Navegando entre sueños y realidades

28

El silencio que siguió a la aparición de la foto en la pantalla del celular de César fue más ensordecedor que cualquier grito. Me quedé mirando la imagen de mi propio cuerpo entregado a Noa, sintiendo una náusea que me subía por la garganta. Al mismo tiempo, la confesión de César sobre Ana seguía martilleando en mi cabeza. Éramos dos extraños desnudados por la verdad en medio de una habitación que, hasta hace diez minutos, olía a hogar.

​César fue el primero en reaccionar. Soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de alegría, y pateó el teléfono lejos de él, como si el aparato fuera un animal venenoso.

​—¿Noa? —preguntó, con la voz rota por una rabia contenida—. ¿De todas las personas en este maldito mundo, tenía que ser él? El hombre que me contrata, el padre de tu mejor amiga... ¿Así es como te "encontrabas a ti misma", Nana? ¿En los brazos de un tipo que te dobla la edad?

​—¡Tú no tienes derecho a juzgarme! —le grité, y las lágrimas que antes eran de tristeza ahora ardían de pura furia—. ¡Tú te acostaste con Ana! Mi única amiga, la persona en la que confiaba más que en mi propia sombra. Me miraste a la cara durante meses, me besaste con esos mismos labios que la tocaron a ella, y me pediste perdón por un "error" que ocultaste por pura cobardía.

​—¡Lo hice para no perderte! —rugió él, acercándose tanto que podía sentir el calor de su indignación—. Estaba desesperado, Nana. Me sentía solo porque tú siempre estabas lejos, siempre ocupada siendo la hija perfecta, siempre inalcanzable. Ana estaba allí, ella me escuchaba...

​—¡Pues quédate con ella! —lo empujé con todas mis fuerzas, sintiendo cómo el corazón se me hacía añicos—. Si ella es la que te escucha y la que se pone máscaras para complacerte, ¡ve con ella! Pero no me vengas con excusas baratas. Me engañaste con mi mejor amiga y me pediste que viviera en una mentira para proteger tu maldito ego.

​César retrocedió, golpeando la mesa donde descansaba su guitarra. El sonido de las cuerdas vibrando en el vacío fue como un lamento fúnebre.

​—¿Y tú qué, Nana? —preguntó, bajando el tono a un susurro lleno de veneno—. ¿Qué buscabas en Noa? ¿Poder? ¿Seguridad? ¿O simplemente querías demostrarle al mundo que podías ser tan sucia como el resto de tu familia famosa? Me das asco. El orfanato, tu discurso de bondad... todo es una farsa si estabas revolcándote con él en la azotea de tu propio triunfo.

​La bofetada que le di resonó en todo el departamento. Mi mano me ardía, pero el dolor en mi pecho era mucho peor. César se llevó la mano a la mejilla, mirándome con una mezcla de odio y una tristeza tan profunda que me obligó a apartar la vista.

​—Se acabó, César —dije, y mi voz salió extrañamente tranquila, con la paz que solo da la derrota total—. No podemos volver de esto. No importa cuánto nos hayamos querido, no importa la música que compusiste para mí ni los sueños que construimos. Nos destruimos el uno al otro antes de que el mundo tuviera oportunidad de hacerlo.

​—Nana, espera... —él trató de alcanzar mi brazo, y por un segundo vi al chico que me enamoró, al músico que buscaba refugio en mis abrazos—. Te amo. A pesar de todo, a pesar de la mierda que hicimos... no sé cómo vivir sin ti.

​—Ese es el problema —respondí, soltándome de su agarre con una firmeza que me sorprendió—. Nos amamos de una forma que nos está matando. Yo no puedo mirarte sin pensar en Ana en tu cama, y tú no puedes tocarme sin imaginar las manos de Noa en mi cintura. El cariño no es suficiente cuando ya no queda ni un gramo de respeto.

​Caminé hacia la puerta, sintiendo que cada paso pesaba una tonelada. César se quedó allí, parado en medio de las ruinas de nuestra relación, con la foto de mi traición todavía brillando en el suelo y el eco de su propia infidelidad flotando entre nosotros.

​—Dile a Ana que ya no tiene que esconderse —añadí antes de salir—. Dile que ya puede tenerte por completo. Supongo que ella ganó, después de todo.

​Cerré la puerta tras de mí y me apoyé en el frío mármol del pasillo. Estaba sola. Había perdido al hombre que amaba, a mi mejor amiga y, muy pronto, probablemente perdería a mi familia cuando esa foto se hiciera pública. Pero mientras bajaba en el ascensor, sentí que la máscara que había llevado toda mi vida finalmente se había roto. Ya no era la pequeña Nana, la protegida, la perfecta. Era solo una mujer en medio de un desastre, y por primera vez, no tenía a nadie que me salvara.




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