Navegando entre sueños y realidades

22

Los días siguieron pasando con una lentitud desesperante, como si el tiempo se hubiese espesado después de los incidentes que fracturaron mi tranquilidad. Desde aquel amargo episodio en el restaurante con César y Noa, sumado a la tensión eléctrica y asfixiante que vivimos en su oficina, mis sentidos han permanecido en un modo de alerta permanente. Es esa sensación de hormigueo en la nuca, la que te advierte que alguien te observa aunque estés sola en una habitación.

​Sin embargo, lo que más me perturbaba no era el conflicto, sino la falta de él. Por alguna razón inexplicable, Noa empezó a actuar de una forma impecablemente profesional. Se movía por la empresa con una frialdad cortés, cumpliendo sus funciones como si las escenas de celos, los roces accidentales y las palabras susurradas al borde del abismo jamás hubieran existido. Para mí, ese cambio era una señal de alarma. El silencio de Noa era mucho más ruidoso que sus reclamos. Me preguntaba constantemente si estaba tramando una venganza silenciosa o si, de manera mucho más dolorosa, yo solo había sido un juego pasajero para él, un capricho que ya había pasado de moda.

​Por otro lado, al ver que Noa ya no me asediaba, César pareció recuperar su centro. La tempestad en sus ojos desapareció y nuestra relación volvió a una aparente normalidad. Pero yo lo sentía en el aire: algo había cambiado. Hay grietas que, aunque se cubran con pintura fresca, siguen fracturando la estructura por dentro.

​—Nana... —La voz de César me sacó de golpe de mis pensamientos.

​Levanté la mirada, parpadeando para regresar a la realidad del comedor. Estábamos cenando en su departamento, un lugar que siempre me había parecido acogedor, pero que esa noche sentía extrañamente pequeño. Las luces tenues y la música suave de fondo, que deberían ser románticas, me hacían sentir acorralada.

​—¿Estás bien? —insistió él, dejando el tenedor sobre el plato de porcelana con un tintineo metálico que me erizó la piel.

​—Sí, estoy bien —mentí. Traté de esbozar una sonrisa, pero sentí mis labios rígidos, una máscara de alegría que no llegaba a mis ojos.

​—¿Noa te volvió a molestar? —Su mirada se volvió afilada, buscando cualquier rastro de duda en mi rostro.

​—No, de verdad. Ya te dije que él ya no hace esas cosas —respondí rápidamente, quizás demasiado rápido—. Se ha portado muy bien y ha respetado sus límites. Es como si finalmente hubiera entendido su lugar.

​César asintió lentamente, aunque no pareció totalmente convencido. Apartó su plato de comida a un lado, un gesto que indicaba que la cena había pasado a segundo plano. Lo vi levantarse y rodear la mesa. Su presencia, que antes me daba seguridad, ahora me generaba una ansiedad sutil. Se acercó a mí y sentí su mano cálida acomodando un mechón de mi cabello detrás de mi oreja.

​—¿Qué haces? —susurré, sintiendo un nudo en el estómago.

​—Hace mucho que no pasamos tiempo de verdad, Nana. Solo nosotros dos, sin fantasmas ni terceras personas —murmuró inclinándose hacia mí.

​Sus labios buscaron los míos. Al principio, le correspondí por inercia, por esa deuda de afecto que sentía que le debía. El beso comenzó siendo suave, lento, con la dulzura que siempre había caracterizado a César. Era gentil, el tipo de beso que cualquier mujer desearía. Pero, de pronto, la atmósfera cambió. El beso se volvió urgente, cargado de una posesividad que me tomó por sorpresa. Se volvió brusco, una invasión de mi espacio personal que empezó a dejarme sin aliento. Sus manos me sujetaban con firmeza, y por un momento, sentí que me ahogaba en su perfume y en su insistencia.

​Traté de apartarme, de buscar un poco de oxígeno, pero César estaba perdido en su propio deseo, ignorando mis sutiles señales de rechazo.

​—César... necesito... aire... —logré articular entre besos, pero él seguía ahí, presionando—. César, por favor, basta.

​Finalmente, se detuvo. Sus ojos estaban oscuros, nublados por una pasión que yo no compartía en absoluto. Se inclinó hacia mi cuello, dejando besos que me hacían querer encogerme.

​—Nana, quiero dar el siguiente paso contigo —susurró contra mi piel—. Te quiero, y te deseo tanto.

​Cerré los ojos con fuerza. Traté de buscar dentro de mí esa chispa, esa conexión que hace que la piel se encienda. Debería estar sintiendo excitación, esa dulce anticipación del amor. Dios mío, de verdad me gusta César, es un hombre maravilloso, protector y leal... pero no lo deseaba. El contacto de su piel con la mía no encendía ningún fuego; al contrario, era como si mi cuerpo se estuviera apagando.

​Solté un suspiro tembloroso y, con toda la delicadeza que pude reunir, lo alejé de mí.

​—No esta noche, César —dije mientras me acomodaba el cabello con manos inquietas—. Lo siento. No eres tú, soy yo... De verdad, aún no creo que estemos listos para esto. No quiero arruinarlo por apurarnos.

​César se quedó inmóvil un segundo, mirándome fijamente, como si intentara leer lo que había detrás de mis excusas. Luego, su expresión se suavizó y me dedicó una sonrisa que me dolió más que un reclamo. Era la sonrisa de un hombre que decide ser paciente, aunque por dentro esté muriendo de decepción.

​—Está bien, nena. No quiero presionarte —dijo sentándose de nuevo en su lugar—. Cuando estés lista, solo avísame, ¿está bien? Mi amor por ti no depende de eso.

​Asentí con una sonrisa que me supo a ceniza. Terminamos de cenar rodeados de un silencio incómodo, un vacío que la música ambiental no lograba llenar. En ese momento, mientras veía a César recoger los platos, me golpeó una verdad devastadora. Noa ya no estaba interfiriendo, no había amenazas externas ni dramas de oficina. El problema de mi relación no era él.

​El problema era yo, y el hecho de que mi corazón latía por el hombre equivocado.




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