Nassim "Los ecos del viento"

Capítulo 2. Recuerdos de Nassim

Siento que no puedo respirar bien. Todo es oscuridad, hasta que un suave soplido hace que se me erice la piel. De repente, todo cambia a un ambiente distinto, uno que conozco de palmo a palmo: la cocina de mi hogar. Me veo pequeña, sentada junto al abuelo; mi madre prepara el desayuno y mi padre está afuera, descargando unas cajas para hacer inventario de la tienda. Mi corazón se encoge. Este es uno de mis recuerdos más cálidos.

—Abuelo, le dije al tonto de Zahir que eras un cazador cuando eras joven y me sacó la lengua. Me dijo mentirosa.

El abuelo toma mi rostro entre sus manos y, con ternura, la aprieta antes de decir:

—Con que tú me creas, me es suficiente.

A lo cual contesto con toda la energía del mundo.

—¡Yo siempre te voy a creer!

Mi madre se detiene un momento para mirarnos y, en un tono muy serio, me dice: —Nassim, Afsta fazz— que en nuestra lengua “Ventus” significa hablar con sutileza y que, siendo más claros, no grites al hablar. —Recuerda los códigos del reino: hablar en calma y en voz baja. No puedes subir tanto la voz, o será un acto de rebeldía, y serás castigada por los ancianos, si se enteran.

— Aún es pequeña, ya aprenderá. Déjala ser —el abuelo reprocha a mi madre.

—Por todas tus historias locas es que ella no entiende razones, papá. Ayúdame, por favor.

Le sonrió al abuelo y le pido nuevamente, como otras tantas veces, que me cuente la historia de los cazadores de Zhephyris.

Las risas y las palabras se desvanecen en el ambiente; mi mente se traslada a tiempos antiguos, mientras el abuelo relata la historia.

Cuando Zephyris fue aislado del resto del mundo por la gran barrera de viento y neblina creada por el dios Zephyro, el pueblo encontró la paz que tanto anhelaba y los sobrevivientes se dedicaron a construir nuevamente el reino. El consejo de ancianos, conformado por seis sabios representantes de las seis regiones que lo componen, volvió a restituirse y apaciguar un poco los corazones llenos de horrores que habían sobrevivido. Por ende, como una de las decisiones del consejo, se conformó la orden de los cazadores. Aunque el reino estaba protegido por nuestro dios, existía el temor de que un día alguien lograra atravesar las corrientes y volviera a intentar invadirnos y arrebatar lo poco que quedaba. Así nació la necesidad de un guardián en las sombras, un arma que asegurara la supervivencia del pueblo sin que su tranquilidad se viera alterada.

Así surgieron los cazadores de Zhephyris. No eran Soldados comunes, sino guerreros implacables, elegidos y entrenados en secreto. El concejo de ancianos determinó que, en cada solsticio de invierno, cuando el aire es más fuerte y el frío amenaza con congelarte hasta el alma, los jóvenes que aspiraban por el título de cazador debían de someterse a la prueba de Anemoi.

La prueba se realizaba en las pequeñas islas que rodean el reino, aquellas donde la niebla se vuelve espesa y los vientos rugen como bestias. Solo los más resistentes volvían intactos, aquellos capaces de soportar las inclemencias que les aguardaban sin sucumbir a la desesperación. Quienes lograban regresar victoriosos no solo obtenían el reconocimiento del consejo, sino que eran bendecidos por el mismo Zephyro. Se decía que el dios del viento concedía un fragmento perdido de su don, más allá del simple presentimiento que todos los habitantes de Zephyris poseían. Aquellos elegidos podían sentir el flujo del aire en su piel, manipular las corrientes y convertirlas en armas mortales.

Con el paso del tiempo, la tradición se hizo más estricta. Solo los descendientes de los antiguos cazadores podían aspirar a serlo y, dentro de cada familia, solo los hombres heredaban el don. Así, generación tras generación, los cazadores se convirtieron en los guardianes silenciosos de Zephyris, los únicos con el poder de combatir si alguna vez la barrera llegaba a romperse. Así es como nace la prueba de Anemoi, marcando el destino de los elegidos.

A pesar de ser tan pequeña en ese recuerdo, Algo dentro de mí se agita. Una sensación de injusticia, de rabia contenida, me arrancan del mundo de ensoñación, al que solo las historias del abuelo podían transportarme. Él hace una pausa en el relato y me pregunta con calma:

—¿Qué sucede, Nassim?

Mi voz aguda y cargada de frustración le responde.

—Entonces, abuelo, aunque tú hayas sido un cazador, ¿Yo no podré ser cazadora solo porque soy mujer? ¡No es justo! Me niego. —Mi enojo aumenta y con más ímpetu reclamo—. ¡seré cazadora! Aunque esos viejos del consejo, que pronto serán solo huesos, digan que no puedo. Pasaré por encima del mismo dios del viento si es necesario.

Mi madre gira sorprendida por la fuerza de mis palabras; el abuelo, en cambio, me observa con una sonrisa traviesa.

Salto de sus piernas, y salgo corriendo a toda prisa. Para entonces, ya tenía ocho años. Desde donde estoy veo al abuelo reír estruendosamente, mientras mi madre antes de salir del espacio de la cocina le lanza una mirada de reproche y le dice en voz severa:

—Será tu culpa si algún día, por blasfema y rebelde, la encierran… o algo peor —. Luego se marcha.




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