El mercado negro, instalado entre los esqueletos de hormigón y metal de lo que siglos atrás había sido un estadio deportivo, hervía con la actividad de siempre. Era un lugar donde la ley no existía, donde la moneda de cambio eran las piezas de repuesto, la información y la supervivencia, y donde cada persona que cruzaba una mirada podía ser un aliado o un traidor.
Entre puestos llenos de chatarra valiosa, cables enredados, alimentos deshidratados y herramientas de dudosa procedencia, Kizara avanzaba con paso firme. Nara caminaba a su lado, erguida, impecable en su uniforme de doncella, una figura inquietantemente perfecta en medio de tanta suciedad y desgaste.
Pero esta vez, algo era diferente.
Normalmente, la presencia de Nara atraía miradas, cuchicheos, manos que se acercaban demasiado con intenciones poco honestas o curiosidad malsana. Sin embargo, hoy, a su paso, la gente se apartaba. La observaban de reojo, bajaban la vista o simplemente desviaban el camino para no cruzarse con ellas.
Corría el rumor. Se sabía. Un grupo de hombres, que semanas atrás habían intentado acorralarlas para robarlas o peor, había aparecido poco después con brazos rotos, costillas fracturadas y un miedo profundo grabado en la memoria. Nadie sabía exactamente qué había pasado, solo que aquella chica de cabello extraño y vestido limpio... era peligrosa.
—Creo que ya me conocen —comentó Nara con su tono tranquilo y analítico, mientras esquivaba sin esfuerzo un montón de neumáticos viejos.
Kizara esbozó una media sonrisa, mirando de reojo a un mercader que se apresuró a recoger su mercancía cuando se acercaron.
—Créeme, Nara. En este lugar, que te tengan miedo es la mejor recomendación que puedes tener. Es algo muy bueno.
—Entendido. Entonces registro "miedo" como indicador de seguridad —respondió ella seria.
Se adentraron en la zona más oscura y antigua del recinto, donde los pasillos se estrechaban y el olor a aceite viejo y polvo se hacía más denso. Al final de uno de esos corredores, oculta tras una puerta de chapa metálica desgastada, estaba la tienda del Viejo. El único lugar donde Kizara sabía que podía hablar con cierta verdad.
La campanilla oxidada de la entrada sonó con un tintineo débil y metálico al empujar la puerta, rompiendo el zumbido constante de la ciudad de fuera. El interior estaba lleno hasta el techo de piezas electrónicas, placas de circuitos, pantallas rotas, herramientas y objetos sin nombre que llevaban allí acumuladas décadas.
—Viejo, estamos de vuelta —anunció Kizara, cerrando la puerta tras ellas y asegurando el cerrojo.
Detrás de un mostrador lleno de papeles y cables, el anciano levantó lentamente la vista de lo que estaba haciendo. Sus manos, manchadas de grasa y años de trabajo, sostenían una lupa y un destornillador pequeño. A su lado, Iris, su ayudante, una joven de pelo corto y mirada afilada, seguía desmontando un viejo dispositivo de comunicaciones sin levantar la cabeza.
—Ya veo eso —respondió el anciano, con esa voz rasposa y calmada que lo caracterizaba. Escrutó el rostro de Kizara con atención, y luego sus ojos brillaron con interés—. Y por la forma en que te mantienes, por la energía que traes... supongo que no fueron solo provisiones lo que encontraron allá afuera. Encontraron algo grande. Algo muy interesante.
Kizara sonrió, una sonrisa que mezclaba cansancio y emoción. Se acercó al mostrador y apoyó ambas manos sobre la superficie llena de arañazos.
—Mucho más que interesante, Viejo. Encontramos algo que podría cambiarlo todo.
Durante la hora siguiente, la pequeña tienda permaneció en silencio, roto solo por la voz de Kizara y las intervenciones precisas de Nara.
Kizara explicó todo.
Les contó sobre el hallazgo del chip oculto en las ruinas.
Sobre la decisión de Nara de conectarse a la red prohibida.
Sobre los sesenta y dos segundos en el interior del sistema de la IA Central.
Sobre los registros extraídos: las rutas exactas de patrullaje, los horarios de los drones, los puntos débiles de seguridad, los protocolos de respuesta ante intrusos.
Y finalmente, llegó al punto que había dejado a Kizara sin palabras la primera vez: los cálculos de Nara.
—Y además... —dijo Kizara, bajando la voz como si alguien pudiera escuchar tras las paredes de chapa— ...ella ha podido prever cómo reaccionará la IA ahora que sabe que algo pasó. Ha calculado todas las formas en que reorganizará sus defensas para cubrir el fallo.
El Viejo, que hasta ese momento había escuchado con atención, asintiendo de vez en cuando, dejó de moverse. Su destornillador se detuvo en el aire. Su sonrisa desapareció.
—Espera... —intervino Iris, levantando bruscamente la cabeza, dejando caer la pieza que tenía en la mano—. ¿Estás diciendo que no solo tienes los mapas actuales, sino que... que sabes cómo van a cambiar? ¿Que tienes los patrones completos de movimiento del futuro?
—Posibles reajustes futuros —corrigió Nara con calma, de pie junto a Kizara, con los ojos fijos en el anciano—. La IA Central responde siempre bajo los mismos parámetros de eficiencia y seguridad. Por lo tanto, sus variaciones son limitadas. He calculado cincuenta y tres escenarios principales. Todos los posibles.
Iris abrió la boca para responder, pero ningún sonido salió. La cerró despacio, miró a Nara, luego a Kizara, y finalmente decidió no preguntar cómo demonios era posible que alguien —o algo— pudiera calcular cincuenta y tres futuros distintos con tanta precisión. Era demasiado grande para procesarlo de golpe.
El Viejo apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia adelante, con la mirada perdida en un punto indeterminado, pensativo. Muy pensativo. Arrugó la frente, y en sus ojos se reflejó la gravedad de lo que estaba escuchando.
—Esto... —murmuró, negando lentamente con la cabeza— ...esto ya no es información para exploradores, muchacha.
Kizara parpadeó, confundida.
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Editado: 23.06.2026