Ese día comenzó como lo habíamos previsto: con nervios ocultos bajo sonrisas y la certeza de que no había marcha atrás.
Iniciamos al amanecer, fuimos al centro y nos dejamos ver en la ceremonia en donde las sacerdotisas oraban por la bendición y protección del dios Zephyro con los primeros rayos de sol; los soplidos del viento nos hacían cosquillas en la piel aquella mañana. Compramos fruta en el mismo puesto de siempre, bromeamos con el viejo armero del puesto de la esquina y, unos veinte minutos antes de que los cazadores partieran por la ruta principal, nos dirigimos hacia la vereda que lleva a la colina. Desde allí, nos desviamos y nos adentramos en los bosques que conducían a la ladera.
El día transcurrió sin problemas, salvo por las constantes quejas de Vahlefty, quien nos hizo detenernos más de lo que Zahir y yo habíamos planeado. Ella no participó en todos los viajes previos que realizamos para explorar la mejor ruta y evaluar los riesgos del trayecto hasta la costa de Pav, por lo que le costaba más el camino.
Tras cinco horas de viaje a pie, ya cerca del mediodía, por fin llegamos al final de la ladera, lo que nos permitió divisar la caleta desde lo alto, con el pequeño bote aún oculto detrás de un grupo de rocas.
Antes de bajar, nos acercamos al otro extremo para ver mejor la playa de Pav. Nos agachamos al llegar al borde. Desde allí distinguimos las siluetas de los cazadores guías que esperaban a los demás aspirantes. Revisaban provisiones antes de partir.
—Al fin llegamos. Mis pies me están matando. ¿Podemos bajar de una vez, descansar y comer algo también? —se queja Vahlefty.
—Sí. Debemos descansar y esperar la hora de partir —responde Zahir, poniéndose en cuclillas lo bastante lejos del borde para que nadie lo vea desde la playa.
Vahlefty y yo lo imitamos.
Ya en la caleta, arrastramos el bote hasta la orilla y nos dispusimos a colocar los bultos con las provisiones. Solo sacamos un poco de carne seca y frutas; moríamos de hambre. Las siguientes horas transcurrieron lentamente, mientras veíamos a los demás llegar, descansar, hacíamos chistes y nuestras habituales bromas para hacer enojar a Vahlefty.
Escuchamos sonar un cuerno anunciando que era momento de alistarse para subir a los botes.
—Ya es hora —digo con una sonrisa. No quiero mostrar mis nervios y que Vahlefty arme un drama a última hora.
Ella se lanza a abrazarme.
—Chicos, aún están a tiempo de no ir. Pueden hacerlo el próximo año… —Yo la alejo suavemente.
—Todo saldrá bien. Y si las cosas se ponen feas, nos acercaremos a los cazadores que vigilan la prueba. Aunque nos castiguen, nos sacarán de inmediato.
Ella suspira y deja caer los hombros, rindiéndose.
Zahir se pone de pie y se dirige al bote para adentrarlo en el agua. Yo lo sigo de cerca y, por último, Vahlefty, que se queda en la orilla.
Nos subimos y, mientras nos alejamos, Zahir le grita:
—¡Gracias, por tanto, llorona! Espéranos, pronto regresaremos.
Ella alza la mano y la agita en modo de despedida.
Lo miro con fastidio y le doy un golpe en el brazo, haciéndolo tambalearse.
—Idiota… Siéntate y empecemos a remar. Ya los cazadores partieron hace unos minutos. Debemos avanzar y llegar a una de las islas antes de que caiga la noche.
Con cada giro de los remos, nuestros corazones latían más rápido. Permanecimos en silencio hasta que alcanzamos la zona de la neblina.
—No todos nacemos con suerte, Nassim… así que yo tomaré la mía por la fuerza. Yo no pienso quedarme sin mi oportunidad —dice Zahir.
Un escalofrío me recorrió la espalda; algo en la voz de Zahir me puso en alerta. Pero antes de poder decir nada, la neblina nos atrapó. El frío se coló en mis huesos. La barca crujió bajo nuestros pies y, por un instante, el mundo entero se desvaneció.
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conflicto: tradicón vs liberta personal, nostagía y rebeldía, secretos y cazadores
Editado: 02.03.2026