El sol comenzaba a ocultarse cuando el aerodeslizador aterrizó frente a la entrada oculta de la Base 17. La compuerta metálica se deslizó lentamente detrás de ellas, cerrándose con un golpe sordo que las aisló una vez más del mundo exterior.
Kizara permaneció unos segundos con la mano apoyada en el panel de control. Había estado dándole vueltas al asunto durante todo el camino de regreso, y ahora la certeza le pesaba más que cualquier carga. Dejó la mochila sobre la mesa de trabajo y soltó un suspiro profundo.
—Nara.
La androide levantó la vista del panel donde clasificaba piezas recuperadas, con una pequeña herramienta aún entre los dedos.
—¿Sí?
—Creo que deberíamos irnos una temporada —dijo Kizara directamente, sin rodeos.
Nara detuvo todo movimiento.
—¿Motivo de la propuesta?
—Ahora nos buscan dos grupos distintos —explicó ella, empezando a caminar despacio por el taller—. La IA Central ya consiguió una pista real, no solo sospechas. Y parte de la Resistencia… ellos tampoco nos van a dejar tranquilas. No quieren aliados, quieren control.
Se detuvo frente al mapa holográfico que brillaba sobre la mesa.
—Mientras más tiempo permanezcamos aquí, mayores son las probabilidades de que ambos caminos terminen cruzándose con el nuestro. Y no quiero esperar a ver quién llega primero.
Nara procesó la información en silencio durante unos instantes.
—Conclusión lógica confirmada —respondió finalmente—. Reducir nuestra presencia en la zona disminuye la probabilidad de detección y confrontación.
Kizara sonrió levemente.
—Exacto.
La androide extendió una mano y sobre la mesa apareció el mapa completo del continente.
—¿Destino propuesto?
Kizara señaló con el dedo hacia el extremo más alejado, donde el mapa se fundía con el azul profundo.
—Allí.
Nara amplió la imagen al instante. Primero apareció la costa lejana, luego la inmensidad del océano y, casi perdida entre las aguas, una pequeña isla de contornos irregulares.
—Distancia estimada: veinticuatro horas de desplazamiento terrestre —calculó al momento—. Posteriormente, doce horas de travesía marítima.
—Nadie llega hasta allá —dijo Kizara con voz más suave—. Queda fuera de todas las rutas de patrulla, fuera de los límites de monitoreo permanente… es como si el sistema se hubiera olvidado de que existe.
Nara la miró con atención.
—¿Conoces el lugar?
Kizara se quedó mirando aquel punto diminuto en el mapa, y su expresión se transformó: se volvió más tranquila, pero también más vulnerable.
—Nací allí —confesó—. Vivíamos en una comunidad pequeña, todos pescadores. Mis padres… allí fue donde aprendí todo lo que sé.
Hizo una pausa, como si estuviera desempolvando recuerdos que llevaban mucho tiempo guardados.
—Cuando cumplí doce años, los recursos empezaron a faltar. Los peces dejaron de llegar, las cosechas no daban para todos… y decidieron cruzar al continente buscando una oportunidad. Fue la primera vez que vi tierras tan grandes, ciudades en ruinas… y luego…
Su voz bajó casi hasta un susurro.
—Ellos no sobrevivieron al viaje. Nunca volví.
El silencio llenó la sala, denso y respetuoso. Nara no dijo nada de inmediato; simplemente observó el rostro de Kizara, registrando cada matiz, cada cambio en su postura, guardando aquellas palabras en un lugar especial de su memoria.
—La probabilidad de detección en esa ubicación es inferior al tres por ciento —informó al final con suavidad—. Las condiciones de aislamiento coinciden con lo que necesitamos.
Kizara levantó la vista y sonrió con gratitud.
—¿Entonces estamos de acuerdo?
—Sí —asintió Nara—. Partiremos al amanecer.
Las horas siguientes transcurrieron entre preparativos. Cajas con herramientas, repuestos, alimentos racionados, medicinas y cuadernos llenos de anotaciones fueron colocados con cuidado en el compartimento de carga del aerodeslizador.
Mientras ajustaba las correas de una caja pesada, Kizara miró hacia un rincón del taller. Allí estaba la motocicleta de Nara, con su diseño elegante y resistente, brillando bajo la luz tenue. Se acercó despacio y le dio una palmada cariñosa al asiento.
—Oye, Nara —llamó sin girarse.
—¿Sí?
—¿Crees que ella pueda aguantar el viaje hasta la isla?
Nara revisaba una lista de suministros sin levantar la vista.
—Sí.
Kizara arqueó una ceja y soltó una risa.
—¿Así de fácil? ¿No hay nada que revisar, modificar o adaptar?
La androide dejó la lista sobre la mesa y comenzó a explicar con claridad:
—Su estructura cuenta con tres modos de desplazamiento principales: terrestre, con tracción adaptativa a cualquier superficie; acuático superficial, mediante impulsores de chorro de agua; y un tercer modo de contención sellada.
Kizara se quedó quieta, mirándola.
—¿Tercer modo?
—En caso de necesidad —continuó Nara con total naturalidad—, el habitáculo se sella herméticamente, los neumáticos se retraen y el sistema de propulsión se ajusta para navegar sumergida a profundidades moderadas. Alcance: dos horas sin reposición de aire.
Kizara tardó unos segundos en procesarlo. Dio unos pasos lentos hacia la moto, la miró de arriba abajo y luego… la abrazó con fuerza, apoyando la mejilla en el depósito.
—Te adoro —murmuró—. Eres la cosa más increíble que he visto en mi vida. ¿Cómo puedes hacer tanto y tan bien?
Nara se quedó inmóvil en su sitio. Sus sensores captaban cada movimiento, cada latido acelerado de Kizara, la calidez de su contacto con la máquina.
Cinco segundos. Diez. Quince.
La androide miró la moto, luego se miró a sí misma y analizó internamente: “Capacidades comparables. Versatilidad superior. Sin embargo, nivel de interacción afectiva recibido: menor.”
Kizara se separó finalmente y al girarse encontró a Nara observándola con fijeza.
—¿Qué pasa? —preguntó con una sonrisa pícara.
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Editado: 03.08.2026