El viaje hasta el orfanato tomó gran parte de la mañana.
El deslizador antigravedad avanzaba suavemente, pero con precaución, sorteando pendientes empinadas y zonas cubiertas de maleza. A medida que se adentraban en el terreno, el paisaje cambiaba: las ruinas dispersas daban paso a una formación rocosa imponente, un gran risco de paredes escarpadas que se alzaba hacia el cielo, cubierto por un bosque denso y frondoso. Los árboles eran altos, con copas tan anchas y entrelazadas que formaban un techo natural casi continuo, por donde la luz del sol apenas lograba filtrarse en finos rayos dorados que atravesaban la penumbra. El aire olía a tierra húmeda, musgo y resina, y el silencio solo se rompía por el zumbido amortiguado del vehículo y el canto de aves que habían encontrado refugio lejos de las ciudades vigiladas.
Era un lugar difícil de hallar, oculto a simple vista, y precisamente por eso era seguro.
El deslizador iba cargado hasta su capacidad máxima: cajas de alimentos en conserva, paquetes de ropa reparada, herramientas, piezas de repuesto para los sistemas de filtración de agua y todo tipo de suministros que Kizara había conseguido negociar con mucho esfuerzo en el mercado negro.
—¿Era realmente necesario traer tanto volumen y peso? —preguntó Nara, con la mirada fija en los cálculos que procesaba en su mente, midiendo el consumo de energía y la estabilidad del vehículo en ese terreno irregular.
—Claro que sí —respondió Kizara mientras ajustaba el rumbo con cuidado—. Aquí viven más de treinta niños y varios adultos. Cada poco tiempo necesitan reposición de todo. Además, si llego con las manos vacías, el Padre Julián me dará un sermón de tres horas sobre responsabilidad, solidaridad y providencia. Y créeme, aquí no hay dónde esconderse para escapar.
Nara parpadeó levemente, evaluando la información con su lógica habitual.
—Probabilidad de supervivencia funcional tras tres horas de discurso continuo: sin datos registrados en mi base. Pero extrapolando el desgaste cognitivo que supone una exposición prolongada a información de baja utilidad práctica, se estima que el efecto es superior al de un enfrentamiento directo con una unidad de patrulla ligera.
Kizara soltó una risa baja, como si confirmara una verdad universal.
—Exacto. Es peor que enfrentarse a un dron. Mucho peor.
—Entendido. Dato clasificado como peligroso y a evitar en la medida de lo posible.
Cuando finalmente salieron de entre la espesura de los árboles, el edificio apareció ante ellos: construido en una abertura protegida del risco, con gruesos muros de piedra y hormigón que se fundían casi con la roca misma. Las ventanas eran pequeñas y orientadas hacia el interior, y el techo quedaba oculto por la vegetación que crecía sobre él. La luz que llegaba hasta allí era tenue y suave, filtrada por las hojas, creando una atmósfera fresca, tranquila y totalmente aislada del resto del mundo.
A pesar de todo lo que pasaba fuera, a pesar de la IA que vigilaba cada rincón conocido, aquel lugar seguía siendo un refugio seguro. Para Kizara, seguía siendo el único hogar que había conocido.
El zumbido del deslizador, aunque amortiguado por la vegetación, fue suficiente para alertar a todos mucho antes de que se detuvieran. En cuestión de segundos, la pesada puerta reforzada, disimulada entre la entrada de la gruta, se abrió con un chirrido familiar. Y casi de inmediato, una estampida de pasos rápidos y gritos alegres llenó el aire.
—¡¡¡KIZARAAA!!!
—¡¡La hermana mayor volvió!!
—¡¡Seguro que trajo cosas buenas!!
—¡¡Ahí está Nara!!
—¡¡Nara regresó también!!
Kizara apenas tuvo tiempo de apagar el motor y bajar de la plataforma antes de verse rodeada por media docena de pequeños, que se aferraban a sus ropas y la miraban con ojos brillantes incluso en esa luz tenue.
Mientras tanto, Nara ya había bajado de un salto y comenzaba a descargar cajas una por una, moviéndolas con una facilidad que no encajaba en su figura delgada y elegante. Su expresión permanecía inalterable, serena y concentrada, como si estuviera realizando una operación de precisión en un laboratorio, ignorando la humedad y la sombra que reinaban a su alrededor.
Los niños corrieron hacia ella también, con la intención de rodearla y preguntarle por sus viajes. Pero antes de que pudieran acercarse demasiado, Nara detuvo el movimiento de sus manos. Levantó la vista, y su mirada se fijó en un punto concreto entre la multitud, sin perderse entre las sombras.
Un niño.
El mismo niño.
El pequeño que semanas atrás había aprovechado un descuido para levantarle la falda y comprobar "de qué estaba hecha por dentro".
Nara caminó directamente hacia él, ignorando a los demás.
El niño, al notar esa atención exclusiva y esa mirada que no se desviaba, se detuvo en seco y esbozó una sonrisa nerviosa, dándose cuenta de que quizás aquel incidente no había quedado olvidado en la memoria del autómata.
—Hola, Nara —dijo con voz aguda y un poco temblorosa.
—Hola —respondió ella, parándose a escasos centímetros de distancia, con la misma calma de siempre.
—¿Cómo... cómo te va hoy?
—Funcionando dentro de los parámetros óptimos. No hay daños, ni desgaste, ni errores registrados.
—Eso... eso está muy bien. Y... ¿y...?
Antes de que pudiera terminar la frase, un movimiento rápido, preciso y silencioso. Un dedo índice golpeó suavemente, pero con firmeza en la parte superior de su cabeza.
Toc.
El gesto fue tan veloz que nadie más alcanzó a verlo claramente en esa luz difusa.
—¡AY! —gritó el niño, agarrándose la cabeza con ambas manos y saltando hacia atrás—. ¿¡Por qué hiciste eso!? ¡No me esperaba nada así!
Nara respondió con claridad, como si estuviera explicando un procedimiento de seguridad estándar.
—Medida preventiva de protección de integridad personal.
—¿Preventiva de qué cosa? ¡No he hecho nada todavía! ¡Ni siquiera he hablado de nada malo!
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Editado: 23.06.2026