Navegando entre sueños y realidades

18

​El trayecto de regreso a la empresa fue un silencio sepulcral. Noa caminaba unos pasos por delante de mí, con la espalda rígida y esa elegancia depredadora que parecía consumir el aire a su alrededor. Yo, por mi parte, sentía que la sangre me hervía. No era solo la humillación hacia César, era la forma en que Noa se sentía con el derecho de invadir mi vida privada como si fuera otra de sus subsidiarias.

​Nada más cruzar el umbral de la oficina, no esperé a que se sentara. Ignoré a la secretaria y cerré la puerta del despacho de Noa con un golpe seco que resonó en las paredes de cristal.

​—¿En qué estaba pensando? —solté, sin preámbulos. Mi voz temblaba, no de miedo, sino de una rabia contenida que amenazaba con desbordarse.

​Noa no se inmutó. Caminó con parsimonia hacia su escritorio, se quitó el saco de diseñador y lo colgó con una lentitud exasperante en el respaldo de su silla. Se tomó su tiempo para desabrochar los botones de sus puños antes de volverse hacia mí. Su rostro era una máscara de absoluta calma, pero sus ojos... sus ojos tenían un brillo oscuro que nunca antes había visto con tanta intensidad.

​—Si te refieres al almuerzo, Nana, pensé que estaba siendo un caballero al intentar conocer al hombre que ocupa el tiempo de mi mejor empleada —respondió con esa voz aterciopelada que lograba ponerme los pelos de punta—. Deberías agradecerme que no lo haya despedido de tu vida ahí mismo.

​—¡Tú no tienes ningún poder sobre mi vida fuera de estas paredes! —di un paso hacia adelante, invadiendo su alfombra persa—. Lo que hiciste fue una emboscada. Intentaste humillar a César porque no soportas que haya algo en mi vida que no puedas controlar con un contrato o un cheque.

​Noa soltó una risa corta, carente de cualquier rastro de humor. Empezó a rodear el escritorio, acortando la distancia entre nosotros. No retrocedí. Me quedé firme, aunque el corazón me golpeaba las costillas como un animal enjaulado.

​—¿Humillarlo? —se detuvo a apenas unos centímetros de mí. Podía oler su perfume, una mezcla de sándalo y algo metálico, frío—. Nana, ese muchacho se humilla solo con su mediocridad. Tú estás hecha para cosas grandes, para estar rodeada de poder, de visión. Él es solo... un ruido de fondo en la sinfonía que yo estoy tratando de componer para ti.

​—No eres mi dueño, Noa —susurré, y por primera vez mi voz flaqueó ante su cercanía.

​En ese momento, la atmósfera en la oficina cambió. El aire se volvió denso, eléctrico. Noa no dijo nada más, pero su mirada descendió lentamente desde mis ojos hasta mis labios, permaneciendo ahí un segundo más de lo profesionalmente aceptable. El silencio se prolongó, llenándose con el sonido de nuestra respiración agitada.

​Él dio otro paso, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la madera fría de la puerta que yo misma había cerrado. Noa colocó una mano sobre la puerta, justo al lado de mi cabeza, y se inclinó. No me tocó, pero podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Su mirada era ahora un fuego líquido, una mezcla de posesividad y un deseo tan crudo que me hizo contener el aliento.

​Él disfrutaba de mi acorralamiento, de la forma en que mis pupilas se dilataban ante su presencia. No necesitaba decir que me deseaba; lo gritaba la forma en que sus ojos devoraban cada centímetro de mi rostro, la forma en que su cuerpo se tensaba como una cuerda a punto de romperse ante la mínima provocación.

​—¿De verdad crees que esto se trata solo de trabajo? —preguntó él, su voz ahora era un susurro ronco, casi una caricia prohibida contra mi oído—. Eres inteligente, Nana. Sabes perfectamente por qué no soporto verlo cerca de ti. Sabes que él no puede darte lo que yo...

​Se detuvo a milímetros de mi piel. Su mano libre se movió, apenas rozando un mechón de mi cabello que se había escapado de mi peinado, colocándolo detrás de mi oreja. El roce de sus dedos fue como una descarga eléctrica que me recorrió la columna. Por un instante fugaz, el deseo de Noa fue contagioso, una tentación oscura que prometía seguridad y peligro a la vez.

​Pero entonces, el recuerdo de la mano de César apretando la mía en el restaurante volvió a mi mente. La calidez real frente a esta obsesión gélida.

​—Aléjate —logré decir, aunque mi voz apenas fue un hilo de aire.

​Noa sonrió de lado, una sonrisa de triunfo porque sabía el efecto que causaba en mí. Se apartó con una elegancia felina, dándome de nuevo el espacio que me había robado.

​—Vuelve a tu puesto, Nana —dijo, regresando a su tono profesional como si nada hubiera pasado, aunque su mirada seguía encendida—. Tenemos mucho trabajo por delante. Y recuerda... yo siempre obtengo lo que quiero. Solo es cuestión de tiempo.

​Salí de la oficina con las piernas temblorosas, sintiendo su mirada clavada en mi espalda hasta que la puerta se cerró. Sabía que esto no era el fin, sino el inicio de una persecución de la que no estaba segura de poder escapar.




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