La tarde caía sobre el territorio Luterano, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras, una delicada silueta se encontraba encaramada en la rama más alta de un viejo roble, su figura pequeña completamente envuelta en una capa oscura que ocultaba cada centímetro de su cuerpo, solo sus manos, diminutas y pálidas se asomaban ocasionalmente cuando ajustaba su posición en la rama o se ajustaba la capucha que cubría su rostro, dejando solo a la vista sus ojos. Trece años; era su edad, aunque los recuerdos de una infancia normal se habían borrado hace mucho tiempo, reemplazados por años de entrenamiento brutal, dolor constante y órdenes precisas.
El viento soplaba con fuerza, meciendo las hojas del árbol y arrastrando consigo el olor salado del océano cercano y el aroma a tierra húmeda. Había viajado durante días, cruzando fronteras invisibles que separaban las distintas facciones de la iglesia; nadie la había detenido, nadie la había visto, así era como debía ser.
Desde su posición elevada, tenía una vista perfecta del valle, a lo lejos, iluminado por la luz dorada del atardecer, se alzaba el Claustro de Batalla del territorio Luterano, sus torres góticas se elevaban hacia el cielo como dedos acusadores y sus muros de piedra blanca brillaban con un resplandor casi celestial bajo los últimos rayos del sol.
"Está ahí" pensó. "El demonio de ojos rojos. El hijo del adversario".
Las palabras del Ris-Cardenal Philippe resonaron en su mente como un eco constante, sabía que no debía fallar, no podía hacerlo, pero había un problema; el Claustro era un lugar fuertemente custodiado, repleto de Arcontes experimentados y cadetes en entrenamiento, entrar allí de forma directa sería un suicidio, incluso para alguien con sus habilidades, necesitaba confirmar que su objetivo estaba realmente dentro de esos muros… Necesitaba usar sus ojos.
Se llevó una mano temblorosa al rostro oculto bajo la capucha y un escalofrío de miedo recorrió su columna vertebral, "hazlo rápido," se dijo, "solo un vistazo para confirmarlo". Respiró profundamente, cerró los ojos con fuerza, luego, canalizo su Nasham hacia ellos, al principio fue solo calor incómodo, como una vela encendida demasiado cerca de su rostro, pero entonces comenzó...
Dolor… Como si mil agujas al rojo vivo se clavaran simultáneamente en sus ojos, un grito ahogado escapó de sus labios mientras apretaba los dientes con fuerza, sus manos temblaban violentamente. Lágrimas de sangre comenzaron a brotar de sus ojos cerrados, deslizándose por sus mejillas pálidas y manchando la tela de su capucha, sin embargo, tenía que resistir, abrió los ojos lentamente y el mundo se transformó.
Su visión se extendió más allá de lo humanamente posible, las distancias se comprimieron y lo que antes era un borrón lejano ahora era nítido y claro, podía ver a través de las paredes del Claustro, distinguir las formas de cientos de cadetes moviéndose por los pasillos, observar el resplandor de sus energías espirituales como luces parpadeantes en la oscuridad, pero ninguno de ellos era lo que buscaba.
Movió su mirada con desesperación, el dolor intensificándose con cada segundo que pasaba, sus ojos parecían arder desde adentro, como si estuvieran siendo consumidos por un fuego invisible, más lágrimas de sangre cayeron, formando pequeños charcos oscuros…Y entonces, lo encontró.
En una de las habitaciones del claustro, había una presencia diferente, una energía espiritual oscura, densa y poderosa, como una sombra viviente en medio de todas las luces brillantes que la rodeaban, negra como el abismo profundo, con vetas rojas que pulsaban al ritmo de un corazón.
"Ahí está" pensó, sintiendo una mezcla de triunfo y alivio. "El demonio".
Pero entonces algo inesperado sucedió, mientras observaba esa energía oscura sintió una sensación extraña; no era repulsión, tampoco el miedo que esperaba sentir al encontrar una criatura infernal... Era... ¿Calidez?
La energía oscura de Azath ofrecía protección a pesar de su apariencia amenazante; había en ella una calma suave, una serenidad que hacía olvidar el dolor, pero también un sufrimiento contenido, una tristeza tan profunda que parecía haber existido durante siglos. Como observar un fuego ardiendo en la noche: peligroso y reconfortante a la vez.
La pequeña parpadeó confundida "¿Qué es esto?" Durante un instante, su agonía cesó, el suplicio en sus ojos desapareció y la paz que sentía era embriagante, sin darse cuenta, cortó el flujo de Nasham y se dejó caer de rodillas sobre la rama, jadeando. El tormento había vuelto, era insoportable, sus manos temblaban mientras se llevaba las palmas a los ojos, sintiendo la sangre caliente que aún brotaba de ellos.
Permaneció así durante varios minutos, respirando con dificultad, esperando a que el dolor disminuyera, finalmente, cuando logró recuperar algo de compostura, limpió la sangre de su rostro con la manga de su capa y se puso de pie con dificultad sobre la rama.
"Lo encontré”, pensó. "Está en el Claustro". Pero la duda seguía ahí "¿Por qué su energía se sentía así? ¿Por qué no era solo... malvada?"
Sacudió la cabeza con fuerza, intentando deshacerse de esos pensamientos, no podía permitirse dudar, el Ris-Cardenal Philippe había sido claro, no importaba cómo se sintiera su energía, sus emociones no importaban. Se ajustó la capucha, ocultando una vez más su rostro ensangrentado y comenzó a descender del árbol, mientras bajaba, la imagen de esa energía cálida seguía parpadeando en su mente.
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Editado: 02.02.2026