueron sus ojos: uno azul intenso como el océano profundo, el otro dorado brillante como el oro pulido. Dos colores distintos, únicos, en un rostro de belleza perfecta y rasgos finos.
—Y dime, hija... —empezó el sacerdote con curiosidad, señalando levemente con la cabeza hacia la figura inmóvil— ¿quién es la señorita tan elegante que te acompaña y que se ha quedado ahí tan callada?
Kizara se puso rígida al instante. Sintió que el corazón le daba un vuelco. Había intentado mantenerla un poco al margen al principio, esperando pasar desapercibida, pero era imposible: Nara destacaba en cualquier lugar donde estuviera.
—¿Ella? —repitió Kizara, tratando de sonar lo más natural y despreocupada posible, aunque por dentro ya estaba calculando cómo explicar las cosas sin explicar demasiado.
—Sí, ella —insistió el Padre Julián, mirando a Nara con una mezcla de admiración y curiosidad tranquila.
—Ah... bueno... —titubeó Kizara, buscando las palabras adecuadas— ...es una amiga.
El sacerdote arqueó una ceja, sonriendo con esa sabiduría que le daban los años y haber conocido a Kizara desde que era una niña pequeña y desorientada.
—¿Solo una amiga? —preguntó con tono juguetón pero escéptico.
—Sí, claro, solo una amiga —afirmó Kizara con una sonrisa que intentaba ser convincente.
—¿Una amiga que apareció de la nada hace muy poco tiempo, de la que nadie había oído hablar nunca, y que ahora viaja contigo a todas partes? —siguió indagando él.
—Más o menos... digamos que... nos encontramos por el camino y decidimos ir juntas —respondió Kizara, encogiéndose de hombros.
—¿Y ahora comparte todo contigo? ¿Viajes, peligros, trae provisiones...?
—Exacto, eso es.
—Entiendo... —dijo el anciano, aunque su sonrisa decía claramente: "No me creo nada, pero me gusta lo que veo". Sin embargo, conocía a Kizara y sabía que, si ella quería guardar secretos, tenía sus razones, y por ahora decidió no insistir más.
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Editado: 23.06.2026