Narel

Capítulo 8

17 días antes del secuestro.

Alexander Ferrer

—Cariño, por favor… —acuno su rostro entre mis manos y la miro directo a los ojos— ya paso, todo está bien, pero necesito que regreses aquí, conmigo. —suplico.

Al decir lo último, puedo observar cómo sus ojos se llenan de lágrimas que comienzan a adornar sus mejillas.

—Era… era… —murmura con la voz entrecortada.

Shhh, deja de pensar en eso… ya pasó. —la pego a mi mientras le acaricio el cabello.

Escucho en silencio su llanto incontrolable, quiero que deje de llorar, pero no puede quedarse con eso dentro, necesita sacarlo.

Y no será fácil.

Comienzo por pensar sobre, ¿En qué momento sucedió esto? ¿Cómo es que llegamos a esta parte de nuestras vidas? Hace dos meses todo estaba bien, o a mis ojos parecía estarlo, ahora no sé qué hare.

Para otras personas, ver un animal muerto es algo normal, pero en estado de descomposición, con todos sus órganos colgando de este, ver los gusanos…

—Princesa, estoy aquí…

—No me dejes, por favor… —suplica llorando.

—Claro que no lo hare, ni hoy, ni mañana, nunca me alejare de ti. Eres lo más preciado que tengo, eres lo que me faltaba, eres el corazón de este pobre cuerpo, toda tu eres mi razón de vivir. —menciono mientras le doy un cálido beso en la frente.

—Vas a estar conmigo pase lo que pase, ¿cierto?

—Pase lo que pase, prometo no dejarte. —tras largos minutos de silencio, su respiración es tranquila, y cuando verifico que se ha dormido, bajo a la sala atestada de más agentes.

¿Cuánto estrés más falta?

🍼🧸

16 días antes del secuestro.

No sabes lo mucho que te esperamos.

Es pasada la media noche cuando siento como alguien jala mi mano y hace que me despierte.

—Alex… he roto fuente. —dice Bárbara con la voz quebrada.

—¿Q-qué…? ¿Cómo que has roto…?

—Si, nuestra hija ya quiere conocerte. ¡Ah!

Comienzo a procesar sus palabras porque, se supone que aún falta para que nuestra hija nazca, ¿Cómo es posible que…?

—¡Alex! Me está doliendo bastante. —el grito de mi esposa me trae de vuelta y es cuando reaccionó.

—Has roto fuente…

—¿Como crees…? No pude ir al baño a tiempo y… ¡Ah! —se encoje sosteniendo su vientre —Alex… ¡Llévame al hospital!

—C-claro, el hospital.

La tomo de inmediato en mis brazos mientras me cuelgo la pañalera y le grito a Stefan que traiga el coche para que nos lleve al hospital más cercano.

—¡Ah!... No puedo, me duele bastante. —llora sosteniendo mi brazo.

—Claro que, si puedes, eres la mujer más valiente que he conocido, no te rindas amor, sé que podrás.

—Es que me duele mucho… me está desgarrando. —llora.

—Ya casi llegamos, Julieta nos estará esperando ya con todo el personal médico… —menciono a medida que salimos de casa.

—No quiero que sea cesárea… no por favor —pide entre lágrimas.

—Tranquila amor, todo saldrá bien… —murmuró mientras llevo mi celular a la oreja— Julieta, mi hija ya viene en camino.

Habíamos hablado sobre esto hace ya tiempo, pero la oportunidad de que fuera parto normal era casi imposible, debido a lo estrecha que esta, e iba a ser riesgosos tanto para ella y para nuestra hija.

También porque, Bárbara es alérgica a la anestesia y puede correr riesgo de que agarre anafilaxia

Hicimos todos los ejercicios recomendados para ver si podía ser parto natural, pero mirando la situación, lo más seguro es que sea cesárea.

En todo el camino hacia la clínica, no dejaba de ver el rostro contraído de dolor de mi mujer.

Cuando llegamos a la clínica, nos están esperando con una camilla en la entrada, Julieta comienza a revisar la presión de Bárbara, quien, con una sola mirada, confirma nuestro mayor miedo: cesárea.

Las lágrimas comienzan a bajar con más intensidad al ritmo en el que vamos directo al quirófano, en donde comienzan a prepararla para la operación, a mí me llevan a otra habitación para que pueda ponerme la bata quirúrgica y pueda entrar sin problema alguno.

El corazón me está latiendo a mil por hora, siento una fina capa de sudor adornar mi rostro, las manos las tengo entumecidas, todo mi yo esta tenso, el miedo es tan abrumador, que no podría entrar en una habitación, mi respiración comienza a fallar en el momento al que me adentro y encuentro a mi esposa de vida y alma, con un respirador artificial mientras le ponen la anestesia.

Me acerco a ella con pasos lentos, esperando encontrarla dormida, pero no, esta despierta, y en sus ojos el miedo se refleja, y antes de que pueda cerrar sus ojos, un pequeño susurro casi inaudible se escucha:
—Prométeme, que estarás con nuestra hija, pase lo que pase, y que en ella me veras si llegó a faltar… promételo. —pide con lágrimas en los ojos.

—No puedo hacer esa promesa porque estarás con nosotros, cuando despiertes, la tendrás en tus brazos y al mismo tiempo, tendrás todo mi ser a tu disposición, porque estaremos juntos el resto demuestras vidas, y en cada una de ellas estarás ahí para decirme lo mucho que me detestabas por haberte asustado aquel día —reímos entre lágrimas—, porque aún nos falta ver a nuestra hija crecer, llevarla al kínder, estar en sus pequeñas travesuras, aun te falta publicar cada una de tus historias, cada risa, cada te amo, te falta plasmar nuestra vida en tinta y papel, te falta estar conmigo en esta vida y en las demás, por eso no te prometo nada porque sé que estarás aquí conmigo, sé que no me dejaras, por eso te pido, te suplico… quédate conmigo. —menciono mientras una lagrima recorre mi rostro al mismo tiempo en el que sus labios dejan salir un: te amo y cierra sus ojos.

Y esa es la señal que los doctores toman para comenzar con la cesárea.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.