Natalie

Capítulo 3

Al terminar las clases, Natalie se fue apresuradamente a su casa. Olvidó saludar al señor López al llegar al edificio, y corrió por las escaleras, hasta llegar a su apartamento. Al entrar, se encontró a su madre, y se lanzó a sus brazos a llorar. Karen tenía la piel trigueña, nariz respingada, pelo color chocolate y ojos grandes y almendrados, de color café. Se había divorciado de Neil, el padre de Natalie.

Ella le explicó todo lo que había sucedido con Nael, y le rogó que la llevara al hospital. Karen tomó su bolso, las llaves del auto, y se dirigieron al hospital.

Salió desesperada del auto al ver las puertas del hospital, y corrió a la mesa de información, a averiguar en qué piso lo encontraría. Karen la alcanzó, y subieron juntas al piso de urología. Al salir del ascensor, vieron al señor Pedro, acompañado de una mujer regordeta, de pelo negro ondulado, y unos hermosos ojos grandes y almendrados, de color azul claro. Era Sara, la madre de Nael. Les preguntaron por Nael, y el señor Pedro las tranquilizó diciéndoles, que se encontraba muy bien, ya que lo habían metido en una máquina para dializarlo, cuando llegó al hospital. Natalie les pidió permiso para visitarlo, y fue a verlo. Tenía mejor aspecto que en la mañana. Su cara era rozagante y respiraba normalmente, sin jadear. Se acercó a él, controlando las lágrimas de sus ojos, y le dio un beso en la mejilla. Nael reventó a llorar.

—Necesito un riñón, ¿te lo dijeron?

Ella comenzó a llorar, tomándole la mano, y él se la apretó fuertemente.

—Sí, me lo dijo el profesor White esta mañana, cuando te llevaron en la ambulancia.

Nael se secó las lágrimas con el otro brazo, y la miró con miedo.

—Mis padres me dijeron que tuviera esperanza, que pronto llegaría un nuevo riñón para mí, ¿sabes lo que eso significa? Debo pedirle a tu Dios, que muera una persona para que yo pueda vivir. Dime, ¿cómo puedo hacer eso?

Ella se llevó su mano libre a la boca. Nunca había pensado algo así. Era cierto lo que acababa de decir Nael. Su esperanza se basaba en que otra persona muriera, y le diera su riñón. Para distraerlo, Natalie comenzó a hablarle de lo que había sucedido, después de su confesión. Todos en la clase se habían pegado un papel en el bolsillo de la camisa, que decía «El Grinch es mi amigo». Ahora era el héroe de la clase, y los profesores le montaban cacería a sus compañeros, para que no se portaran como él dentro del colegio. Antes que Natalie se fuera, le pidió que lo ayudara a escapar del hospital. No quería que una persona muriera por él. Natalie lo vio suspicazmente.

—Muy bien, te escapas del hospital, y donde te esconderás, ¿en tu casa o en la mía? Porque te aseguro que en la mía no, –dijo Natalie, como referencia a lo que le había contestado Nael, el día que robaron la navidad.

Ambos rieron sin parar, y se despidieron. Salió de la habitación, justo cuando el médico estaba conversando con los padres de Nael. Les estaba explicando, que era muy poco probable que consiguieran un riñón a tiempo, pues su tipo de sangre era muy raro. Natalie recordó que en las clases de biología, las pruebas de sangre dieron como resultado, que ellos tenían el mismo tipo, AB positivo. Esperó a que el médico se alejara de ellos, y lo interceptó.

—Doctor, ¿se puede usar el riñón de una persona que no haya muerto?

El médico la miró con dudas, arqueando una ceja.

—Sí. Hay casos donde un familiar le dona uno de sus riñones al paciente.

Natalie se decepcionó un poco. Ella no era familia de Nael, ni siquiera en noveno grado.

—¿Tiene que ser un familiar?

El médico la miró intrigado.

—No en realidad. Incluso entre familiares, hay que estudiar si existe compatibilidad, y no todos son compatibles. ¿Por qué preguntas?

Natalie lo miró un poco asustada, y le preguntó nerviosa:

—Yo tengo el mismo tipo de sangre, AB positivo. ¿Cree que pueda darle uno de mis riñones?

El médico la miró con cariño.

—Lo más seguro es que tus riñones sean compatibles con Nael, pero existen algunos problemas.

A Natalie se le iluminó la cara con la emoción, podía salvarle la vida a su amigo de toda la vida. A ella no le importaban los problemas que pudiera tener, quería ver de nuevo a Nael corriendo detrás de una pelota. El médico continuó:

—Si donas un riñón, tendrás que cambiar tu ritmo de vida. Ya no podrás hacer muchas de las cosas que haces ahora, y sería muy complicado tener hijos en un futuro. Seguro que tú crees que eso no es importante en este momento, pero si lo es. Todavía eres muy joven, y te puedes arrepentir luego.

A Natalie no le importaba asumir esos riesgos. Lo importante era que le podía dar uno de sus riñones a su gran amigo Nael. Cuando ella se ofreció a donarlo, el médico la interrumpió.

—Hay otro problema. Tú eres menor de edad, y debes contar con el permiso de tus padres para hacerlo.




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