N.A.R.A

Capítulo 25: una Autómata demasiado eficiente

El sol caía sobre el océano tiñendo las olas de un dorado profundo. Desde lo alto del acantilado, el mar parecía una inmensa lámina de oro y azul, que se rompía con estruendo contra las rocas muchos metros más abajo. El aire traía el olor a sal y bruma, y el viento soplaba con fuerza suficiente para alborotar el cabello de todos los que estaban allí reunidos.

La noticia del regreso de Kizara había transformado por completo el ánimo de la isla. Desde el amanecer no se había dejado de trabajar: se preparaban fogones, se limpiaban los espacios alrededor de la gran cueva, y se hablaba en voz baja de aquellos padres que no habían regresado, pero cuyo recuerdo seguía vivo en cada rincón. Aquella celebración era alegría y también despedida, gratitud y memoria.

Antes de que cayera la noche, sin embargo, hacía falta comida. Por eso Kizara había bajado hasta el saliente rocoso junto a los pescadores, para probar las cañas nuevas que habían traído. Nara caminaba a su lado, observando todo con la misma atención que siempre.

Allí, sentados cerca del borde del acantilado, con las cañas tendidas sobre el agua, esperaban. Cuando el primero consiguió sacar un pez, todos aplaudieron satisfechos. Pero Nara permanecía de pie, con la mirada fija en el pequeño recipiente donde depositaban las capturas. Su mente procesaba cifras, ritmos, rendimiento… y encontraba que aquello no era suficiente.

—¿Por qué utilizan este método? —preguntó de pronto.

Kizara la miró sin comprender.

—¿Qué quieres decir?

—La pesca con cañas, una por una —explicó Nara señalando el mar—. La cantidad obtenida es demasiado reducida. No alcanzaría para alimentar a ciento veintisiete personas.

Uno de los pescadores soltó una risa amarga.

—Es lo que podemos hacer. Las redes grandes se rompieron hace años, y no tenemos material para tejer otras.

—¿Y por qué no capturan ejemplares de mayor tamaño? —insistió ella.

Kizara suspiró.

—Porque no es tan sencillo, Nara. Los peces grandes tienen mucha fuerza. Si algo demasiado fuerte tira de la caña, esta se romperá antes de que podamos sacarlo del agua. Incluso estas nuevas tienen su límite.

Nara guardó silencio. Sus ojos brillaron levemente mientras sus sensores recorrían la superficie del mar: temperatura, salinidad, profundidad, composición de las corrientes… y algo más.

—Detectado ejemplar de gran tamaño —dijo con voz tranquila—. Especie: pez espada. Longitud estimada: dos metros treinta centímetros. Posición: a ciento veinte metros de la costa. Se dirige hacia aquí.

Todos la miraron confundidos.

—¿Y qué propones? —preguntó Kizara.

Nara no respondió. Simplemente caminó hasta el borde del acantilado. Varios metros más abajo, las olas golpeaban con fuerza contra las rocas afiladas.

—Nara… —empezó a decir Kizara, dando un paso hacia ella—. ¿Qué vas a hacer?

La androide se giró apenas la cabeza.

—Optimizar la obtención de alimento.

Y sin más, se lanzó al vacío.

—¡¡NARA!!

El grito de Kizara se mezcló con el estruendo del mar. Nara cayó recta, como una flecha, sin intentar frenar ni abrir nada que la sostuviera. Desapareció en la espuma con un chapoteo profundo.

Durante lo que pareció una eternidad, nada se movió. Solo el vaivén de las olas y el viento que aullaba entre las rocas. Kizara se asomó al borde con el corazón latiéndole desbocado. Los pescadores se pusieron de pie, alarmados, preparándose para bajar y buscarla.

—¡Allí! —gritó uno señalando el agua.

Debajo de la superficie, una sombra inmensa se movía con velocidad inusitada. El agua comenzó a removerse con violencia, como si algo enorme estuviera luchando contra una fuerza invisible.

Entonces estalló la superficie.

Un cuerpo alargado, brillante y poderoso se elevó por encima de las olas. Era un pez espada gigantesco, de más de dos metros, con su característica espada apuntando hacia adelante y sus aletas desplegadas en toda su envergadura. Y agarrada con firmeza a la base de su aleta dorsal… estaba Nara.

Se había aferrado a él en el momento exacto en que emergió, sosteniéndose con una fuerza que no parecía posible en unas manos tan delgadas.

El pez volvió a caer al agua con estruendo, y comenzó a nadar con furia, arrastrándola consigo. Se sumergió hondo, giró bruscamente, se elevó de nuevo intentando sacudírsela… pero Nara no se soltaba. Sus pies apenas rozaban la cresta de las olas; su ropa empapada se pegaba al cuerpo; el viento y el agua azotaban su rostro… y sin embargo, su expresión no cambiaba. Ni un gesto de esfuerzo, ni una mueca de dolor. Solo mantenía la mirada fija y la mano cerrada con una fuerza absoluta.

—¡Está loca! —alcanzó a decir uno de los pescadores, con la boca abierta.

—¡No lo suelta! —exclamó otro—. ¡El pez la está arrastrando!

El animal luchaba con toda su fuerza. Sacudía el cuerpo, se sumergía, cambiaba de dirección en cada instante, buscando deshacerse de aquella carga imposible. Pero Nara se adaptaba a cada movimiento: cuando el pez se hundía, ella se dejaba llevar sin oponer resistencia brusca; cuando giraba, su cuerpo seguía el giro como si formara parte del suyo; cuando saltaba, ella se tensaba solo lo necesario para no ser lanzada lejos. Leía cada sacudida, predecía cada dirección, soportaba la presión del agua y la velocidad creciente… y esperaba.

Minutos que parecieron horas transcurrieron así. El mar se encrespaba alrededor de ambos. La espuma blanca los envolvía una y otra vez. Poco a poco, sin embargo, los movimientos del pez se volvieron más lentos, menos bruscos. Su velocidad disminuía. La fuerza que lo impulsaba empezaba a agotarse. Nara, en cambio, seguía igual: respiración constante, pulso imperturbable, agarre firme y calculado.

—Resistencia física considerable —comentó en voz alta, como si estuviera anotando un dato cualquiera.

El pez hizo un último esfuerzo desesperado, saltando con violencia fuera del agua. Fue entonces cuando Nara actuó. Con un movimiento rápido y preciso, pasó la otra mano a su espalda y se impulsó hacia arriba.




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