Kizara regresó a la pequeña cabaña después de caminar con la Abuela Mira. El bullicio del campamento llegaba hasta allí claro y alegre: voces que organizaban la comida, risas de niños que corrían, el sonido de madera y utensilios que se acomodaban para la celebración.
Pero al entrar, todo quedó en silencio.
Nara estaba sentada tranquilamente junto a la pared. Ya no llevaba su impecable uniforme de doncella. Las mujeres lo habían lavado y puesto a secar junto al resto de sus prendas empapadas; en su lugar, le habían conseguido una vestimenta sencilla, la que usaban las mujeres de la isla para trabajar cada día.
Una camisa de tela clara, una falda larga que caía suavemente hasta los tobillos, y prendas ligeras que protegían del viento. Nada especial, nada adornado… y sin embargo, puesta sobre ella, todo parecía distinto. Su cabello blanco caía sobre la tela sencilla con un contraste hermoso y sereno. No había seda ni bordados, pero la belleza natural de la joven hacía que destacara en cualquier lugar, como si la luz misma se detuviera un instante sobre ella.
Kizara se quedó mirándola unos segundos sin decir nada.
Nara levantó la cabeza.
—Has regresado.
—Sí.
Kizara cerró la puerta tras de sí y avanzó despacio. Las palabras de Mira no dejaban de resonar en su mente: ¿Qué sentirías si mañana Nara desapareciera de tu vida para siempre? Había intentado dejar de pensar en ello durante el camino. No lo había logrado.
—Te ves diferente —dijo finalmente, rompiendo el silencio.
Nara miró hacia abajo, examinando su propia ropa con curiosidad.
—Es cómoda.
Se levantó y giró suavemente sobre sí misma, como si estuviera evaluando cada detalle.
—Sin embargo, considero que reduce mi estatus como tu doncella. Mi vestimenta anterior comunicaba mi función de forma mucho más clara.
Kizara soltó una pequeña risa.
—¿Tu estatus? Nara… no necesitas demostrarle a todo el mundo nada. No tienes que vestirte de cierta forma para saber qué lugar ocupas aquí.
—Pero esa es mi función —respondió ella con naturalidad.
—Ya lo sé —Kizara sonrió con ternura—. Además, tu traje estaba empapado. Tenías que cambiarte sí o sí.
—Las mujeres de esta comunidad me informaron de ello —asintió Nara—. Debo esperar a que esté completamente seco antes de volver a usarlo. He comprendido el razonamiento.
—Exactamente.
Kizara se sentó en una silla pequeña y de madera. Nara permaneció de pie frente a ella, tranquila y serena como siempre. Parecía que la conversación había terminado… pero Kizara no podía dejar de pensar, de preguntarse, de buscar respuestas dentro de sí misma.
Entonces levantó la mirada.
—Nara.
—¿Sí?
—Quiero preguntarte algo.
—Puedes hacerlo.
Kizara respiró hondo. Era una pregunta sencilla. Al menos parecía serlo.
—¿Qué piensas de mí? Qué soy para ti.
Nara se quedó inmóvil. Sus ojos la observaron fijamente, y por primera vez Kizara tuvo la certeza de que no estaba recuperando una respuesta guardada, sino que estaba construyéndola, pensándola, sopesándola palabra por palabra.
Tras unos segundos, respondió con voz clara y serena:
—Eres aquello que le da sentido a mi existencia.
Kizara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué…?
—Mi programación me indica que debo servirte, protegerte, cuidar de tu seguridad y asegurar tu bienestar. Mientras tú estés, tengo una razón para seguir adelante. Si tú no estuvieras… si algo te ocurriera… entonces mi razón de existir dejaría de tener sentido.
Kizara sintió un peso dulce y doloroso a la vez en el pecho. Es su programación, se dijo a sí misma. Eso es todo. Fue diseñada para servir a alguien. Si otra persona la hubiera despertado, habría dicho exactamente lo mismo.
—Entonces… —dijo Kizara intentando mantener la voz firme— si tu dueña hubiera sido otra persona, ¿le dirías exactamente lo mismo a ella?
Nara respondió al instante, sin dudarlo ni un segundo.
—No.
Kizara parpadeó, sorprendida.
—¿No?
—No.
—Pero… acabas de decir que tu función es servir a tu usuaria. Si hubiera sido otra…
—Es correcto —la interrumpió Nara suavemente—. Si otra persona me hubiera despertado, mi programación la habría reconocido como mi usuaria. La habría protegido. Habría cumplido cada una de sus órdenes. Pero no habría aprendido lo mismo.
Kizara guardó silencio.
—Todo lo que he vivido contigo, todo lo que he aprendido a tu lado… forma parte de mí ahora —continuó Nara—. Y no quiero eliminarlo.
—¿Por qué? —susurró Kizara.
—Porque esos conocimientos son importantes para mí.
Kizara sintió que aquellas palabras eran distintas. No dijo importantes para mi función. No dijo importantes para mi misión. Dijo simplemente… importantes para mí.
—Si pudiera reiniciarme, borrar todo y empezar de nuevo con otra persona, podría hacerlo —explicó Nara—. Mi programación no me lo impediría. Pero no quiero hacerlo.
—¿Por qué? —volvió a preguntar Kizara, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.
Nara respondió con la misma calma absoluta, como si estuviera diciendo lo más obvio del mundo.
—Porque prefiero estar contigo.
Kizara se quedó sin palabras.
—Mi deber sigue siendo servirte —añadió Nara—. Eso no ha cambiado. Pero también se me permite aprender. Y todo lo que he aprendido contigo ha cambiado mis prioridades.
—¿Tus prioridades?
—Sí.
Nara dio un pequeño paso hacia ella. Sus ojos claros se encontraron con los de Kizara.
—Si pudiera elegir… elegiría estar siempre al lado de Kizara.
El silencio llenó la pequeña cabaña. Kizara había esperado una respuesta fría, lógica, algo que empezara por mi programación indica que…. Pero Nara acababa de darle algo mucho más valioso: una elección.
Kizara apartó la mirada, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas.
—Eres realmente complicada… —susurró con una media sonrisa.
#7015 en Fantasía
#7267 en Otros
#1009 en Aventura
aventura accion drama, aventura ciencia y ficcion, post-apocaliptica
Editado: 14.09.2026