Nassim y los ecos del viento

Prólogo

Huele a madera quemada. Al entrar a la sala se observó la figura de mi abuelo, que armoniza con la calidez del ambiente.

—¿Estás lista pequeña?

Corro para sentarme en su regazo; con mis dos pequeñas manos sostengo su cara y con una sonrisa amplia y ojos brillantes de curiosidad, le contesto:

—sí, abuelo.

Los dos nos reclinamos en el sillón de madera, viendo cómo el fuego de la hoguera resplandece, y el abuelo empieza a narrar la historia como si él mismo la hubiese vivido, mientras yo me adentro en ella.

Se dice que el don de escuchar e interpretar el viento fue otorgado por el mismo dios Zephyros (el dios del viento del oeste), que les permitió tener una conexión con el viento y los murmullos que traen consigo.

Hace siglos, cuando el mundo estaba joven y los dioses caminaban entre los mortales, un vasto pueblo se extendía en un valle fértil, rodeado de colinas verdes, extensas llanuras y acariciado por suaves brisas. Era un lugar bendecido por el clima. Vivían en armonía con la naturaleza y entre ellos. No eran ricos ni ostentoso, pero su gente poseía algo invaluable: generosidad y respeto por todo ser vivo.

Un día, el dios Zephyro, el señor de los vientos ligeros y mensajero de los cielos, descendió de las alturas disfrazado de un mortal viajero.

Zephyro vago por el pueblo, observando la vida cotidiana de los hombres y mujeres que allí habitaban. Los vio compartir sus cosechas con los necesitados, consolar a los enfermos y cuidar la tierra que les daba sustento.

Una noche, al ser invitado a una humilde morada de campesinos, Zephyro se conmovió por su hospitalidad. Le ofrecieron lecho y comida caliente, sin preguntar por qué estaba allí o de dónde provenía. Conmovido por la calidez de los habitantes y la belleza del pueblo, al amanecer del siguiente día el dios decidió revelar su identidad. Cuando se dirigió a los habitantes, su voz, como un suave Susurró del viento, se alzó:

―Mortales, soy el dios Zephyro y llegue aquí atraído por la belleza de su pueblo y la paz que se observa en él desde las alturas. He encontrado en ustedes algo que pocas veces se ve: Humildad, bondad y respeto por todo ser vivo. Por ello, les concederé un don único. Desde hoy podrán comprender los susurros. Las brisas les traerán secretos, consejos y advertencias de tierras lejanas, el futuro y pasado narrado por los susurros del viento, y nunca más estarán desprovistos de guía.

El reino despertó en un nuevo mundo. Cada ráfaga de viento parecía cantar canciones antiguas o contar una historia de lugares desconocidos. Los vientos llegaban al reino con noticias de las cosechas, cambios del clima, narraban aventuras de viajeros y secretos del corazón.

Zephyro, complacido, se despidió del pueblo, dejando una advertencia:

—Usen este poder que les he otorgado con sabiduría. No se dejen consumir por la curiosidad o la codicia. El viento es puro y no tolerará a quienes lo usen con propósitos oscuros.

Por un tiempo el reino prosperó y su don se convirtió en una leyenda. Los susurros del viento guiaban a los habitantes, mientras reyes y viajeros llegaban en busca de las profecías de sus reinos, consejos y secretos para hacer florecer y prosperar sus tierras. En su afán por expandir este conocimiento, los ancianos permitieron que jóvenes de Zhephyris sirvieran como consejeros en otros reinos, aceptando a cambio riquezas que fortalecían su pueblo.

Sin embargo, el poder pronto encontró un corazón débil. Un joven consejero enviado al reino de Thalvenia ignoró las advertencias del dios. Enamorado de la hija del rey Thorna y ansioso por obtener su favor, el joven se atrevió a adentrarse en los secretos más profundos que los vientos susurraban de los demás reinos. Lo que debía de ser un don que ayudara a los demás se convirtió en un arma, pues reveló secretos que desataron intrigas y guerras. Los reyes, ávidos de poder, lucharon por controlar el don del viento, usando a los consejeros y consejeras procedentes de Zhephyris para explotarlo. el don otorgado por un dios, aquellos que se negaron hacer utilizado para tales fines oscuros fueron asesinados. El nombre de Zhephyris dejo de ser un símbolo de sabiduría para convertirse en una maldición.

Zephyro, furioso por la corrupción de su regalo, desató una tormenta que durante años azotó el reino de zepherys. Los vientos, antes suaves y portadores de sabiduría, se tornaron feroces y crueles, trayendo sufrimiento. Los ancianos, en su desesperación, decretaron el cierre de Zhephyris al mundo exterior. Prohibieron a sus hijos compartir el don con extranjeros y desterraron a los que lo habían usado para el mal.

Los exiliados, perseguidos como portadores de calamidades, fueron cazados por los reinos vecinos. Solo uno sobrevivió: el joven consejero de Thalvenia. Con su conocimiento del viento ayudó al rey Thorna a conquistar Seldara, un reino cercano. Pero los dioses nunca olvidan. Una noche, un espía de Seldara, se infiltró en los aposentos del consejero y de la princesa. En un acto de venganza, los asesinó, terminando con el legado de terror infundido por los susurros del viento.

El castigo fue cumplido. Con la muerte del consejero, los vientos volvieron a soplar con calma sobre Zhephyris. La calma duró poco en el reino.




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