Navegando entre sueños y realidades

17

​El almuerzo no era una comida; era un campo de batalla. Noa se movía con la suficiencia de quien es dueño de medio mundo, mientras César mantenía una calma tensa, la clase de calma que precede a una tormenta.

​—Dime, César —soltó Noa, dejando la copa de vino sobre la mesa con un golpe seco que me hizo sobresaltar—, ¿no te sientes... fuera de lugar? Estás acostumbrado a los escenarios, a los aplausos fáciles. Pero el mundo real, el mundo de Nana, requiere una estructura que dudo que alguien de tu "gremio" comprenda.

​César apretó la mandíbula. Vi cómo sus nudillos se blanqueaban sobre el mantel.

​—El mundo de Nana no es una oficina, señor Noa —respondió César, bajando la voz, lo cual lo hacía sonar mucho más peligroso—. Su mundo es lo que ella decide que sea. Y hasta donde yo sé, ella no necesita un jefe que la supervise también en su tiempo libre.

​Noa se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de César.

​—Lo que ella necesita es a alguien que esté a su altura. Alguien que no sea solo una cara bonita en una revista de música. Nana tiene un potencial que tú solo podrías arruinar con tu... inestabilidad.

​Sentí el frío recorrer mi espalda. La mirada de César se oscureció y por un segundo pensé que se levantaría de la silla. Sus ojos estaban fijos en los de Noa en una guerra de poder silenciosa que me producía escalofríos.

​—Basta —dije, tratando de que mi voz no temblara—. No voy a permitir que me traten como si fuera una propiedad sobre la mesa. Noa, viniste aquí por invitación propia, lo mínimo que puedes hacer es ser respetuoso.

​Puse mi mano sobre el brazo de César, sintiendo la tensión en sus músculos. Él me miró y, al contacto con mi mano, pareció suavizarse apenas un poco, pero no apartó la vista de Noa.

​—Tranquila, querida —dijo César, aunque su tono seguía siendo de acero—. Solo estamos intercambiando puntos de vista. El señor Noa parece muy preocupado por tu futuro, aunque no entiendo qué derecho cree tener sobre él.

​Noa soltó una carcajada amarga y me miró directamente a mí, ignorando a César por completo.

​—Derecho no sé, Nana. Pero tengo la visión que a tu novio le falta. Mañana en la oficina tenemos mucho de qué hablar. Proyectos que te pondrán en la cima... donde perteneces.

​Me puse entre los dos, rompiendo el contacto visual que se lanzaban.

​—Si no pueden comportarse como adultos por los próximos veinte minutos, me levanto y me voy —sentencié—. Noa, si quieres hablar de trabajo, será mañana a las ocho, no en mi almuerzo. Y César, por favor, no caigas en su juego.

​César suspiró, recostándose en su silla y entrelazando sus dedos con los míos sobre la mesa, un gesto de posesión claro que hizo que a Noa se le endureciera la expresión. Por un momento, el silencio regresó, pero era un silencio cargado de pólvora, listo para estallar con la mínima chispa.




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