N.A.R.A

Capítulo 24: La isla de los olvidados

La vegetación era mucho más densa de lo que Kizara recordaba. Altos árboles cubrían casi por completo el cielo, dejando pasar solo pequeños haces de luz que iluminaban el suelo cubierto de hojas secas y musgo. El aire se sentía distinto: más húmedo, más limpio, y tras años respirando el polvo y la arena del desierto, aquel bosque parecía pertenecer a un mundo que ella ya creía perdido para siempre.

Kizara caminaba delante, apartando ramas con suavidad. Una sonrisa nostálgica se le dibujaba en el rostro a cada paso.

—Cuando era pequeña… venía muchas veces por aquí —murmuró acariciando la corteza de un tronco viejo—. Jugábamos a las escondidas, recogíamos frutos silvestres…

Nara avanzaba unos pasos detrás, escaneando todo sin descanso: temperatura, humedad, presencia de animales, rutas de escape y posibles puntos de riesgo.

—Allí conocí a una mujer llamada Mara —siguió contando Kizara—. No era familia de nadie, pero todos la sentíamos como una abuela. Cuando los adultos salían a pescar o a trabajar los cultivos, ella se quedaba con nosotros. Nos contaba historias de antes de la guerra, nos enseñaba a leer con libros desgastados… y si alguno se hacía una herida, siempre tenía la planta exacta para curarla.

—Función: cuidadora comunitaria y transmisora de conocimientos —registró Nara.

—Sí… eso era —asintió Kizara con una mezcla de alegría y temor—. Espero que todavía esté aquí.

Tan absorta estaba en sus recuerdos que no miró el suelo.

Click.

Un sonido metálico, breve y seco.

Kizara bajó la mirada de golpe: había pisado una placa de acero oculta bajo las hojas.

Antes de que pudiera reaccionar…

¡¡FUUUUSHHH!!

Una bengala salió disparada hacia el cielo y estalló con fuerza.

¡¡BANG!!

Una luz roja intensa tiñó todo el bosque de aquel color.

—…Genial —suspiró Kizara cerrando los ojos.

Nara ya tenía la vista fija en distintas direcciones.

—Movimiento detectado: cinco firmas humanas. Distancia: ochocientos metros. Velocidad: alta. Se dirigen hacia nosotras.

—Nos encontraron —dijo la joven.

—Recomendación: retirada inmediata —propuso Nara.

Kizara negó con la cabeza.

—Si huimos ahora, confirmaremos que somos enemigos.

—Probabilidad de enfrentamiento: sesenta y siete por ciento —calculó la androide.

—Lo sé —respondió Kizara respirando hondo—. Pero si quiero volver a ser parte de este lugar, no puedo empezar huyendo.

Nara guardó silencio un instante y asintió: la decisión de su usuaria tenía prioridad.

Pronto las ramas empezaron a moverse con brusquedad. Cinco figuras emergieron entre la espesura: vestían ropa reforzada con placas de metal, llevaban armas de fabricación artesanal y máscaras que les cubrían todo el rostro. En cuanto las vieron, apuntaron sin dudar.

—¡No se muevan! —ordenó uno con voz grave.

Kizara levantó lentamente ambas manos.

—Tranquilos… no venimos a pelear.

—No las conocemos —replicó el que parecía ser el líder—. Y en este lugar, lo desconocido es peligroso.

—Den media vuelta y abandonen la isla —añadió otro.

—Esperen —pidió Kizara—. Yo nací aquí. Me llamo Kizara. Conozco cada sendero, cada playa…

—No nos interesa —la interrumpieron—. Y esa cosa que te acompaña… jamás hemos visto tecnología así.

Todos apuntaron ahora hacia Nara.

—Ella no trabaja para la IA Central —defendió a la androide—. Está conmigo.

—Eso es exactamente lo que diría cualquier espía —replicó el líder, apretando el gatillo—. Última advertencia: váyanse o disparamos.

Nara no se movió ni un milímetro, pero en su interior el protocolo de protección se activó al máximo. Mientras Kizara intentaba razonar, millones de nanomáquinas minúsculas comenzaron a salir silenciosamente de su cuerpo, deslizándose por la hierba y las raíces sin hacer el menor ruido.

—Por favor… —insistió Kizara— solo quiero ver si queda alguien que conozco…

—¡Basta! —gritó el hombre.

En ese instante, los ojos de Nara brillaron suavemente en azul.

—Amenaza directa confirmada.

¡¡FSSSHH!!

Cinco cables metálicos surgieron del suelo como serpientes. Antes de que cualquiera pudiera pestañear, rodearon brazos, cuerpos y armas.

—¿¡Qué…!?

¡¡WHOOSH!!

Los cinco fueron levantados al mismo tiempo. Sus armas se soltaron y salieron despedidas lejos, mientras las cuerdas de nanotecnología los elevaban hasta quedar colgados boca abajo de las ramas más altas.

—¡¡Suéltennos!! —gritaron, retorciéndose en vano—. ¡¡¿Qué clase de monstruo eres?!!

Las cadenas se endurecieron como acero macizo; no había forma de soltarse.

Kizara se llevó una mano a la frente, horrorizada.

—¡Nara! ¡No era necesario llegar a esto!

—Ningún daño permanente ha sido causado —respondió ella con total calma—. Cinco armas apuntaban hacia ti. Mi programación establece que esa situación es inaceptable.

Los hombres dejaron de forcejear. No era el miedo a estar colgados… era la comprensión repentina: si ella hubiera querido hacerles daño, ninguno habría tenido tiempo ni de respirar. Aquella no era una máquina al servicio de nadie… era una guardiana que solo obedecía a una persona.

Y esa persona era Kizara.

En el corazón de la isla, la pequeña comunidad seguía con su rutina: unos reparaban redes de pesca junto a la orilla, otros cuidaban los cultivos que crecían protegidos cerca de la inmensa cueva del acantilado, y los niños corrían entre las chozas de madera mientras los vigías recorrían los alrededores.

Hasta que uno de ellos detuvo su paso y miró fijamente el sendero principal.

—¿Ya volvieron?

Todos se giraron.

Lo que vieron dejó a la aldea en absoluto silencio.

Los cinco vigías avanzaban entre los árboles… colgados boca abajo, sostenidos por finos cables metálicos que parecían obedecer a una voluntad propia.

—¡¡Bájenos de aquí!! —gritó uno—. ¡¡Nos vamos a marear!!




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