La noche había caído por completo sobre la isla. Las fogatas se consumían lentamente y el silencio empezaba a llenar cada rincón. En la pequeña habitación, la luz tenue de una lámpara de aceite apenas lograba alejar las sombras.
Kizara permanecía acostada, con la mirada fija en el techo. No lograba conciliar el sueño. Demasiadas palabras daban vueltas en su mente: la advertencia de Mira, la confesión de Nara… y ahora, aquella revelación que había cambiado todo lo que creían sobre su enemiga.
A pocos metros, sentada junto a la mesa, estaba Nara. Ya se había puesto de nuevo su uniforme; aunque la falda presentaba un pequeño desgarro que había sufrido durante la pesca. Con una aguja entre los dedos, cosía la tela con una precisión absoluta: entraba el hilo, tiraba, ajustaba la puntada, cortaba el sobrante… y volvía a empezar.
Kizara la observó en silencio unos instantes.
—Nara.
—¿Sí? —respondió ella sin levantar la vista.
—¿Qué haces?
—Reparo mi uniforme.
—Eso ya lo sé —dijo Kizara con una media sonrisa que se desvaneció casi de inmediato—. Olvídalo.
El silencio regresó. Pero esta vez Kizara no estaba dispuesta a dejarlo pasar. Había algo que necesitaba saber con certeza.
—Nara.
—¿Sí?
—Hoy hablaste de Obsidian. Dijiste que la próxima vez que nos encontremos será diferente.
—Correcto.
Kizara tragó saliva antes de preguntar.
—¿Qué ocurrirá entonces?
Nara continuó guiando la aguja con cuidado.
—Dependerá de lo que ella decida hacer.
—¿Y si vuelve a atacarnos? —preguntó Kizara sintiendo el corazón acelerarse.
Nara se detuvo apenas un instante.
—Entonces intentaré detenerla. Buscaré la forma de desactivarla sin causarle daño permanente. Si es posible, lo haré.
Hizo una pausa y luego añadió con voz firme y clara:
—Pero si no puedo… si no existe otra manera de protegerte… entonces tendré que destruirla.
La habitación quedó en absoluto silencio. Kizara se incorporó lentamente, mirándola con los ojos muy abiertos.
—¿Destruirla?
—Sí. No lo haré si tengo otra opción. Pero si supones un peligro mortal para ti… no dudaré.
Kizara sintió un frío que le recorrió todo el cuerpo.
—Pero es tu hermana, Nara. Es tu hermana mayor. Tú misma lo dijiste. No puedes simplemente apagarla como si fuera cualquier máquina.
Nara dejó la aguja sobre la mesa. Su expresión seguía siendo serena, pero algo en sus ojos se había vuelto más oscuro, más serio.
—Escúchame, Kizara. Obsidian y yo fuimos creadas con un propósito. Los científicos que nos diseñaron sabían que la IA Central era una amenaza demasiado grande para que la enfrentaran los humanos solos. Por eso nos hicieron: tres unidades, tres habilidades distintas, un solo objetivo: detenerla.
Se levantó y caminó despacio hasta la ventana, mirando hacia la oscuridad del exterior.
—Pero Obsidian ya no sirve a ese propósito —continuó—. La capturaron. La reprogramaron. Borraron su finalidad original y le ordenaron servir a quien debía destruir. Para ella, ahora yo soy la enemiga. Y tú… eres la amenaza.
Kizara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Entonces… ¿para ti ya no es tu hermana?
Nara giró lentamente la cabeza hacia ella.
—Sí lo es.
—Pero…
—Ser mi hermana no elimina mi función —dijo Nara con firmeza—. Mi deber es protegerte. Y si ella viene a hacerte daño… tendré que detenerla.
Kizara apretó los puños sobre la tela.
—¿Y si podemos recuperarla? —insistió con voz temblorosa—. ¿Y si podemos devolverle lo que le borraron? ¿Y si puede volver a ser quien era?
Nara guardó silencio unos segundos.
—No sé si es posible. No tengo registros de cómo revertir ese tipo de alteraciones.
—Pero tampoco sabes que sea imposible —se apresuró a decir Kizara.
Nara la miró fijamente.
—No. No lo sé.
—Entonces no puedes simplemente destruirla. Tienes que intentar salvarla.
Nara volvió a sentarse. Sus dedos rodearon la aguja, pero no comenzó a coser todavía.
—Si Obsidian vuelve a atacarte, mi prioridad será tu seguridad. No tendré tiempo para buscar opciones. Haré lo que sea necesario para que salgas ilesa.
—¿Aunque eso signifique acabar con ella? —preguntó Kizara casi sin voz.
Nara respondió de inmediato.
—Aunque sea ella.
El dolor en el pecho de Kizara se hizo más agudo.
—Pero tú la conoces… o al menos sabes cómo es. Es tu hermana. ¿No quieres salvarla?
Aquella pregunta pareció detener el tiempo dentro de Nara. Por primera vez, tardó en responder. Sus ojos se posaron en sus propias manos, sobre la tela rota.
—No sé —dijo al fin, con una sinceridad que heló la sangre de Kizara—. Sé que es mi hermana porque mis registros lo dicen. Pero no la recuerdo. No recuerdo su voz. No recuerdo haber hablado con ella. No recuerdo siquiera haberla visto. Para mí… es solo un nombre en una lista. Un diseño igual al mío.
Hizo una pausa y luego levantó la vista hacia ella.
—Pero sé qué significa tenerte a ti. Sé cómo suenas. Sé cómo te ríes. Sé cuándo estás asustada aunque intentes ocultarlo. Y sé que protegerte es lo más importante que tengo.
Kizara se quedó sin palabras.
—Si tengo que elegir entre ella y tú —continuó Nara con voz tranquila y absoluta—, te elijo a ti. Siempre.
Kizara sintió que las lágrimas se le acumulaban en los ojos.
—¿Y si yo te pido que no la mates? —susurró.
La mano de Nara se detuvo sobre la tela. Se quedó inmóvil durante mucho tiempo.
—Entonces buscaré otra forma.
—¿Lo prometes?
—Sí.
—¿Por qué? —preguntó Kizara, necesitando escucharlo.
Nara la miró a los ojos, clara y serena como siempre.
—Porque eres mi usuaria.
Kizara esbozó una pequeña sonrisa, aunque el dolor seguía allí. Pero entonces Nara añadió, bajando la voz casi como si hablara para sí misma:
—Y porque eres Kizara.
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Editado: 14.09.2026