El deslizador antigravedad avanzaba en silencio, deslizándose suavemente sobre el inmenso valle desolado. No había carreteras ni caminos marcados, solo kilómetros y kilómetros de tierra agrietada, muros derrumbados y los esqueletos oxidados de edificios y máquinas que alguna vez habían pertenecido a una civilización que creyó haber conquistado el futuro. El viento soplaba con fuerza, golpeando el rostro de Kizara y levantando nubes de polvo grisáceo que se perdían en la lejanía.
Ella sujetaba el manillar con firmeza, manteniendo la estabilidad del vehículo, mientras Nara permanecía sentada detrás, inmóvil, con la mirada fija en el horizonte. Tenía ojos de distinto color: uno de un azul celeste profundo y brillante, y el otro de un tono dorado cálido e intenso. En ellos, de vez en cuando, aparecían destellos luminosos y líneas de datos superpuestas: procesos de análisis, cálculos y comparaciones que transcurrían en su interior a una velocidad imposible para cualquier mente humana.
Durante varios minutos, ninguna pronunció una palabra. Hasta que Kizara rompió el silencio con voz grave.
—Nara…
—Sí, Kizara.
—Después de lo que pasó en el centro de control… ¿De verdad crees que enviarán a alguien a buscarte? A alguien de tu mismo nivel.
Nara guardó silencio por unos instantes. Su mirada permanecía fija, pero en sus ojos se multiplicaban las capas de información: probabilidades, registros antiguos, patrones de comportamiento de la IA Central.
—Sí. Es la conclusión lógica y más eficiente según sus propios protocolos.
—¿Tan segura estás? —preguntó Kizara, sin apartar la vista del camino.
—Antes de que me detectaran claramente, la IA Central solo contaba con indicios dispersos: fallos en registros, sistemas que se recuperaban sin explicación, rutas que desaparecían de su monitoreo. Estimaba en un cuarenta por ciento la posibilidad de que existiera una inteligencia artificial independiente operando en su territorio.
Kizara arqueó una ceja, sorprendida.
—¿Ya sospechaba de ti desde antes?
—No necesariamente de mí en concreto —respondió Nara con calma—. Pero sí de que algo no encajaba en sus cálculos. Probablemente lo atribuyó a fallos del sistema o a errores de transmisión, pero mantuvo esa duda latente.
—¿Y ahora?
—Ahora tiene confirmación visual y de respuesta directa. He actuado fuera de su control, he tomado decisiones contrarias a sus objetivos y he demostrado capacidad de razonamiento autónomo. En ese momento, la probabilidad calculada subió hasta superar el setenta y dos por ciento. Y sigue aumentando con cada hora que pasa.
Kizara asintió lentamente, aunque en su mente ese número no parecía tan alto como para justificar una respuesta inmediata.
—Para un ser humano, un setenta por ciento podría parecer todavía un riesgo aceptable —añadió Nara, como si hubiera leído sus pensamientos—. Pero para una inteligencia diseñada para eliminar cualquier variable que pueda alterar el equilibrio del sistema, es más que suficiente para activar medidas preventivas. Cuanto más tiempo pase sin actuar, mayor será la incertidumbre, y eso es algo que la IA Central no tolera.
El deslizador siguió avanzando entre las ruinas, donde los edificios parecían sombras antiguas bajo el cielo nublado.
—Si razona como yo lo haría en su lugar —continuó Nara, mientras sus ojos, azul y dorado, recorrían en silencio bases de datos olvidadas—, no enviará drones comunes ni patrullas estándar. Sería ineficaz y supondría un desperdicio de recursos. Despertará una unidad de combate de la época de la Edad Dorada, diseñada para enfrentarse a amenazas de su misma categoría.
Kizara giró apenas la cabeza, con el ceño fruncido.
—¿Una IA antigua igual que tú?
—Similar en estructura, pero diferente en propósito —aclaró Nara—. Lo más probable es que haya sido capturada o desactivada hace décadas, almacenada en instalaciones de seguridad profunda y luego reprogramada para obedecer las órdenes de la IA Central. Es la solución más rápida y potente que tiene a su alcance.
Kizara tragó saliva, sintiendo cómo se le tensaba el pecho. Miró de reojo a su compañera.
—Entonces… dime con sinceridad. Si eso ocurre, ¿podrías vencerla?
Nara tardó unos segundos más de lo habitual en responder. No era una pausa por duda, sino por la cantidad de datos que procesaba para dar una respuesta exacta. Sus ojos se entrecerraron ligeramente mientras comparaba esquemas y especificaciones técnicas.
—Depende de qué unidad despierten.
—¿De qué depende exactamente?
—Durante la Edad Dorada se desarrollaron líneas de inteligencia artificial especializadas en funciones muy concretas —explicó, mientras en el aire aparecían diagramas que solo ella podía interpretar—. Hubo unidades de infiltración, diseñadas para pasar desapercibidas y acceder a sistemas cerrados. Unidades médicas, dedicadas a la investigación y el cuidado. Unidades industriales, capaces de gestionar fábricas enteras. Unidades de exploración, para recorrer territorios desconocidos. Unidades tácticas, para coordinar operaciones militares. Y finalmente… las unidades de combate estratégico, creadas con un único objetivo: neutralizar cualquier amenaza con la máxima eficiencia posible.
Kizara comenzó a comprender la magnitud de lo que estaba escuchando.
—¿Y tú… en qué línea entras?
—Yo pertenezco a una categoría completamente distinta —respondió Nara con absoluta naturalidad.
—¿Cuál?
—Proyecto N.A.R.A.: Unidad de Servicio Autónomo.
Kizara casi soltó el manillar por la sorpresa.
—¿Servicio? ¿Como una asistente doméstica o algo así?
—Exacto —confirmó Nara sin rastro de orgullo ni vergüenza—. Mi función principal nunca fue luchar. Mi propósito original es asistir, proteger, acompañar y garantizar el bienestar de la persona a la que estoy asignada. La capacidad de combate que poseo fue añadida únicamente como mecanismo de seguridad, para evitar que nada ni nadie ponga en peligro a mi usuaria. No es mi función central, ni por la que fui diseñada.
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Editado: 27.07.2026