Navegando entre sueños y realidades

19

Cuando salí de la oficina de Noa, el aire del pasillo me pareció artificial y helado. Mis labios aún hormigueaban por la cercanía de sus susurros y mi corazón no terminaba de encontrar su ritmo habitual. Intenté concentrarme en los informes, pero las palabras bailaban frente a mis ojos sin sentido alguno. Todo lo que podía ver era la mirada depredadora de Noa y esa mano apoyada contra la puerta, cerrándome el paso.

​Al terminar la jornada, encontré a César esperándome fuera del edificio, recostado contra su auto. A simple vista, parecía el mismo hombre sereno de siempre, pero a medida que me acercaba, noté que la mandíbula le bailaba bajo la piel y sus ojos, generalmente dulces como el café por la mañana, estaban nublados por algo denso y amargo.

​El trayecto a casa fue tenso. Apenas intercambiamos un par de frases cortas sobre el tráfico. No fue hasta que entramos en mi apartamento y la puerta se cerró tras nosotros que la burbuja finalmente estalló.

​—¿Qué fue eso, Nana? —preguntó César. No gritaba, pero su voz tenía un tono grave, una vibración baja que nunca le había escuchado.

​—Si te refieres a la actitud de Noa en el almuerzo, ya te dije que lo siento, César. Él es un hombre difícil y...

​—No me refiero a su actitud —me interrumpió, dándose la vuelta para mirarme de frente. Su lenguaje corporal había cambiado por completo; ya no era el artista relajado, ahora había algo imponente en él—. Me refiero a cómo permites que te trate. Ese hombre te mira como si fueras un objeto que planea comprar tarde o temprano. Y lo peor no es eso. Lo peor es que cuando volvieron a la oficina, pasaste tres horas encerrada con él.

​Me quedé helada. No esperaba ese tono posesivo en César.

​—Es mi jefe, César. Fui a reclamarle por lo que pasó en el almuerzo, a ponerle límites.

​César soltó una carcajada seca y dio un paso hacia mí. Sus movimientos eran rápidos, casi eléctricos.

​—¿Límites? Nana, no soy ciego. Conozco a los hombres como Noa. Él no entiende de límites, él entiende de conquistas. Y me molesta, me vuelve loco pensar que mientras yo me quedé afuera masticando mi rabia, tú estabas ahí, en su territorio, dejándole creer que tiene una oportunidad.

​—¿Estás diciendo que es mi culpa? —le reclamé, sintiendo que la indignación me subía por el pecho—. Yo soy la que tiene que lidiar con su acoso sutil todos los días para mantener mi carrera. ¡Yo soy la que está en medio!

​César se acercó tanto que pude sentir el calor de su frustración. Me tomó por los hombros, no con fuerza, pero sí con una firmeza que me sorprendió. Sus ojos brillaban con una intensidad casi violenta, una mezcla de celos y una pasión que rozaba lo peligroso. En ese momento, vi un lado de César que me era completamente desconocido: un hombre capaz de ser tan territorial y dominante como el mismo Noa, aunque por razones distintas.

​—No es tu culpa que él sea un animal —susurró César, su rostro a pocos centímetros del mío—. Pero es mi mujer de la que estamos hablando. Y no voy a sentarme a esperar a que él decida dar el siguiente paso. Si crees que soy el "cantantito" inofensivo que él describió, te equivocas. Tengo mucha más oscuridad dentro de la que imaginas cuando se trata de proteger lo que es mío.

​Me quedé sin aliento. El César que escribía canciones de amor se había evaporado, dejando en su lugar a alguien mucho más crudo, más visceral. Me di cuenta de que, en su afán por protegerme de Noa, César estaba revelando una faceta de control que me asustaba. Estaba atrapada entre dos fuegos: un jefe que me deseaba como un trofeo y un novio que empezaba a mostrar una posesividad que no sabía si podía manejar.

​César me soltó y golpeó ligeramente la pared a mi lado, frustrado consigo mismo.

​—Perdona —dijo, pasando una mano por su cabello, tratando de recuperar la calma—. Es solo que... verlo tocarte el hombro, verlo hablarte así... sentí que algo se rompía dentro de mí. No quiero que vuelvas a estar a solas con él, Nana. No me importa el trabajo, no me importa la carrera. No voy a perderte por su culpa.

Solté un suspiro y extendí mi mano para tomar la suya

—cesar no me vas a perder pero si no confías en mí entonces está relación no tiene futuro - el me mira fijamente - no quiero que te preocupes por noa ok yo te aprecio - el me mira fijamente antes de asentir y seguir manejando

​El silencio que siguió fue denso. Entendí que el almuerzo no solo había despertado la obsesión de Noa, sino que había liberado algo en César que ya no se podría volver a guardar. Ahora, el juego no era solo de dos; era una guerra declarada, y yo era el territorio que ambos reclamaban.




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