N.A.R.A

Capítulo 9: Lecturas peligrosas y viejos trucos

La noche había caído por completo sobre la Base 17, sumiendo las instalaciones antiguas en una penumbra suave, solo rota por la luz tenue de las pantallas y las lámparas de emergencia que parpadeaban levemente. Por primera vez en varios días, todo estaba en absoluta calma.

No había drones sobrevolando, ni comerciantes sospechosos vigilando, ni niños corriendo por todos lados llenando todo de gritos y risas. Solo se escuchaba el zumbido rítmico y suave de los generadores manteniendo la energía, y el soplido distante del sistema de ventilación recorriendo los pasillos profundos de aquella estructura olvidada por el mundo. Era la paz que tanto necesitaban, el refugio seguro donde podían dejar de lado las alertas y los peligros.

Sentada frente a una de las terminales del viejo laboratorio, con la espalda recta e inmóvil como siempre, Nara realizaba sus diagnósticos nocturnos habituales. Era una rutina que cumplía al pie de la letra cada noche: revisaba cada parte de su sistema con una minuciosidad perfecta.

Estado del núcleo energético: Óptimo.

Sistemas de combate y defensa: Operativos al 100%.

Integridad estructural: Sin daños ni desgaste.

Anomalías detectadas: Ninguna.

Todo estaba en orden. Sin embargo, esa noche, sobre la mesa de trabajo, junto a las herramientas y pantallas, había algo distinto: varios libros, revistas y cuadernos de tapas llamativas que el Padre Julián les había entregado justo antes de que se despidieran en el orfanato.

Según les había dicho entonces, con esa sonrisa tranquila y sabía que siempre usaba cuando tramaba algo:

—Son lecturas muy importantes, materiales fundamentales para comprender mejor el comportamiento, las emociones y las relaciones entre los humanos. Deberías leerlo con atención, Nara. Te servirá mucho.

Y ella, fiel a su programación de aprender todo lo necesario para ser útil y comprender mejor a su entorno y a su dueña, no tenía ninguna razón para dudar de las palabras del anciano. Si él decía que era importante, entonces era información vital.

Por eso se encontraba allí, leyendo con una concentración absoluta, idéntica a la que usaría para estudiar los planos de una máquina compleja o un manual de ingeniería avanzada. Pasaba páginas con movimientos precisos, tomaba notas breves en una pequeña pantalla auxiliar, registraba definiciones, analizaba estadísticas y guardaba cada concepto en su memoria con una clasificación detallada.

A varios metros de distancia, desde el pasillo que daba a las duchas, el sonido del agua corriendo se detuvo de golpe. Unos minutos después, apareció Kizara.

Iba recién salida del baño. Su cabello oscuro todavía estaba húmedo, cayendo pesadamente sobre sus hombros y la espalda, dejando caer alguna que otra gota que mojaba la tela fina de su ropa. Se frotaba un ojo con una mano, mientras con la otra se cepillaba los dientes, caminando con esa pereza relajada de quien sabe que ya no hay nada más que hacer ese día.

Y, como era su costumbre cuando estaban solas y seguras en su propio refugio, vestía únicamente su ropa de dormir: una prenda ligera, corta y muy ajustada, que honestamente se ajustaba más a la definición de "la mínima cantidad de tela que podía considerarse legalmente ropa de dormir", que a cualquier estándar de vestimenta decente. Pero allí estaban solas, y se sentía libre y cómoda.

—Mff... al fin limpia y tranquila... —murmuró con la voz apagada por el cepillo, mientras terminaba de enjuagarse la boca y dejaba las cosas en una mesa auxiliar.

Caminó despacio hasta su habitación y se dejó caer sobre el colchón con un suspiro largo y profundo, estirando todo su cuerpo sintiendo el alivio de descansar los músculos cansados. Durante unos segundos se quedó simplemente allí, observando a Nara de espaldas, iluminada por la luz azulada de las pantallas. Era una imagen extrañamente agradable, serena, que le daba una sensación de seguridad inmensa.

—¿Qué estás leyendo ahí tan concentrada? —preguntó finalmente, por simple curiosidad, sin levantarse de la cama.

Nara no apartó la vista de la página, pero respondió al instante con su tono serio y neutro:

—Material educativo y de consulta. Fue entregado por el Padre Julián antes de nuestra partida. Afirmó que es esencial para mi desarrollo social y comprensión humana.

Kizara arqueó una ceja, sintiendo ya un ligero presentimiento de alerta en la nuca.

—¿Ah sí? ¿Y de qué trata?

—De interacciones humanas, vínculos afectivos, emociones y conductas. —respondió ella, cerrando la revista que tenía en la mano y girando el cuerpo para mostrarle la portada, con la intención de ser lo más clara posible.

Kizara miró.

Y sus ojos se abrieron tanto que casi parecieron salírsele de las órbitas. Se quedó paralizada un segundo, y al siguiente, de un salto casi acrobático, estuvo de pie frente a ella, arrebatándole la revista de las manos con una velocidad impropia de alguien que estaba tan cansado hacía apenas un minuto.

—¡¿QUÉ DEMONIOS ES ESTO?! —exclamó con la voz entre el grito y el pánico.

Clavó la vista en la portada a todo color, con letras grandes y llamativas que gritaban: "100 formas rápidas y efectivas de conquistar a tu pareja: Guía práctica paso a paso".

Kizara sintió cómo la sangre subía de golpe a su cara, tiñéndola de un rojo intenso, ardiente, casi al nivel de echar humo. Empezó a pasar páginas frenéticamente, una tras otra, leyendo títulos que la hacían estremecer: "Cómo llamar su atención sin parecer agresiva", "El lenguaje secreto de las miradas", "Pequeños gestos que enamoran", "Errores que alejan a la persona amada"...

—¡¡¡NO, NO, NO, NO, ¡¡¡¡NO!!! —repetía mientras pasaba las páginas cada vez más rápido, con una mezcla de vergüenza y horror absoluto.

Cerró la revista de golpe con un sonido seco que retumbó en la sala, y la apretó contra su pecho como si fuera un objeto explosivo a punto de estallar. Levantó la vista al techo, apretó los dientes y gruñó con toda su alma:




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