La ciudad parpadeaba bajo la oscuridad de la madrugada, ajena al torbellino que se desataba en la suite de lujo de Ana. Las luces de los rascacielos reflejaban un frío brillo en los ventanales, mientras que en el interior, Ana se movía con la precisión gélida de una depredadora satisfecha. Vestía una bata de seda negra, que caía sobre su cuerpo como una segunda piel, y una sonrisa amarga adornaba sus labios mientras su pulgar se cernía sobre la pantalla de su teléfono. La imagen de Nana y Noa, un momento robado en la azotea del orfanato, se iluminaba con una brillanteza maliciosa.
Ella no sentía remordimientos. Solo una profunda y liberadora satisfacción. Cada noche que César había pasado con Nana, cada palabra de amor que le había dedicado, cada momento de silencio que ella había soportado mientras guardaba su propio secreto, culminaba en este instante. La traición tenía un sabor dulce y picante a la vez.
Con un último aliento cargado de años de dolor y humillación, Ana pulsó el botón de "publicar". No lo hizo en un perfil, sino que envió la imagen a una docena de periodistas de chismes, a los principales portales de noticias del entretenimiento y a las cuentas de redes sociales más influyentes. El mensaje que la acompañaba era corto y contundente: "La verdad detrás de la perfecta Nana y el poderoso Noa: un romance prohibido en el orfanato. ¿Y dónde está César, el novio músico?"
En cuestión de segundos, la bomba fue lanzada. El teléfono de Ana vibró con las primeras notificaciones: retuits, compartidos, comentarios que ya empezaban a viralizarse. El mundo dormido de Seúl estaba a punto de despertar a un escándalo que sacudiría a la famosa familia hasta sus cimientos. Ella sonrió, una sonrisa sin alegría, vacía de esperanza, pero llena de una venganza que le calaba hasta los huesos. Noa y Nana habían profanado su santuario, y ahora arderían en las llamas que ella misma había encendido.
Apenas unos minutos después, el timbre de su departamento resonó con una urgencia brutal. Ana no necesitaba adivinar quién era. Caminó hacia la puerta con una calma calculada, ajustándose el cinturón de su bata. Al abrir, encontró a César parado allí, con el cabello alborotado, los ojos inyectados en sangre y el rostro descompuesto por una mezcla de rabia y devastación. Su teléfono temblaba en su mano, la pantalla iluminada con la imagen de Nana y Noa que ya estaba en todas partes.
—¡Ana! —gritó, su voz ronca de dolor—. ¡Qué mierda hiciste! ¿Por qué? ¿Por qué la humillaste así? ¡Está en todas partes! ¡Mi celular no deja de sonar!
Ana lo miró fijamente, sin parpadear, sin una pizca de arrepentimiento. Se hizo a un lado, invitándolo a pasar con un gesto frío. César irrumpió en la sala, sus pasos resonando como golpes en el mármol.
—¿Por qué? ¿De verdad me preguntas por qué, César? —su voz era un susurro helado que cortaba el aire—. ¿No te parece que ya es suficiente? ¿Suficiente de ser la amiga perfecta que te ve besando a otra, que te consuela cuando te sientes frustrado por ella, que te aguanta cuando me usas para olvidar tus penas?
—¡Esto no tiene nada que ver con nosotros! —César se acercó, apretando los puños—. ¡Esto es una crueldad! Nana está destrozada, su familia...
—¡Ella no te valora! —Ana explotó, la calma inicial se desmoronó para dar paso a una furia contenida por demasiado tiempo. Sus ojos brillaron con lágrimas de rabia—. ¡Ella nunca te valoró, César! Siempre fuiste su segundo plato, su escape de una vida que le parecía aburrida. ¿Y mientras tú la esperabas como un perro faldero, qué hacía ella? ¡Se revolcaba con mi padre! El hombre que me abandonó, el hombre que solo ve a las mujeres como trofeos, el hombre que yo tengo que llamar "papá".
Se acercó a él, acortando la distancia con una ferocidad inesperada. Sus dedos se clavaron en el pecho de César, empujándolo levemente.
—Tú me pediste que me callara, César. Me pediste que guardara el secreto de aquella noche para protegerla a ella, la "perfecta" Nana, mientras ella te engañaba con mi propio padre. ¿Y yo qué? ¿Dónde quedó mi dolor? ¿Dónde quedó la humillación de tener que sonreírle a la mujer que me quitó al único hombre que me había conmovido?
César la escuchaba, su rabia inicial transformándose en una abrumadora ola de dolor y confusión. Las palabras de Ana eran un reflejo brutal de su propia traición. Miró la pantalla de su teléfono, donde la foto de Nana y Noa seguía brillando, y luego miró a Ana, sus ojos rojos e inyectados en sangre.
—Ella me rompió el corazón, Ana —susurró, con la voz quebrada. La furia se había ido, reemplazada por una devastación profunda. El orgullo, la ira, todo se desvaneció, dejándolo vulnerable—. Creí que la amaba... creí que podíamos tener una vida juntos. Pero me mintió, me usó...
—Yo no te mentí, César —Ana se acercó aún más, sus ojos brillando con una intensidad que lo hipnotizó—. Yo te amé desde el primer día que escuché tu música. Yo te di todo, sin máscaras, sin mentiras, sin juegos de poder. Yo te habría puesto en un pedestal, te habría adorado. Nana nunca te amó como yo. Ella no sabe lo que es el amor verdadero.
Sus palabras eran veneno y bálsamo a la vez. César se sentía despojado, humillado, y en los ojos furiosos de Ana, encontró un eco de su propio dolor. La soledad, el rechazo, la traición. Todo se agolpó en su mente. Miró a Ana, a la mujer que había sacrificado su virginidad por él, la mujer que ahora le gritaba la verdad de su humillación, y en medio de su propio naufragio emocional, vio un faro. Un faro peligroso, sí, pero un faro al fin y al cabo.
—Ana... —su voz era apenas un susurro.
Ella no esperó más. Su mano se deslizó por el cuello de César, atrayéndolo hacia ella. Sus labios se encontraron en un beso que no fue tierno ni dulce, sino una explosión de desesperación, rabia y necesidad. Era un beso hambriento, cargado con el peso de la traición y el anhelo reprimido. César respondió con la misma intensidad, sus manos aferrándose a la cintura de Ana con una fuerza posesiva.
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Editado: 03.02.2026