Navegando entre sueños y realidades

21

Durante el trayecto a la oficina, intenté ignorar el nudo que se formaba en mi estómago concentrándome en el documento que Noa me había entregado. Pasé las páginas con rapidez, analizando cada gráfico y cada nota al pie. No era urgente. Ni un poco. De hecho, era un informe de rutina que bien podría haber esperado hasta el lunes. Entonces, ¿por qué me quería ver con tanta urgencia? La pregunta martilleaba en mi cabeza al ritmo del motor del taxi.

​Traté de no darle más vueltas. "Es solo trabajo, Nana", me repetí como un mantra, tratando de convencer a mi propio pulso de que bajara la intensidad.

​Cuando finalmente llegué al edificio, la atmósfera era distinta. La luz del atardecer se filtraba de forma lánguida por los ventanales de cristal, tiñendo los pasillos de un naranja casi sepulcral. La mayoría de las personas ya habían terminado su jornada laboral; el bullicio habitual de teclados y teléfonos había sido reemplazado por un silencio que me ponía los pelos de punta. Mientras subía en el ascensor, veía cómo las oficinas iban quedando vacías, las luces apagándose una a una, dejándome a solas con el eco de mis propios pensamientos.

Lo que me faltaba: estar a solas con Noa.

​Mi corazón latía con una fuerza dolorosa contra mis costillas. Cada paso hacia su oficina parecía pesar una tonelada. El sonido de mis tacones contra el suelo de mármol era lo único que rompía el silencio, un clac-clac rítmico que anunciaba mi llegada como un tambor de guerra. Cuando finalmente estuve frente a su puerta, sentí que el oxígeno me faltaba.

​—Nana, contrólate —susurré para mí misma, cerrando los ojos un segundo.

​Tomé una bocanada de aire profundo, armándome de un valor que no sentía, y abrí la puerta. Él estaba de pie, de espaldas, hablando por teléfono. Su lenguaje corporal gritaba tensión; la mano libre la tenía apoyada sobre el escritorio, apretando el borde con fuerza. Parecía molesto, casi furioso. Sin embargo, en cuanto me vio entrar, colgó la llamada abruptamente, a pesar de que la persona al otro lado seguía hablando. Pude escuchar, por un breve instante, el tono agudo y desesperado de los gritos de una mujer antes de que el silencio volviera a reinar.

¿Tendrá problemas con una socia o una amante? Sacudí la cabeza internamente. No es tu problema, Nana. Concéntrate. Solté un pequeño carraspeo para anunciar mi presencia y terminé de entrar.

​—Noa, aquí tienes el informe que me pediste —dije, tratando de que mi voz no temblara.

​Caminé hacia él, sintiendo su mirada recorrer cada centímetro de mi cuerpo. Era una mirada pesada, densa, que me hacía sentir como si estuviera bajo un microscopio. Al llegar frente a su escritorio, le extendí el documento. Él lo tomó, pero antes de bajar la vista al papel, me barrió con la mirada una última vez, de forma lenta y deliberada, encendiendo una chispa de nerviosismo que odiaba sentir.

​—Perfecto, como siempre —murmuró tras revisar un par de folios. Asentí, dispuesta a dar media vuelta e irme, pero sus siguientes palabras me detuvieron—. Mira, Nana... yo quería disculparme por lo que pasó en el almuerzo. Me dejé llevar por mis emociones.

​Solté un suspiro largo y me crucé de brazos, adoptando una postura defensiva.

​—¿Y de qué emociones estás hablando exactamente?

​Noa soltó el documento sobre el escritorio con un golpe seco que me hizo dar un respingo. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón de sastre y dio un paso hacia mí.

​—La emoción de saber que puedes llegar mucho más lejos —dijo con voz grave, dando otro paso—. La certeza de que podrías alcanzar las estrellas si quisieras, y más. —Otro paso. Ahora estaba tan cerca que el calor de su cuerpo me envolvía—. Y para lograr eso, necesitas a alguien que esté a tu nivel.

​Quedó justo frente a mí. Podía sentir su respiración en mi frente, el aroma de su perfume —una mezcla de maderas y algo metálico— inundando mis sentidos. Le sostuve la mirada. No pensaba doblegarme, no hoy.

​—¿Y ese "alguien" quién es, según tú? —pregunté con un tono cargado de ironía—. ¿Tú?

​Sus ojos se oscurecieron instantáneamente, volviéndose dos pozos de obsidiana. Un escalofrío recorrió mi columna, pero no retrocedí.

​—Dime algo, Noa... ¿Cuál es esta obsesión que tienes conmigo?

​—¿Quién te dijo que estoy obsesionado contigo? —respondió él, ladeando la cabeza con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

​—No lo sé, tal vez el hecho de que en cinco años siendo amiga de Ana apenas te vi, y ahora, de repente, mi mundo parece girar alrededor del tuyo. Cada persona que conozco tiene que ver contigo, cada lugar al que voy, tú ya estás ahí. ¿No te parece demasiada casualidad?

​—Digamos que tuviste suerte —respondió él en un susurro. Extendió su mano y, antes de que pudiera reaccionar, rozó mi mejilla con el dorso de sus dedos. El contacto fue eléctrico; sentí que mis piernas flaqueaban—. O tal vez es que no eres capaz de ver las cosas que tienes justo delante de tus narices.

​Sus ojos bajaron a mis labios y luego volvieron a los míos, cargados de una promesa que no supe descifrar.

​—Entonces dime... ¿cuáles son esas cosas? —Inconscientemente, me acerqué un poco más a él.

​Escuché un gruñido leve en su garganta. Noa cerró los ojos un segundo, como si estuviera librando una batalla interna, y cuando los abrió, la distancia entre nosotros volvió a ensancharse. Se separó bruscamente y regresó a su silla tras el escritorio. El frío del aire acondicionado golpeó mi piel, haciéndome sentir extrañamente vacía.

​—Aún no es el momento, Nana —dijo, recuperando su tono profesional y frío— Ahora, vete a casa. Nos vemos mañana




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