Navegando entre sueños y realidades

30

Caminaba por las calles de Seúl como un cuerpo sin alma. El frío de la madrugada calaba mis huesos, pero no era nada comparado con el hielo que sentía en el pecho tras dejar el departamento de César. Sus palabras seguían doliendo, pero era la traición de Ana lo que realmente me estaba asfixiando. La ciudad parecía observarme, las luces de neón se sentían como ojos inquisidores. Sin darme cuenta, mis pies me guiaron hacia el único lugar donde, a pesar de la lógica y la moral, me sentía extrañamente vista: la residencia de Noa.

​Cuando llegué, apenas podía mantenerme en pie. La seguridad me dejó pasar de inmediato, como si estuvieran esperando mi llegada. Noa me recibió en su estudio, una habitación que olía a cuero, tabaco de alta gama y ese poder silencioso que siempre lo rodeaba. Estaba de espaldas, mirando por el ventanal, sosteniendo un vaso de cristal con un líquido ambarino.

​—Sabía que vendrías —dijo sin girarse. Su voz era un bálsamo oscuro.

​—Noa... no sé qué hacer —mi voz se quebró. Me dejé caer en uno de los sillones de piel—. César lo sabe. Alguien le mandó la foto. Ana se acostó con él hace meses... todo es un desastre.

​Noa se giró lentamente. No había sorpresa en su rostro, solo una determinación fría que me heló la sangre. Se acercó a mí y dejó el vaso sobre la mesa antes de sentarse frente a mí.

​—Sé quién es el acosador, Nana. Mi equipo de seguridad rastreó el origen de los mensajes y las filtraciones.

​Contuve el aliento. Mi corazón latía con una fuerza dolorosa.

—¿Quién?

​—Ana. Mi propia hija —soltó él, sin un ápice de emoción en su tono, como si estuviera informándome sobre una baja en la bolsa de valores.

​Solté un suspiro largo, un sonido que llevaba meses contenido en mis pulmones. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en el respaldo del sillón. No sentí la sorpresa que debería haber sentido. En lugar de eso, sentí una fatiga absoluta.

​—Lo sospechaba... —susurré—. Siempre lo supe, en el fondo. Veía cómo lo miraba. Se lo pregunté tantas veces, Noa. Le dije: "Ana, si te gusta César, dímelo". Pero ella siempre lo negó. Se escondió tras esa máscara de mejor amiga perfecta mientras acumulaba veneno.

​—Ella nunca supo jugar sus cartas —sentenció Noa—. Y ahora ha decidido incendiar el casino entero.

​En ese preciso instante, ambos teléfonos vibraron sobre la mesa de centro con una insistencia frenética. El sonido de las notificaciones era como una alarma de guerra. Con manos temblorosas, tomé mi celular. Al encender la pantalla, el mundo se me vino encima. Allí estaba. En todos los portales de chismes, en las redes sociales, en los titulares de última hora. La foto de la azotea. El escándalo de la "Heredera" y el magnate.

​Sentí que el aire me faltaba. Mi familia, mi carrera, el orfanato... todo lo que había construido para separarme del estigma de ser solo "la menor de los famosos" se estaba desintegrando en tiempo real. Un sollozo seco escapó de mi garganta y cubrí mi rostro con las manos, esperando que la tierra me tragara.

​Pero entonces, sentí unas manos grandes y firmes tomándome de las muñecas. Noa me obligó a levantar la vista. Sus ojos negros no mostraban pánico, solo una seguridad absoluta, casi aterradora.

​—Mírame, Nana —ordenó—. Que el mundo arda si quiere. Yo soy el dueño de las llamas. No voy a dejar que te destruyan. Te daré la seguridad que ese músico nunca pudo darte. Te daré el poder que tu familia te niega. Vamos a salir de esta, porque tú no eres una víctima. Eres mi fénix rosa, y vas a resurgir de estas cenizas con más fuerza que nunca.

​Me quedé helada. Esas palabras... "Fénix rosa". El aire se detuvo en mis pulmones mientras una memoria que había estado bloqueada por el alcohol y la confusión de aquella noche de máscaras regresaba con una claridad violenta. El hombre de la máscara de terciopelo negro, el que me tomó en aquel reservado, el que me susurró al oído que yo era lo más hermoso y letal que había visto antes de que le entregara mi virginidad...

​—Tú... —susurré, mis ojos abriéndose con asombro—. Fuiste tú. El Oscuro.

​Noa no apartó la mirada. Una pequeña y peligrosa sonrisa curvó sus labios y asintió lentamente.

—Siempre fui yo, Nana. Desde esa noche, supe que no podrías volver a los brazos de un niño después de haber conocido la oscuridad.

​Todas las piezas encajaron. El magnetismo que sentía por él, la forma en que mis sentidos se alertaban con su presencia, el desinterés que empecé a sentir por César... no era solo por el poder de Noa. Era porque mi cuerpo ya lo reconocía. Él era el hombre que me había marcado primero.

​Sin pensarlo, me lancé hacia él. No hubo duda, no hubo culpa por Ana, ni rastro de dolor por César. Lo besé con una ferocidad que me sorprendió, buscando de nuevo ese sabor a peligro que me hacía sentir real. Noa respondió con una intensidad posesiva, levantándome del sillón para pegarme a su cuerpo. Sus manos recorrieron mi espalda con una familiaridad experta, bajando hasta mis caderas para atraerme hacia él.

​Me llevó hacia su habitación en silencio, una estancia envuelta en sombras y lujo. Cuando me dejó sobre la cama, la seda de las sábanas se sintió fría contra mi piel, pero el calor que emanaba de él era abrasador. No hubo palabras dulces, no hubo promesas de amor eterno; solo una necesidad mutua de devorarnos para olvidar el caos exterior.

​Noa se deshizo de su ropa con una calma que me ponía los nervios de punta. Cuando su cuerpo se unió al mío, sentí que finalmente regresaba a casa, a esa casa oscura que me pertenecía. Sus manos, firmes y exigentes, exploraron cada rincón de mi cuerpo, reclamando el territorio que ya era suyo. Sus labios descendieron por mi cuello, dejando marcas de fuego que César nunca se atrevió a dejar.

​El encuentro fue salvaje, una batalla de voluntades y deseo. Noa me tomó con una fuerza que me hacía perder el aliento, susurrando mi nombre como si fuera un mantra prohibido. Cada embestida era una forma de borrar el pasado, de enterrar la traición de Ana y la debilidad de César. Me entregué a él por completo, arqueando mi espalda y enterrando mis uñas en sus hombros, sintiendo que por fin estaba reclamando mi propia oscuridad. El placer era agudo, violento, una catarsis necesaria que me hacía sentir que, efectivamente, estaba renaciendo.




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