Llegué al departamento de César con el alma pendiendo de un hilo. Mis manos temblaban tanto que me costó encajar la llave en la cerradura. Al entrar, el olor a su perfume y el sonido suave de una melodía que estaba componiendo me golpearon como una bofetada. Él estaba allí, sentado en el sofá con su guitarra, luciendo tan puro, tan ajeno a la suciedad que me envolvía desde que Noa me besó en la terraza.
—¡Nana! —exclamó al verme, dejando la guitarra a un lado y corriendo hacia mí—. Estaba preocupado, no respondías mis mensajes. ¿Qué pasa? Estás pálida, pareces un fantasma.
No pude más. El peso de la amenaza, el miedo al escándalo y la presión de Noa explotaron en mi pecho. Me derrumbé en sus brazos, sollozando con una desesperación que lo dejó paralizado.
—César, alguien... alguien nos está haciendo daño —logré decir entre hipos, aferrándome a su camisa—. Recibí un mensaje anónimo... una foto... Tiene que ver con nosotros, con nuestra relación. Dicen que si no te dejo, van a destruir mi vida.
Sentí que el cuerpo de César se tensaba de una forma antinatural. No fue el abrazo de consuelo que esperaba. Sus brazos se aflojaron y retrocedió un paso, mirándome con unos ojos cargados de un terror que no entendí al principio. Su rostro, antes lleno de preocupación, ahora era una máscara de culpa absoluta.
—¿La foto? —susurró, con la voz quebrada—. ¿Ya... ya la viste? Dios mío, Nana, lo siento tanto. Yo no quería que te enteraras así. Ella me juró que no diría nada...
Me quedé congelada en medio de la sala. El llanto se detuvo en seco, reemplazado por una confusión fría que me recorrió la columna.
—¿De qué estás hablando, César? —pregunté, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano—. ¿Qué tiene que ver "ella" con esto? ¿Quién me juró qué?
César palideció aún más, si es que eso era posible. Abrió la boca para hablar, pero solo salieron sonidos inconexos. Trató de acercarse a mí, de tomar mis manos, pero yo retrocedí.
—No, no... olvídalo —dijo rápidamente, tratando de recomponerse—. Pensé que hablabas de otra cosa. Los nervios por el orfanato me tienen mal. Olvida lo que dije, ¿sí? Enséñame el mensaje que recibiste.
—¡No voy a olvidar nada! —grité, y mi voz resonó en las paredes del departamento—. Dijiste "ella". ¿Quién es ella? ¿Qué es lo que no querías que me enterara? ¡César, dímelo ahora mismo!
Él se hundió en el sofá, ocultando el rostro entre las manos. El silencio que siguió fue el más pesado de mi vida. Sabía que estaba a punto de escuchar algo que cambiaría mi percepción de la "pureza" de César para siempre.
—Fue la noche de la fiesta de máscaras, Nana —empezó a decir, sin mirarme—. Yo estaba borracho, Alguien llevaba una máscara igual a la tuya... yo estaba seguro de que eras tú. Nos fuimos a un hotel y... cuando encendí la luz, me di cuenta de que era Ana.
El mundo se detuvo. Sentí un pitido agudo en los oídos. ¿Ana? ¿Mi mejor amiga? ¿La persona en cuyo hombro lloré esta mañana por el chantaje de la foto?
—¿Tú y Ana? —mi voz salió como un susurro carente de toda fuerza—. ¿Te acostaste con mi mejor amiga?
—¡Fue un error! —exclamó él, levantándose, tratando de alcanzarme—. ¡Ella llevaba la máscara! Yo pensaba en ti todo el tiempo, Nana. Le supliqué que guardara el secreto porque no quería perderte. Ella aceptó por amor a nuestra amistad...
La risa que escapó de mi garganta fue amarga y llena de odio. Ana lo sabía. Ella se había entregado al hombre que yo amaba y luego me miró a los ojos durante meses, fingiendo ser mi apoyo. La traición era tan vasta que no podía procesarla. Pero antes de que pudiera lanzarle a César todo el desprecio que sentía, el sonido de una notificación interrumpió el caos.
No fue mi teléfono. Fue el de él.
César, temblando, sacó el celular de su bolsillo. Vi cómo su expresión cambiaba de la culpa al horror más absoluto. Sus manos flaquearon y el teléfono cayó sobre la alfombra, con la pantalla hacia arriba.
Me incliné para verlo. El corazón se me detuvo.
Era la foto. La foto de la azotea. Noa y yo, fundidos en ese beso prohibido, con el vestido azul brillando bajo las luces. El mensaje que acompañaba la foto en el teléfono de César era corto y letal:
"Parece que no eres el único que tiene secretos, César. Mientras tú llorabas por tu error con Ana, tu preciosa Nana se entregaba al hombre que te paga el sueldo. Disfruta la función."
Miré a César. Él me miró a mí. En esa habitación ya no quedaba nada de la pareja perfecta que el mundo envidiaba. Éramos dos traidores mirándose sobre los escombros de una relación basada en mentiras. El círculo se había cerrado. Ana nos había destruido a ambos, y ahora, en medio del silencio sepulcral del departamento, me di cuenta de que el "acosador" no solo quería que rompiéramos. Quería que nos odiáramos hasta las cenizas.
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Editado: 03.02.2026