Nati, la verdulera
Con el bolígrafo en la oreja, Nati atendía en la mañana los pedidos de fruta y verdura de los habitantes de la minúscula urbanización sin tiendas, en un local vecinal habilitado al efecto, para el abastecimiento de las cuarenta familias de los trabajadores contratados por una próspera constructora instalada en la zona, que allí residían. Hasta aquí se trasladaba a diario en la pequeña furgoneta conducida por su hermano Blas, desde otra localidad cercana, en la que su padre, que compartía nombre con su primogénito, era dueño de una tienda, a la que regresaban por las tardes para seguir despachando junto con él, hasta el cierre.
Garza subió la incómoda e inusual escalera de acceso y entró en el ámplio y desangelado local, a la derecha del mismo ante la deshilachada fila de escasa clientela, Blas había colocado en el mostrador las contadas piezas de carne y pescado que previsiblemente vendería esa mañana, a la izquierda en un espacio más limitado Nati apilaba cajas con hortalizas de temporada y más al fondo estaba el puesto de Doña María Jesús, la panadera, que, como si de un punto de racionamiento se tratase, despachaba de 12 a 12.30, barras, bollos y colines a destajo, respetando el riguroso orden marcado por las bolsas de tela bordadas con llamativos motivos de colores, que a lo largo de la mañana, habían ido dejando los clientes sobre el mostrador, para reservar su turno.
Garza pidió la vez en la frutería y se colocó detrás de una señora gruesa vestida de negro, con el rostro salpicado de pequeñas verrugas; Nati usando una sencilla báscula, anotaba el precio de los géneros que iba pesando en uno de los papeles de estraza que utilizaba para envolver. Mientras garabateaba las cuentas con soltura bromeaba con la clienta de aspecto brujeril, riendo al son de su marcado acento lugareño devorador de sílabas finales; apenas rozaba la treintena, pero ya se dibujaban incipientes canas en el flequillo del cabello negro y corto, a estilo Ava Gadner, aunque algo descuidado.
Mientras Nati pesaba unos plátanos, Garza la observó con curiosidad, cada vez que venía a comprar asaltaba a su mente el recuerdo de la sorprendente metamorfosis, no sólo en el aspecto, sino en la actitud, que acontecía entre la Nati de día con su natural vulgaridad y la Nati de noche, con su exquisita finura, reunida cada atardecer en el “bar Castilla“ con su pandilla de amigas, bebiendo botellines de cerveza, pero con tal ceremonia, que parecía una sesión social en un salón de té. Más que un simple cambio físico o externo, era una suerte de bipolaridad en la que la Nati matinal, cercana y desaliñada con su acento palurdo y relajado desaparecía para dar paso a la vespertina Natividad, un personaje de aspecto señorial y hasta sofisticado, de quedos movimientos, peinado impecable y gesto digno, con una suavidad en sus modales y una cierta distancia en el trato enfatizada por el contraste con su alter ego diurno.
Nati tenía un secreto, un secreto a voces que todo el mundo conocía a excepción de los interesados, esto es: su propia familia y la novia de Manuel "el liebre", apodo que no tenía nada que ver con su persona sino que era una herencia familiar. Manuel era licenciado en Derecho y había montado hacía años una gestoría en la que Candela, su novia, ejercía como secretaria, su próspera posición junto a un cierto desapego innato, encriptado en su mirada, que conformaba su enigmática personalidad, le convertían, a pesar de su fisionomía de hombre corriente y baja estatura, en un cotizado cebo entre la soltería del pueblo, y un preciado bien a custodiar por su perpetuamente futura mujer, que no acababa de ver satisfechas sus incombustibles ansias matrimoniales a pesar de que ambos pasaban la treintena. Era esta continua incertidumbre marital la que ultimamente monopolizaba los pensamientos de Candela, mujer racial de rasgos marcados y potente carácter, y la probable causa del leve rictus de amargura que se había instalado en su imponente rostro de mujer fatal. Todo el mundo se preguntaba por qué una pareja consolidada, rayando la madurez y sin problemas económicos no daba el paso definitivo, y seguían viviendo ambos con sus respectivas familias, Manuel, con su hermano con fama de drogadicto y Candela con su anciana madre, y entre risas y chascarrillos, sobre todo los hombres, comentaban que Manuel tenía miedo a perder su independencia, a quedar engullido por la personalidad incendiaria de aquella absorbente mujer, eternamente malhumorada de la que no podía o no sabía escapar, como un niño introvertido y apocado ante una madre mandona y exigente.
Garza entró en el “bar Castilla", se dirigió hacia la barra interior que daba paso a una pequeña discoteca albergada dentro del propio local, y al ojear "al personal" vio a su izquierda, en una estancia lateral, sentadas en corrillo, al grupo de amigas de Nati, y entre ellas, acomodada ésta con tal compostura, que daba la sensación de presidir la comitiva aunque apenas pronunciaba palabra, silencio que contrastaba con la locuacidad de sus contertulias, que no paraban de reir e interactuar entre ellas, mientras Nati, con modos de marquesa, bebiendo a sorbitos muy cortos una cerveza que asía con protocolaria delicadeza, miraba de un lado a otro con la majestuosidad de un ave desde las alturas de su propia historia imaginada tejida de anhelos. Y justo cuando pensaba que estos no estaban a la altura de sus expectativas, por el rabillo del ojo atisbó lo que disimuladamente había estado esperando desde su llegada al bar, la entrada por la puerta central del garito, de esa discreta sombra de ojos febriles, que le aguijoneaba con su punzante mirada mientras se dirigía a la barra exterior, allí apostado sin ni siquiera sentarse, Manuel le solicitó al camarero: "¡una cervecita rápida por favor!".