Nassim "Los ecos del viento"

Capítulo 7. Ecos

Zahir está de pie observándome con una sonrisa amplia y agitando la mano. Cuando me acerco, el viento sopla suave, casi en susurros, y viene a mi mente la palabra que le encantaba pronunciar a mi abuelo: “Fhiro”, un viento cálido que da esperanza.

Me trae paz.

—¿Dónde estabas? —pregunta con su estúpida sonrisa aún plasmada en el rostro.

—En la primera prueba... casi muero, gracias por preguntar.

—No hacía falta. Sabía que saldrías viva.

—¿Me puedes explicar cómo superaste la prueba sin un rasguño y por qué demonios desapareciste? —mi tono se endurece.

Su expresión cambia. La sonrisa se borra y un leve estremecimiento le recorre el cuerpo.

—Me espanté horrible al ver las sombras y no poder maldecir en voz alta. Cuando giré, ya no estabas. Te estuve buscando, pero no te encontré. Entonces entendí que todo era parte de la prueba... y avancé.

—¿Cómo que avanzaste y no te atacaron las sombras?

—No. Solo eran corrientes que simulaban antiguos guerreros. Nublaban el camino. Me concentré en encontrar la corriente principal... y el sendero se reveló. Blafsh ya me lo había mencionado.

Mi rostro se desencaja.

—Entonces hasta en esto ustedes son los favoritos, ¡maldición!, y ese traidor ni siquiera me contó nada.

Zahir ríe a carcajadas.

—Juro que creí que él te lo había dicho. Pero eso de que las sombras te atacaran... —Hace una pausa antes de soltar uno de sus chistes malos—. Quizás hiciste enojar en algún momento a Zephyro.

Lo miro y le propino un puñetazo en el brazo.

—Mejor avancemos —le digo, mientras se soba el brazo—. Debemos seguir moviéndonos. Creo que ha pasado una hora desde que empezó la prueba; hay que llegar pronto a la siguiente.

—Pásame tu cantimplora —le exijo, extendiendo la mano.

—¿Qué pasó con tu bolsa de provisiones? —pregunta mientras me mira de arriba abajo, buscándola.

—Imagina. La di como ofrenda para que no me dejaran sin cara. —Le señalo el rasguño en la mejilla y lo amenazo con pegarle otra vez.

Avanzamos por el llano. Sabíamos que al salir del bosque nos esperaba la ruta para cruzar a la otra isla, la que conectaba con nuestro objetivo final: el Alto de la Revelación y el resurgir de los nuevos cazadores que protegerían al reino y abastecerían con la caza.

La luz de la luna otorgaba al paisaje un toque místico. La brisa, tan suave y cálida, traía la sensación de nostalgia.

—Zahir... —Susurro, tomándolo de la mano y tirándolo al suelo.

—¿Qué rayos pasa?

—Mira. Aquellas figuras están cerca del puente que debemos cruzar. Dudo que sean cazadores.

Observamos en silencio un momento y vimos cómo tres de los aspirantes inclinaban la cabeza. Los hombres colocados a cada lado del puente, como custodios, alzaron sus manos y los dejaron pasar.

—Creo que son parte de la siguiente prueba y es la única ruta para cruzar. Así que vamos —digo—. Aprovechemos ahora, no sea que haya más cazadores atrasados. Podrían ponernos en problemas si nos ven y nos delatan. Ruega a Zephyro para que los hombres del puente nos dejen pasar.

Al llegar al puente y acercarnos a los hombres, me recorre un escalofrío. A pesar de que la noche está iluminada por la gran luna, los rostros de las figuras que se ciernen a nuestro lado no se distinguen; es como si se tragaran la luz.

Nos inclinamos en señal de respeto. Siento la presión cuando una de las figuras coloca la mano en mi coronilla y nos otorga el permiso; miro a Zahir y le indico con la cabeza que avancemos con un movimiento sutil.

Apenas colocamos los pies en el puente colgante, la madera cruje bajo nosotros; acto seguido, todo se esfuma. Zahir se desvanece como humo y yo me precipito hacia una oscuridad tan espesa que parece absorber hasta mis propios pensamientos.

—No te asustes, mi pequeña. —Oigo nuevamente la voz que me dio la bienvenida al llegar a la isla.

—¿Quién er...?

—...ereeees... eres... eres...

Mi voz vuelve deformada, más grave, más lejana:«Ecos».

El impacto llega sin violencia y la oscuridad en la que caía se disuelve. Mis pies tocan el suelo con suavidad y, al alzar la mirada, veo a mi alrededor un jardín antiguo marchito.

Árboles retorcidos se alzan como figuras suplicantes. Fuentes vacías reposan bajo capas de arena fina. Senderos que recuerdan algo que alguna vez fue sagrado.

No hay viento; todo permanece en una calma perpetua.

Intento llamar a Zahir.

—Za...hir...ir —mi voz se quiebra.

El eco me rodea. No proviene de un punto fijo.

...Zahir.

...Zahir.

...Zahir.

Viene de todas partes. Distorsionado, más grave, más lento. Como si el lugar masticara su nombre antes de devolverlo.

Me llevo la mano al pecho. Respiro.

Avanzo hasta llegar al centro circular de piedra. El suelo bajo mis pies comienza a vibrar, como si las piedras guardaran un secreto.

Un murmullo leve me hace girar a uno de los lados.

Zahir desciende por una de las escalinatas de piedra y detrás de él se abre un pasillo largo que antes no estaba. Luce sereno, sin una sola expresión en su rostro que muestre miedo o extrañeza por encontrarnos en el lugar donde estamos.

—Pensé... que de nuevo... la prueba... nos había separado...separado...separado...

Su voz me llega amortiguada, como si atravesara túneles invisibles.

No respondo y le señalo mis oídos, mostrando mi disgusto por el sonido.

Ladea la cabeza, me sonríe y señala el pasillo en el cual se encuentra. Sin pensarlo, me dirijo hacia él.




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