La noche envolvía el bosque con un silencio inquietante, roto solo por el crujido lejano de ramas movidas por el viento. Era una oscuridad absoluta, donde cualquier cosa que se moviera pasaba desapercibida… salvo una sombra pálida que avanzaba con una gracia y una velocidad que desafiaban las leyes naturales.
Era Nara.
Su cuerpo no se deslizaba por el suelo, sino que saltaba con agilidad inhumana: de rama en rama, de roca en roca, apoyándose apenas una fracción de segundos antes de impulsarse hacia el siguiente punto. Sus pies no hacían ruido alguno; se movía como si flotara sobre la penumbra.
Mientras avanzaba, su mente procesaba información a una velocidad inimaginable.
[Búsqueda iniciada
Objetivo: Leo, varón, 11 años, firma biológica registrada.
Distancia estimada: 3.200 metros… Recalculando… Desviación por interferencias del terreno.]
Sus ojos brillaban con un tenue resplandor azulado, y sobre sus pupilas aparecían y desaparecían en milisegundos decenas de líneas de datos: frecuencia de sonidos, temperatura ambiental, corrientes de aire, composición del suelo y, lo más importante, el escaneo continuo de firmas térmicas y biológicas en un radio de dos kilómetros.
Todo se analizaba al mismo tiempo, sin errores, sin pausas.
Entonces, entre la maraña de ruinas y vegetación que cubría el paisaje, una señal clara y definida apareció en su visor.
[Objetivo localizado.
Distancia: 1.842 metros.
Estado: agitado, ritmo cardíaco elevado.]
Nara cambió de dirección en el aire sin perder impulso, girando su cuerpo con una facilidad asombrosa. Pero apenas tres segundos después, una nueva alerta parpadeó en rojo ante sus ojos.
[Seis firmas aéreas detectadas.
Altitud: entre 12 y 18 metros.
Velocidad de crucero: 45 km/h.
Clasificación: Drones de vigilancia Clase IV. Armamento ligero-medio. Capacidad de escaneo profundo.]
Sus movimientos no se detuvieron ni se hicieron más lentos. Al contrario, aumentó su velocidad hasta rozar los límites de su sistema de propulsión, reduciendo la distancia en cuestión de segundos.
—Análisis de trayectoria y comportamiento —murmuró para sí misma, procesando los datos de los sensores remotos.
A través de las cámaras de los propios aparatos, que interceptaba antes de que las imágenes llegaran a su destino, reconstruyó la escena en su mente: Leo corría entre los edificios derrumbados, mirando constantemente hacia atrás con el rostro lleno de miedo, sin saber que ya estaba siendo observado.
Los drones no disparaban. No se acercaban demasiado. Simplemente flotaban en formación, cubriendo sus movimientos, registrando cada paso, cada respiración, cada cambio de dirección.
—Protocolo de verificación de asentamientos —identificó Nara al instante. Era la rutina estándar: si un individuo aparecía en zona prohibida, la IA evaluaba si pertenecía a un grupo organizado o si estaba solo.
Mientras tanto, a cientos de kilómetros de allí, en el corazón de la inmensa Torre Central, millones de procesadores trabajaban al unísono dentro del Núcleo Principal. La IA Central recibía las imágenes en tiempo real y las analizaba con una frialdad absoluta.
Un niño. Solo. Desorientado. Sin mochila, sin armas, sin equipo de supervivencia. No había huellas de otros pasos, ni señales de calor cercanas, ni comunicaciones que llegaran a él.
[Procesando variables…
Probabilidad de pertenencia a un grupo organizado: 2,7%.
Probabilidad de ser un individuo aislado o abandonado: 94,8%.
En una fracción de segundo, la conclusión quedó registrada.
Amenaza descartada.
Categoría: residuo humano sin valor estratégico.
Orden emitida: proceder con eliminación inmediata.]
Los seis drones recibieron la orden al mismo tiempo. Sus motores ajustaron su potencia y en la parte inferior de cada uno, los cañones de energía comenzaron a cargarse, llenando el aire con un zumbido grave y constante que fue subiendo de tono.
Leo se había refugiado en el hueco de una pared de hormigón medio derrumbada, intentando ocultarse entre escombros y maleza seca. Levantó la cabeza con el corazón a punto de salírsele del pecho cuando escuchó ese sonido.
Frente a él, en la oscuridad, apareció una pequeña luz roja que parpadeaba con regularidad. Luego otra, y otra más, hasta que seis puntos luminosos flotaron en semicírculo a su alrededor, cerrándole cualquier posible salida.
El niño dio un paso atrás, chocando contra la pared.
—¿Qué… qué son ustedes? —susurró con voz temblorosa.
Las luces de los cañones se volvieron más intensas, adquiriendo un tono blanco-azulado que iluminó su rostro asustado. Iban a disparar.
Entonces, en ese instante exacto, una línea plateada cruzó la noche con una velocidad casi invisible para el ojo humano.
Un único movimiento. Silencioso. Preciso. Perfecto.
El primer dron quedó suspendido en el aire unos segundos, como si nada hubiera pasado. Luego, una fina línea de luz apareció en su centro, y su cuerpo se deslizó limpiamente en dos mitades exactas antes de caer al suelo con un estruendo metálico, explotando al romperse sus baterías.
La luz de la explosión iluminó todo el sector.
Leo abrió los ojos como platos, paralizado. Entre el humo y el polvo que se levantaba, vio una figura erguida. Cabello blanco que brillaba levemente bajo la luz de las estrellas, vestimenta oscura y en su mano derecha, una enorme hoz metálica de hoja ancha y curvada, que todavía vibraba por la fuerza del corte.
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Editado: 17.08.2026