Navegando entre sueños y realidades

25

​Para el mundo, Ana era la chica afortunada. La hija del exitoso empresario Noa, la joven que creció entre paredes de mármol, viajes en primera clase y vestidos de diseñador. Pero nadie veía las grietas en las paredes de cristal. Mis recuerdos de infancia no son de juegos, sino del eco de los gritos de mis padres resonando por los pasillos de una mansión que se sentía más como un museo frío que como un hogar. En medio de ese caos, de platos rotos y silencios de hielo tras el divorcio, encontré mi único refugio: una melodía.

​La primera vez que escuché la voz de César, yo era apenas una adolescente tratando de no llorar mientras mi padre empacaba sus maletas para otro viaje de negocios infinito. Su música no era solo sonido; era un abrazo. Me convertí en su fan más devota, siguiendo cada nota, cada entrevista, cada paso de su carrera naciente. Él era mi luz. Por eso, cuando conocí a Nana y descubrí que su hermano era el líder de la banda de César, sentí que el destino finalmente me estaba recompensando.

​Conocerlo en persona fue el mejor día de mi vida, y también el más doloroso. Porque en el segundo en que César miró a Nana, supe que para él, yo siempre sería "la amiga". La sombra. La que sostiene el bolso mientras él busca los labios de otra.

​Aun así, me quedé. Lo apoyé en secreto, celebrando sus triunfos desde la primera fila y llorando sus derrotas en la oscuridad de mi habitación. Pero todo cambió aquella noche de la fiesta de máscaras. El alcohol, la música alta y el anonimato de los disfraces crearon una burbuja peligrosa. Bajo el encaje de mi antifaz, me sentí valiente por primera vez. César estaba frustrado, herido por algún desplante de Nana, y yo estaba allí. Cuando me tomó de la mano y nos refugiamos en aquel rincón oscuro, no me importó que él no supiera quién era yo. Le entregué mi virginidad, mi tesoro más preciado, sintiendo que por unos minutos nuestras almas finalmente se encontraban.

El silencio que siguió al acto fue más ruidoso que la música que aún retumbaba en las paredes de la suite del hotel. El aire estaba cargado de un calor residual, del aroma a alcohol y del perfume caro que se había mezclado en la oscuridad. Yo permanecía inmóvil, con las sábanas de seda apretadas contra mi pecho, sintiendo el latido de mi corazón como un tambor frenético. Por unos minutos, bajo el amparo de la penumbra y los disfraces desechados en el suelo, yo había sido suya. No la "hija de Noa", no la "mejor amiga de Nana", sino la mujer que César deseaba.

​Pero entonces, él estiró la mano hacia la lámpara de la mesa de noche. El clic del interruptor fue como un disparo.

​La luz amarillenta inundó la habitación, obligándonos a parpadear. César se incorporó, pasando una mano por su cabello alborotado, todavía con la respiración entrecortada. Se giró para mirarme, esperando encontrar el rostro de la desconocida con la que creía haber escapado de la fiesta. Cuando sus ojos se enfocaron en mi rostro, el color desapareció de su piel en un instante.

​—¿Ana? —su voz salió como un susurro roto, cargado de un horror que me atravesó el alma—. ¿Qué... qué haces tú aquí?

​—César... —traté de decir, pero mi voz se quebró. Extendí una mano hacia él, buscando el calor que hace un momento nos unía, pero él se alejó como si mi tacto quemara.

​—No puede ser. Dios mío, Ana, ¿por qué no dijiste nada? —Él se levantó de la cama de un salto, buscando desesperadamente sus pantalones en el suelo—. ¡Llevabas la máscara de encaje! Estábamos bebiendo, yo pensé... yo estaba seguro de que eras ella.

​—¿Ella? —repetí, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a nublar mi vista—. ¿Ella es Nana, verdad? Todo este tiempo, incluso cuando me tenías entre tus brazos, ¿estabas pensando en ella?

​César se detuvo en seco, con la camisa a medio abotonar. Se giró a mirarme y, por un segundo, vi la culpa en sus ojos, pero fue rápidamente reemplazada por una determinación egoísta.

​—Ana, escúchame bien —dijo, acercándose al borde de la cama pero manteniendo una distancia cruel—. Esto ha sido un error. Un error terrible de los dos. Yo amo a Nana. Ella es todo para mí, es la única razón por la que soporto las presiones de esta carrera.

​—¡Yo también te amo, César! —grité, dejando que las lágrimas cayeran por fin—. Te he amado desde que no eras nadie, desde que solo eras un chico con una guitarra en un garaje. Te di mi primera vez esta noche porque para mí esto no fue un error, fue el sueño de toda mi vida.

​César cerró los ojos y soltó un suspiro pesado, casi de fastidio. Se sentó en la silla frente a la cama, ocultando su rostro entre las manos.

​—Ana, por favor... no me hagas esto. No ahora. Si Nana se entera de esto, la perderé para siempre. Y tú perderás a tu mejor amiga. ¿Quieres eso? ¿Quieres destruir nuestra amistad y mi relación por una noche de confusión?

​—¿Confusión? —solté una risa amarga que sonó más como un sollozo—. Me usaste, César. Me usaste para llenar un vacío que ella dejó.

​—¡Tú no me detuviste! —replicó él, levantando la voz—. Tú sabías que yo no sabía quién eras. Te quedaste callada, Ana. Fuiste cómplice de esto.

​El silencio volvió a caer sobre nosotros, más pesado que antes. Me sentí pequeña, sucia y desesperadamente sola. Él tenía razón en una cosa: yo me había callado porque quería esos minutos de ilusión, aunque fueran falsos.

​—Nadie puede saberlo, Ana —continuó él, ahora con un tono más suave, casi de súplica, acercándose para tomar mis manos frías—. Si me tienes un poco de cariño, si de verdad me apoyas como siempre dices, júrame que esto se queda en esta habitación. Nana no puede sufrir por un descuido nuestro. Yo la quiero, Ana. Quiero casarme con ella, formar una vida. Por favor... ayúdame a proteger lo que tenemos con ella.

​Miré sus manos envolviendo las mías. Eran las manos de un músico, las manos que habían creado las canciones que me salvaron de mi soledad, las mismas manos que acababan de recorrer mi cuerpo con una pasión que ahora él llamaba "descuido". Mi corazón se rompió en mil pedazos, pero incluso en medio de las ruinas, mi amor por él era una enfermedad que no podía curar.




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