Navegando entre sueños y realidades

23

La ciudad nunca dormía, y esa noche, el zumbido del tráfico afuera del departamento de César parecía sincronizarse con el latido errático de mi corazón. Me despedí de él con un beso casto en la mejilla, una pequeña traición que pesaba como el plomo. Mientras bajaba en el ascensor, el reflejo en el espejo me devolvió la imagen de una desconocida. ¿Dónde estaba la Nana que se sentía segura de sus sentimientos? Al parecer, se había quedado atrapada en alguna parte entre los besos asfixiantes de César y la mirada gélida de Noa.

​Al llegar a mi casa, el silencio me recibió como un balde de agua fría. Mi familia, siempre tan brillante, tan ruidosa y exitosa, no estaba. Sus premios en las repisas parecían burlarse de mi confusión. "La pequeña Nana", la que no sabía qué quería, la que se refugiaba en los brazos de un músico porque era lo "seguro". Pero la seguridad se sentía ahora como una cárcel de seda. No podía quitarme de encima la sensación de los labios de César; no eran desagradables, pero carecían de esa chispa eléctrica que, muy a mi pesar, Noa había encendido con apenas una palabra en su oficina.

​A la mañana siguiente, el despertador sonó con una crueldad necesaria. Me vestí con un traje sastre gris, tratando de armarme para el día. Al llegar a la oficina, el ambiente estaba cargado. Ana me saludó con su energía habitual, hablándome de unos planes para el fin de semana, pero yo apenas podía procesar sus palabras.

​—¿Nana? Tierra llamando a Nana —dijo Ana, agitando una mano frente a mi cara—. Te estoy diciendo que César me preguntó por un vinilo de colección. ¿Crees que debería regalárselo?

​El nombre de César en labios de mi mejor amiga me produjo un pinchazo de culpa. Ella lo miraba con una devoción que yo, supuestamente su novia, ya no lograba encontrar en mí.

​—Seguro, Ana. Le encantará —respondí con voz plana, justo antes de que la puerta de la oficina principal se abriera.

​Noa salió caminando con una elegancia que me cortó la respiración. Llevaba una carpeta en la mano y ni siquiera se detuvo al pasar por nuestro escritorio. Su perfume, esa mezcla de sándalo y metal frío, se quedó flotando en el aire. No hubo miradas sugerentes, no hubo comentarios de doble sentido, ni siquiera ese roce "accidental" en el hombro que solía hacerme saltar. Era como si yo fuera un mueble más de la decoración.

​—Nana, necesito los informes de la campaña de invierno para mediodía. Déjalos en mi escritorio y no me interrumpas, tengo una junta con los directivos —dijo él sin mirarme, con una voz tan profesional que me hizo sentir pequeña.

​Pasé las siguientes tres horas mecanografiando datos, pero mi mente volaba. ¿Por qué me molestaba tanto su indiferencia? Se supone que esto era lo que quería, ¿verdad? Quería que me respetara, que fuera un jefe normal. Pero su indiferencia era una táctica de guerra más efectiva que su acoso. Me hacía dudar de mi propia cordura. ¿Acaso las escenas en la oficina habían sido producto de mi imaginación? ¿Había sido Noa solo un juego de poder y, una vez que ganó el control sobre mis pensamientos, decidió desecharme?

​Cerca del mediodía, entré a su oficina. El corazón me golpeaba las costillas. Él estaba de espaldas, mirando por el ventanal hacia el horizonte de la ciudad.

​—Aquí están los informes, señor —dije, acentuando la última palabra.

​Él no se giró.

​—Déjalos ahí. Puedes retirarte.

​Me quedé plantada en medio de la alfombra cara. La humillación empezó a hervir en mi sangre.

—¿Es esto lo que vas a hacer ahora? —solté antes de poder detenerme. Noa se giró lentamente. Su rostro era una máscara de absoluta neutralidad, pero sus ojos, esos ojos oscuros que parecían leer mis secretos más oscuros, brillaron con algo que no pude identificar.

​—¿Hacer qué, Nana? Estoy siendo el jefe que tanto me pediste que fuera. Estoy respetando tus límites, tu relación y tu espacio. ¿No es eso lo que querías?

​Su voz era suave, casi un susurro, pero cargada de una ironía que me dolió. Se acercó un paso, solo uno, pero fue suficiente para que el espacio entre nosotros se volviera pesado.

​—César está tranquilo, tú estás trabajando bien... —continuó él, rodeando su escritorio—. Todo está en orden. A menos que... este orden te resulte aburrido.

​—No es aburrido —mentí, retrocediendo hasta que mis talones chocaron con la puerta cerrada—. Es solo que... eres un hipócrita.

​Noa soltó una risa seca, carente de humor. Se inclinó hacia mí, apoyando una mano en la madera de la puerta, justo al lado de mi cabeza.

​—No, pequeña Nana. El hipócrita no soy yo. Yo sé perfectamente lo que quiero. Eres tú la que está ahí fuera jugando a la casita con un músico que no sabe cómo tocar las notas correctas en ti, mientras mueres de ganas de que yo pierda el control otra vez.

​Me quedé helada. La verdad dolía más que cualquier insulto. Noa se alejó de golpe, regresando a su silla con una frialdad absoluta.

​—Vete a almorzar, Nana. Tu amiga Ana y tu novio te esperan. No los hagas esperar por alguien que ya no sabe quién es.

​Salí de la oficina temblando. Al llegar a la cafetería, vi a Ana y a César sentados juntos, riendo. César me vio y levantó la mano para saludarme con esa sonrisa dulce y predecible que solía amansar mi mundo. Pero al verlo, solo pude pensar en las palabras de Noa. Él tenía razón en algo: estaba perdida, y lo peor era que empezaba a gustarme la forma en que él me encontraba en la oscuridad.




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