El espejo me devolvía la imagen de una mujer que apenas reconocía, pero que me encantaba. Mi cabello, esa mezcla rebelde de negro azabache y destellos rosados, caía en ondas perfectas sobre mis hombros, contrastando con la seda del vestido largo y escotado que había elegido para la noche más importante de mi carrera. No era solo un vestido; era mi armadura. Esta noche no era "la hija menor de la familia" ni "la novia del músico del momento". Esta noche, yo era la directora de la nueva institución que cambiaría la vida de cientos de niños con necesidades especiales.
Al llegar al lugar, el corazón me dio un vuelco. El antiguo edificio gris y desmoronado que recordaba ahora brillaba bajo las luces arquitectónicas. Las flores blancas adornaban la entrada y el murmullo de los invitados —empresarios, figuras públicas y prensa— creaba una atmósfera de triunfo que me hizo sentir, por primera vez, que finalmente había encontrado mi lugar en el mundo.
—Te ves increíble, Nana —la voz de César me sacó de mis pensamientos.
Él estaba allí, impecable en su traje oscuro, con su guitarra lista para la presentación acústica que daría más tarde. Me tomó de la cintura y me dio un beso rápido. Sin embargo, no pude evitar notar que su mirada se desviaba constantemente hacia las cámaras de los periodistas. César amaba la música, pero también amaba la atención que venía con ella. Sentí un pequeño vacío en el pecho. ¿Estaba allí por mí, o por la foto del evento del año?
—Gracias, César. Estoy muy nerviosa —confesé, buscando un poco de apoyo real.
—No tienes por qué. Todo está perfecto. Por cierto, ¿viste si llegó el productor de la cadena nacional? Me vendría bien hablar con él después de tocar.
Asentí con una sonrisa forzada. Él se alejó para saludar a un conocido, y yo me quedé allí, en medio del salón, sintiéndome extrañamente sola a pesar de la multitud.
—Nana, el evento es un éxito rotundo.
Esa voz. No necesitaba girarme para saber quién era. El tono profundo y autoritario de Noa vibró en mi nuca, provocándome un escalofrío que mi vestido escotado no podía ocultar. Me di la vuelta lentamente. Él vestía un esmoquin que parecía hecho por los mismos dioses, pero lo que más me impactó fue su mirada. No había rastro del jefe frío de los últimos días. Había orgullo, una chispa de posesividad y algo mucho más oscuro.
—Gracias, Noa. No hubiera sido posible sin... —iba a decir "tu ayuda", pero me corregí— sin la confianza de la empresa.
—No te mientas, Nana. Esto es obra tuya. Tu familia está por allá dándose el crédito ante la prensa, pero tú y yo sabemos quién puso el alma en estos cimientos —se acercó un paso más, ignorando las reglas de distancia que él mismo había impuesto en la oficina—. Ese color de pelo te hace ver peligrosa. Me gusta.
—Hoy soy la encargada aquí, Noa —le recordé con firmeza, tratando de mantener mi máscara profesional—. Por favor, mantén los límites.
—Los límites son conceptos subjetivos, especialmente cuando estamos en un edificio que me pertenece legalmente, pero que tú gobiernas emocionalmente —susurró él, bajando la voz para que solo yo pudiera escucharlo—. Disfruta tu noche, directora. Pero no olvides quién te vio brillar antes de que encendieras todas estas luces.
Él se alejó antes de que pudiera responder, dejándome con las manos temblorosas. El evento transcurrió como un torbellino. Di mi discurso de apertura, y aunque las piernas me flaqueaban, mi voz sonó segura. Hablé sobre la importancia de la educación especial, sobre los sueños de los niños y sobre reconstruir desde las cenizas. Al terminar, los aplausos inundaron el salón, y por un momento, me sentí invencible.
Sin embargo, la realidad volvió a golpearme cuando César subió al escenario para su acto musical. Mientras él cantaba una balada suave, sus ojos buscaban la cámara, no a mí. Y desde la esquina del salón, Noa me observaba sin parpadear, como un cazador que espera el momento exacto en que la presa se siente a salvo para atacar.
Me sentí atrapada en un triángulo asfixiante. Frente a mi el hombre que debería amar pero que no hace latir mi corazón A mi derecha, el hombre que me deseaba y me desafiaba, pero que representaba todo lo que yo debería evitar.
Salí a la terraza de la azotea buscando aire fresco. El frío de la noche chocó contra mi piel desnuda. Cerré los ojos, tratando de procesar el éxito del orfanato, pero el silencio de la azotea no duró mucho. Escuché la puerta abrirse detrás de mí.
—¿Huyendo de tu propia fiesta? —era la voz de Noa otra vez.
Esta vez no había nadie cerca. Estábamos solos, bajo el cielo estrellado de la ciudad, con el eco de la música de César subiendo débilmente desde el salón principal.
—Solo necesitaba un respiro —dije sin mirarlo.
—Necesitas mucho más que eso, Nana. Necesitas a alguien que te mire como el logro más grande de su vida, no como un accesorio para su carrera o una sombra de su familia famosa.
—¿Y tú crees que eres esa persona? —me giré, enfrentándolo.
Noa se acercó hasta que apenas unos centímetros nos separaban. El olor a tabaco caro y éxito me envolvió.
—Yo no creo nada. Yo sé que cada vez que ese músico te toca, tú estás pensando en cómo se sintió mi mano en tu cuello en aquella oficina. Sé que este orfanato es tu corazón, y que yo soy el único que se ha tomado la molestia de conocer cada rincón de él... y de ti.
Antes de que pudiera formular una respuesta, antes de que mi mente pudiera procesar la audacia de sus palabras o la cercanía peligrosa de su cuerpo, Noa acortó la distancia final. Sus manos se posaron con una seguridad electrizante en mi cintura, y luego, sin un segundo de duda, sus labios se estrellaron contra los míos.
El beso fue un torbellino. No era suave como los de César, ni gentil. Era posesivo, demandante, cargado de toda la tensión no dicha, de los desafíos silenciosos y de la atracción prohibida que habíamos estado negando. Mi mente gritaba "¡No!", pero mi cuerpo, traicionero, respondió con una chispa de fuego que se extendió por cada fibra. Sus labios se movían con una pericia que me hizo perder el aliento, sus manos apretaban mi cintura, acercándome hasta que no hubo espacio entre nosotros. Sentí el pulso de su deseo, fuerte y claro, y por un instante aterrador, me abandoné. Respondí al beso con una intensidad que me sorprendió a mí misma, mis dedos se aferraron a la solapa de su esmoquin, buscando anclaje en el vértigo.
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Editado: 03.02.2026