Todavía podía sentir el rastro del perfume de Noa en mi cuello, una mezcla de sándalo y peligro que parecía haberse filtrado bajo mi piel. Mientras caminaba por los pasillos de la empresa, sentía que cada persona que me saludaba podía ver la marca de su beso, como si llevara una letra escarlata grabada en la frente. Anoche, en esa azotea, no solo inauguramos un orfanato; inauguramos mi propia ruina. Lo que sentí cuando Noa me tomó por la cintura no fue amor, fue una descarga eléctrica que me recordó que estoy viva, pero de una forma retorcida que me hace odiarme a mí misma.
Me encerré en mi oficina y me dejé caer en la silla, ocultando el rostro entre las manos. César. El nombre de mi novio resonaba en mi cabeza como una acusación. Él es la luz, la calma, el hombre que me compuso una canción para celebrar mi éxito profesional. Y yo, mientras él cantaba a pocos metros, estaba permitiendo que su amigo y mi jefe me reclamara como suya. La dualidad me estaba partiendo en dos. ¿Cómo podía desear la oscuridad de Noa y necesitar la paz de César al mismo tiempo?
El sonido agudo de una notificación rompió el silencio. Mi corazón dio un vuelco. Esperaba un mensaje de César diciéndome que me amaba, algo que me hiciera sentir un poco menos sucia. Pero el remitente era un número desconocido.
Al abrirlo, el aire se congeló en mis pulmones.
"¿Qué tal estuvo el aire en la azotea, Nana? El vestido azul se veía hermoso bajo la luna... y en los brazos de tu jefe."
Mis dedos flaquearon y el teléfono resbaló sobre el escritorio. Un sudor frío me perlo la frente. Antes de que pudiera procesar la amenaza, llegó un segundo mensaje: una imagen. Mi propia imagen. Se veía perfectamente la azotea, la luz tenue de la ciudad al fondo, y mi cuerpo entregado a la intensidad de Noa. Se veía mi traición con una nitidez que me hizo querer vomitar. Alguien había estado allí. Alguien nos había visto en el momento exacto en que mis labios se unieron a los del padre de mi mejor amiga.
—No, no, no... esto no puede estar pasando —susurré, sintiendo que las paredes de la oficina se cerraban sobre mí.
Miré a través del cristal hacia el área común. ¿Quién había sido? ¿Un periodista? ¿Un empleado resentido? ¿Un enemigo de mi familia? La paranoia se apoderó de mí. Cada vez que alguien pasaba cerca de mi puerta, sentía que se burlaba de mí en silencio. La "hermana menor perfecta", la "orgullo de la familia", estaba a un clic de convertirse en el escándalo nacional que destruiría el orfanato y la carrera de todos los que amaba.
Entonces, un tercer mensaje apareció, más letal que los anteriores:
"Tienes 24 horas para terminar con César. No quiero explicaciones, no quiero excusas. Dile que ya no lo amas. Si mañana a esta hora siguen juntos, la foto llegará a su teléfono, a tu familia y a todos los periódicos. Elige: tu relación o tu vida entera."
Un sollozo ahogado escapó de mi garganta. El chantajista no pedía dinero. No pedía favores. Quería mi soledad. Quería que destruyera a César. Era un ataque personal, una crueldad que no lograba comprender. Justo en ese momento de quiebre absoluto, la puerta se abrió suavemente.
En medio de mi colapso silencioso, escuché dos golpes firmes en la puerta. Antes de que pudiera responder o limpiar mis lágrimas, la puerta se abrió con una autoridad que solo una persona poseía.
Noa.
Entró con la elegancia de un depredador que domina su territorio. Cerró la puerta tras de sí con un clic metálico que resonó en mis oídos como una sentencia. Al verme, sus cejas se arquearon levemente. Su mirada recorrió mi rostro pálido, mis ojos hinchados y mis manos temblorosas que aún apretaban el teléfono contra mi pecho.
—Nana —dijo su voz profunda, esa voz que anoche me había susurrado promesas prohibidas al oído—. Estás pálida. Pareces haber visto a un fantasma.
Se acercó a mi escritorio, ignorando cualquier barrera profesional. Noa no era un hombre que pedía permiso; él simplemente tomaba lo que quería. Se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos grandes sobre la madera, rodeándome con ese aroma a éxito y tabaco que ahora me resultaba sofocante.
—No me digas que el éxito de anoche te ha dado vértigo —comentó con una sonrisa cínica, pero su expresión cambió al notar que yo no podía sostenerle la mirada—. ¿Qué sucede?
—Alguien... alguien nos vio, Noa —logré decir, mi voz apenas un susurro quebrado—. Me están enviando mensajes. Tienen una foto de nosotros en la azotea.
El silencio que siguió fue absoluto. Observé la reacción de Noa, esperando ver miedo o al menos una pizca de preocupación. Pero él se mantuvo imperturbable. Sus ojos se oscurecieron, volviéndose dos pozos negros de cálculo.
—Muéstramelo —ordenó.
Le entregué el teléfono con la mano temblando. Él miró la pantalla durante lo que parecieron siglos. Sus dedos se deslizaron por el cristal, ampliando la imagen de nuestro beso. Una risa seca, casi imperceptible, escapó de sus labios.
—Un ángulo excelente —murmuró, como si estuviera juzgando una obra de arte y no la prueba de nuestra ruina—. ¿Y qué quiere este fantasma a cambio de su silencio? ¿Dinero? ¿Poder?
—Quiere que deje a César —respondí, sintiendo una nueva oleada de lágrimas—. Me dio 24 horas. Si no rompo con él, enviará la foto a la prensa y a mi familia. Noa, van a destruir mi vida. ¡Mi familia me va a repudiar!
Noa rodeó el escritorio y se agachó a mi altura, tomándome del mentón para obligarme a mirarlo. Su cercanía era magnética y aterradora al mismo tiempo. En ese momento, sentí que él no era un aliado, sino un arquitecto del caos que disfrutaba de la situación.
—¿Y qué vas a hacer, Nana? —preguntó, ignorando mi pánico—. ¿Vas a dejar que un cobarde detrás de un teléfono decida tu futuro? ¿O vas a entender que esto es una señal de que ese músico nunca fue suficiente para ti?
—¡Él es lo único puro que tengo! —grité, tratando de apartarme, pero él no me soltó—. Tú no lo entiendes. César me ama de verdad. No soy un trofeo para él, ni una conquista, ni un negocio.
#13352 en Novela romántica
#2598 en Chick lit
amor imposible, vida tiempo y sentimientos, confusión y advertencia
Editado: 03.02.2026