Navegando entre sueños y realidades

20

​La biblioteca de la facultad siempre había sido mi refugio, el lugar donde el mundo exterior se silenciaba para dejar paso a los libros y a mis metas. Pero hoy, las letras en los apuntes de macroeconomía parecían hormigas marchando sin rumbo. Había leído la misma página cinco veces y, sin embargo, si alguien me preguntaba de qué trataba, no habría sabido responder. Mi mente era un proyector que repetía, una y otra vez, dos escenas en bucle: la mirada oscura de Noa contra la puerta de su oficina y la frialdad desconocida en los ojos de César la noche anterior.

​Estaba atrapada entre dos versiones de un mismo miedo.

​—Nana, si sigues subrayando ese párrafo, vas a atravesar la mesa con el resaltador.

​La voz de Ana me sacó de mi trance con la fuerza de un balde de agua fría. Mi mejor amiga me observaba desde el otro lado de la mesa de madera. Tenía esa expresión de "hija de Noa" que a veces me intimidaba: analítica, directa y capaz de leer a las personas antes de que estas abrieran la boca.

​—Perdona, me quedé pensando en el examen de la próxima semana —mentí, tratando de enfocar la vista en los gráficos de oferta y demanda.

​Ana cerró su computadora de un golpe seco, atrayendo las miradas de un par de estudiantes en las mesas cercanas. Se cruzó de brazos y se inclinó hacia adelante, sus ojos clavándose en los míos con una intensidad que me hizo querer huir.

​—No me mientas a mí. Nos conocemos desde los diez años —dijo en un susurro cargado de autoridad—. No es el examen. Llevas media hora mirando el vacío y tienes las manos temblorosas. ¿Es por César? ¿Se pelearon?

​Tragué saliva. ¿Cómo explicarle que el problema era César, pero que el detonante era su propio padre? ¿Cómo decirle que Noa, el hombre que ella admiraba como un empresario impecable, me estaba acechando en las sombras de su oficina?

​—Tuvimos una diferencia, sí —respondí, tratando de mantener la voz estable—. César está... estresado con el trabajo. Y yo también, con la pasantía en la empresa de tu padre. Es mucho que procesar.

​Ana arqueó una ceja. No estaba convencida. Ella sabía que César y yo éramos, usualmente, la pareja más sólida de nuestro círculo.

​—¿Es mi papá? —preguntó de repente. El corazón me dio un vuelco—. Sé que puede ser un tirano como jefe. A veces olvida que no todo el mundo es un peón en su tablero de ajedrez. ¿Te está presionando demasiado con los proyectos? Porque si es así, puedo hablar con él. A veces necesita que alguien le recuerde que eres mi amiga antes que su empleada.

​—¡No! —mi reacción fue demasiado rápida, demasiado defensiva. Ana entrecerró los ojos—. Quiero decir, no es necesario. Puedo manejarlo. No quiero que pienses que no soy capaz de separar nuestra amistad del trabajo.

​Ana suspiró y estiró su mano para cubrir la mía sobre la mesa. Su tacto era cálido, pero a mí me hizo sentir una culpa corrosiva. Ella era la persona en la que más confiaba, pero su apellido era la barrera que me impedía gritar la verdad.

​—Nana, te veo mal. Hay algo más profundo aquí. Hay una sombra en tus ojos que no estaba hace una semana. Sabes que puedes decirme lo que sea, ¿verdad? Si alguien te está haciendo sentir incómoda, sea quien sea...

​En ese momento, mi teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Noa.

“Necesito los reportes de facturación en mi escritorio antes de las 6 p.m. No acepto retrasos, Nana. Nos vemos en un momento.”

​El solo nombre de Noa en la pantalla iluminada se sintió como una amenaza velada. Ana bajó la mirada hacia el teléfono y, aunque no leyó el mensaje completo, vio quién lo enviaba. Su expresión cambió de la preocupación a una curiosidad cautelosa.

​—Mi padre te escribe mucho fuera de horario, ¿no? —comentó Ana con un tono que no supe descifrar—. Sé que eres su asistente estrella, pero a veces parece... obsesivo.

​—Es solo trabajo, Ana —dije, cerrando mis libros con prisa, sintiendo que las paredes de la biblioteca se cerraban sobre mí—. Tengo que irme. Si no entrego esto, se pondrá de un humor insoportable.

​—Nana —me detuvo antes de que me levantara—. Ten cuidado. Mi padre no es fácil de tratar cuando de trabajo se trata

​Salí de la biblioteca casi corriendo, con el peso de la mirada de Ana en mi espalda y el miedo de que el secreto que intentaba proteger estuviera a punto de estallar, destruyendo mi amistad, mi relación y mi futuro de un solo golpe.




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