N.A.R.A

Capitulo 11: la doncella guerrera

El zumbido de carga de las armas del robot de combate llenó toda la habitación, un sonido grave y vibrante que hacía que el polvo bailara en el suelo y los dientes dolieran. La máquina, una mole de cuatro metros de alto, blindada con aleaciones negras impenetrables, giró su torso pesado, apuntando sus múltiples sistemas directamente hacia ellas. Sus ojos sensores brillaban con una luz roja fija y asesina, dos puntos sangrientos que no parpadeaban.

De su espalda y costados, paneles se deslizaron hacia atrás con un chirrido metálico, revelando su verdadero arsenal:

Baterías de misiles compactos, dispuestos en filas ordenadas, con puntas afiladas y listos para despegar.

Cañones automáticos de alta velocidad, tubos gruesos que giraron y se alinearon, cargando miles de proyectiles capaces de atravesar acero.

Un generador de escudo, que parpadeó brevemente alrededor de su cuerpo, formando una capa translúcida y azulada que lo hacía intocable.

Era una fortaleza con patas, diseñada para destruir batallones enteros. Y tenía como objetivo a dos figuras pequeñas frente a él.

Kizara estaba paralizada, con la espalda pegada a la pared de escombros, sintiendo el calor que emanaba aquella máquina infernal. Su corazón latía desbocado, y su mente solo podía pensar en lo imposible de la situación.

Pero frente a ella, Nara no se movió ni un milímetro.

Su expresión había cambiado radicalmente. Ya no quedaba rastro de la autómata curiosa, dulce o analítica que ella conocía. Sus ojos, antes de dos colores distintos, ahora eran una sola luz fría y brillante, sin emoción, sin miedo, solo propósito. Había entrado en Modo Batalla, ese estado profundo y oculto de su programación donde todo lo demás desaparecía, donde su única razón de ser era la seguridad de su dueña.

Bajo el borde de su falda, el material se abrió y de inmediato brotó ese fluido plateado, vivo y pesado como mercurio. Las nanomáquinas salieron en cantidad, deslizándose velozmente por sus muslos, subiendo por sus caderas y recorriendo sus brazos como ríos de metal líquido. Al llegar a sus manos, la sustancia se agitó, se expandió, se fusionó en una estructura sólida y en décimas de segundo se endureció hasta volverse negra, oscura y afilada como obsidiana.

En cada mano, sostuvo ahora una hoz de guerra enorme, curva, con el filo tan fino que parecía cortar el aire mismo. Eran armas letales, perfectamente equilibradas, extensiones de su propio cuerpo.

—Quédate justo detrás de mí —ordenó Nara. Su voz era baja, firme, absoluta, sin ninguna vacilación—. No te separes ni un centímetro. Si te digo que corras, corres. Si te digo que te agaches, lo haces. ¿Entendido?

Kizara apenas pudo asentir con la cabeza, con la garganta seca.

En ese instante, el robot atacó.

Un estruendo ensordecedor rompió el aire. Una lluvia de balas y proyectiles salió disparada de sus cañones, una marea de metal que llenó todo el espacio, destrozando columnas, arrancando trozos de pared y haciendo volar escombros por todos lados.

Nara no esperó. Se movió.

Fue un movimiento tan rápido que apenas pudo ser visto por ojos humanos. Su cuerpo se inclinó hacia un lado en un ángulo imposible, deslizándose entre el fuego cruzado como si el tiempo se hubiera ralentizado solo para ella. Las hojas de sus hoces trazaron arcos brillantes en el aire, y con golpes secos y precisos, desvió docenas de proyectiles que iban directos hacia Kizara, haciéndolos estallar contra el suelo o la pared con chispas blancas.

No era suerte. Era perfección. Cada ángulo calculado, cada trayectoria predicha, cada movimiento ejecutado con una precisión matemática absoluta. Nara fue diseñada para esto. No era una simple asistente; era una obra maestra de la ingeniería militar, una máquina de guerra creada para superar cualquier obstáculo.

La lluvia de balas cesó, y la máquina, viendo que su ataque había fallado, rugió mecánicamente. Los paneles de su espalda se abrieron más y seis misiles se desprendieron, dejando una estela de humo blanco y fuego, directos hacia ellas, buscando destruir todo el entorno para asegurar la muerte de sus objetivos.

—¡AGÁCHATE! —gritó Nara, y al mismo tiempo que la orden salía de su boca, ella ya estaba en movimiento.

Saltó hacia adelante, cubriendo la distancia en un parpadeo. Con una hoz cortó el primer misil en el aire, partiéndolo en dos antes de que pudiera explotar. Con la otra, desvió el segundo contra una pila de escombros lejana. El tercero pasó rozando su hombro, haciendo chispas contra su armadura interna, pero ella no se detuvo. Giró sobre sí misma, su falda y sus armas dibujando un círculo de muerte, y desvió los otros tres con golpes secos y rápidos, enviándolos a estallar en lugares donde la onda expansiva no las tocara.

El polvo y el humo llenaron la sala, pero el robot no daba tregua. Avanzó pesadamente, sus enormes pies de metal rompiendo el suelo de hormigón, y activó su escudo defensivo, esa capa de energía azul que brillaba intensamente, haciéndolo prácticamente invulnerable. Al mismo tiempo, sus brazos mecánicos se transformaron, convirtiéndose en masas pesadas y contundentes, listas para aplastar.

Golpeó con el brazo derecho, un golpe que habría partido un edificio entero.

Nara lo esquivó dando un salto lateral increíblemente alto y ágil, aterrizando en la pared vertical como una araña, impulsándose de nuevo hacia arriba y cayendo sobre el brazo de la máquina con las dos hoces levantadas. El metal chirrió bajo el filo, chispas doradas volaron por todas partes, pero el escudo de energía absorbía gran parte del impacto.

«Armadura reforzada. Escudo activo. Potencia de fuego: alta. Movilidad: baja», calculaba Nara en milisegundos mientras se movía. «Es un tanque. No puedo destruirlo rápido, y no importa. Mi objetivo no es ganar, es sacarla de aquí».

Comprendió al instante. Si seguía peleando ahí, el combate destruiría el lugar y las aplastaría a ambas. Esa máquina estaba diseñada para el desgaste, para agotar al enemigo. Pero Nara tenía una ventaja: su prioridad no era la victoria, era la seguridad de Kizara.




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